domingo, 23 de junio de 2019

(Microcuento) Eres un viejo asqueroso



Eres un viejo asqueroso, pero preferí huir a decírtelo.
En un viaje siempre ocurren cosas divertidas; lo que sucedió en este más bien fue como una pesadilla, siniestra y curiosa. Había ido con mis padres a pasar unos días en Auvernia, una región francesa sin la menor importancia. Por las carreteras había pocos coches y nos encontrábamos rodeados de montañas; todo era terriblemente rural. Llegamos a un pueblecito llamado Besse y decidimos alojarnos en algún hotel. Por la ventanilla del coche vi uno llamado Les Bouffons. Pregunté a mis padres: «¿Por qué no ese?» Cuánto me arrepentiría de haber abierto la boca.
Entramos en el hotel cargando con las maletas y nos dirigimos a recepción. No había nadie. Todas las luces estaban encendidas, pero no se oía un solo ruido. Un hombre larguirucho, de ojos azules y tupé canoso apareció por una escalera y nos saludó con un entusiasmo insólito: «Bonjour, mes amis!» Era el dueño del hotel. Nos preguntó de dónde éramos, qué nos llevaba por allí, cuántos días nos quedaríamos en Besse. Se ofreció a llevar las maletas de mis padres y, sonriéndome, dijo que yo ya podría cargar con la mía, que se me veía lleno de vida.
Su comentario me descolocó: yo era joven, solo tenía veinte años, pero no es que destacara por mi vitalidad. Algo que me sorprendió todavía más fue que, al llegar a mi cuarto y conectar la Wi-Fi del hotel, lo primero que recibiera fuera un mensaje de Grindr. Me lo enviaba un usuario sin foto de perfil: «Bonsoir, tu vas bien? Pas encore au lit… Tu es dans quel chambre?» Busqué la ubicación del usuario: me salía a diez metros. A diez metros. Apagué el móvil y no di más importancia al hecho.
Por la noche, en el restaurante del hotel, mis padres tuvieron problemas a la hora de pedir los platos que querían: no hablaban ni pizca de francés. Yo lo chapurreaba. Puesto que el hotel era humilde, el dueño hacía las veces de camarero. Intenté darle a entender qué querían mis padres y en seguida me preguntó: «Oh, tu parles français?» Asentí con la cabeza ligeramente. «Tu l’as appris à l’école?» Empezó a hablarme de las bondades de Francia, de lo hermoso que es París. «Sí, sí, el Louvre está bien», le respondía.
Ya antes de acostarme, en mi habitación, cerré la puerta con doble vuelta y puse dos sillas delante de esta. Al apagar la luz, me sentí infinitamente desprotegido. No tardé en dormirme. Por la mañana, salí del hotel pronto, puesto que mis padres querían aprovechar el día para ver muchas cosas. A eso de las diez, recibí un nuevo mensaje del usuario misterioso de Grindr: «Bonjour!»
Me parece que estábamos solos en el hotel. Pasamos allí solo tres noches; en todo ese tiempo, no vi a ningún otro cliente. Mis padres dormían en el cuarto que había al lado del mío y a veces oía los ruidos que hacían, pero el silencio que inundaba el hotel la mayor parte del tiempo era algo completamente singular.
Por la noche, en el restaurante del hotel de nuevo, el dueño volvió a darme conversación. Cuando me hablaba, mis padres me miraban sonrientes; confiaban que les iba a traducir todo lo que este me fuera diciendo en francés. «Tu es très mignon!», me comentó cuando traía el postre. «¿Qué te dice?», me preguntó mi madre. «Que la mousse no lleva lactosa.»
Y no tardó en llegar nuestro último día en el hotel. La verdad es que lo había ansiado con todo el alma. Había algo en el dueño del hotel que me creaba un gran desasosiego, que me hacía sentirme amenazado cada vez que me dirigía la palabra. Y, además, ese desconocido de Grindr seguía apareciéndome a pocos metros y enviándome mensajes en que se me insinuaba. Solo tendría que aguantar una última cena y ya volveríamos a casa.
Puesto que una última noche siempre es una ocasión especial, mamá quiso ponerse un vestido negro y un collar de perlas. Fuimos al restaurante del hotel y nos sentamos donde siempre. El dueño estaba más callado de lo habitual. Pedimos unos entrantes, el primer plato, el principal… Finalmente, el dueño del hotel trajo unas tartas de manzana y dijo que invitaba la casa.
Fue una cena abundante. Me retiré a mi cuarto notándome hinchado. Me duché. Me puse el pijama. Me acosté en la cama. Me cubrí con el edredón. Esperé. Esperé porque sabía que en cualquier momento aparecerías. Lo notaba en el aire, que, si bien había sido raro desde el primer día, ahora incluso se había vuelto cortante. Todas las luces estaban apagadas. Había echado las cortinas. Solo se oía algún perro callejero. Suavemente, abriste la puerta de mi habitación.
Te acercaste a la cama. Yo hacía lo imposible por mantener los ojos cerrados, para que creyeras que dormía. No pude evitar entreabrirlos cuando te acercaste a mi cara: vi cómo tus dientes verdes resplandecían en la oscuridad. Eras un viejo asqueroso y sabía que tenías hambre.