lunes, 24 de junio de 2019

(Microcuento) Sangre en el parque



Eran dos caniches risueños, color madera, pequeños. Nacieron de la misma madre y pasaron sus primeros meses de vida en un criadero. No crecieron demasiado; eran a los demás perros lo que un bonsái es a un árbol corriente. Nadie se hubiera fijado en ellos de no ser porque tenían los dientes mucho más afilados que los demás animales del lugar. Un cuidador propuso que se los limaran, pero la medida fue considerada cruel y los dejaron en paz. Al cabo de unos meses, una mujer recién enviudada los adoptó.
Los sacaba de paseo al anochecer, sin falta. Los llamó Walt y James, les ordenaba «sit!» o «down»; no cabe duda de que todos los perros son anglohablantes. Corrían por el césped de un parque urbano como balas. Eran adorados por todo aquel que los veía. No dieron problemas hasta que, un anochecer, al llegar al parque, quisieron jugar con un perro callejero que merodeaba por allí y le acabaron sacando un ojo. Dos contra uno. Nadie dio la menor importancia al hecho, puesto que el dueño de ese perro no era otro que la Ciudad.
Unos días después, también en el parque, empezaron a ladrar cuando un pequinés se les acercó. Lo observaron con saliva en la comisura de los labios, deseando sangre. La viuda corrió hacia ellos antes de que fuera demasiado tarde y gritó: «¡No!» Los dos caniches, al momento, se detuvieron. Primero, parecieron confusos. Después, se dispersaron, con la cabeza entre las patas. El propietario del pequinés, que había visto toda la escena, cogió su perro entre los brazos y se lo llevó asustado, después de echar una mirada reprobatoria a la viuda.
El domingo era el único día que los caniches no salían de paseo al anochecer. Puesto que era el único día que la viuda no trabajaba, lo aprovechaba para sacarlos a la calle más pronto, por la tarde. En una de estas ocasiones, los caniches llegaron al parque cuando un grupito de niños celebraban la fiesta de cumpleaños de uno de ellos. Todos los chavales, al ver la gracia con que los caniches andaban y lo pequeños que eran, se les acercaron. «¿Puedo tocarlos, señora?», preguntó uno de los niños a la viuda. Otro, más atrevido, avanzó una mano hacia los chuchos antes de que su dueña hubiera dado ninguna respuesta. Este, primeramente, le olió y lamió los dedos. El otro caniche, a su lado, abrió ligeramente la boca y, deslizándose suavemente, echó un mordisco a la muñeca del niño.
Fue entonces cuando empezó la fiesta. Viendo cómo disfrutaba su hermano mordiendo esa muñeca, el otro caniche también mostró los dientes y pegó un mordisco a los dedos del chaval. Le supo a poco. Le saltó a la cara y logró rasguñarle la nariz mientras el otro le saltaba a la oreja. Se ensañaron con cada centímetro de piel humana que encontraron. El niño, chillando, cayó al suelo. Ya era suyo. Mientras uno de los caniches se arañaba la cara del chaval, el otro hundió el hocico en su vientre. Y siguió hundiéndolo, más y más. No había quien le parase. Fue cuestión de clavar los dientes en el niño y que la sangre empezara a manar. Por el pecho, por los brazos. Todo él se iba cubriendo de rojo.
¿Y dónde estaban los demás niños? ¿Y los padres de la criatura? ¿Y la viuda? A su alrededor, la oscuridad inundaba el parque; no había nadie. Una risa pareció provenir de los plátanos, de la mimosa, de cada uno de los árboles que habían presenciado el festín.
Foto de mi querido Milo, el 8 de marzo de 2019