domingo, 9 de junio de 2019

(Diario) 9 de junio de 2019



A la una, tomo el tren para Caldes d’Estrac. Último día para visitar la exposición Chapeau! De Casas i Picasso a Balenciaga i Pertegaz. Esta mañana tenía que ir con Paula y Maria a la playa, pero, ya al despertarme y levantar la persiana, he visto un cielo nublado, más gris que la ceniza de un cigarrillo, que no me ha hecho buena espina. ¿Cómo he dejado que los días fuesen pasando hasta el último de la exposición? No me lo explico. Por poco mi pereza congénita hace que me la pierda. La pereza es algo horrible; renunciaría a ella si no me hubiera salvado de hacer mil cosas que no quería hacer.
He perdido el primer tren que iba en dirección a Caldes d’Estrac —estaba en la vía 5 y el tren pasaba por la 3; al menos en Mataró, Rodalies tiene la gentileza de no avisarte de por qué vía pasará tu tren hasta el minuto antes de que llegue—, he cogido el segundo y, una vez estaba en Caldes, he entrado en la Fundació Palau sudando y con la respiración acelerada, a la una y cuarto. Cerraban a las dos. Ha sido indigno que visitase en tan poco tiempo una exposición en que había dibujos de Ricard Opisso o Josep Mompou, grabados de Picasso o hasta la escultura Forjador de Ismael Smith, además de sombreros de Balenciaga, Pertegaz o Christian Dior, pero, mira, mejor eso que nada.
Había un dibujo titulado Picasso, Nonell i Juli Vallmitjana, de Ricard Opisso, que evocaba un momento en que llevar sombrero era la norma y no la excepción, aunque los hombres se tuvieran que conformar con piezas básicas y estandardizadas mientras que los diseñadores dejaban volar su imaginación al confeccionar sombreros de mujer, de todas las formas y colores posibles siempre que cayeran bajo el mandato del buen gusto. Precisamente quien pertenecía al segundo sexo, quien no era reconocido como igual en una sociedad plenamente androcéntrica, podía permitirse soñar a través de la moda, en unos glamurosos y fantasiosos márgenes. Es una suerte que vivamos en un mundo en que esos márgenes tienden a engrosarse, rozando el centro, penetrando en él. ¿Por qué no recuperar los sombreros? Estoy deseando ponerme algo parecido a esas maravillas de Balenciaga.
Un detalle al que no me he referido y que quizá es importante es que he ido a la exposición con mis padres. Por la mañana, cuando me disponía a salir de casa, me han preguntado que a dónde iba. Mamá ha parecido dudar, como si estuviera segura de lo que me quería decir: «Vi esa expo anunciada en un cartel, quizá mañana vaya a verla.» «Termina hoy, mamá.» «Ah, pues puede que tu padre y yo nos apuntemos», ha aventurado. «Si queréis venir, decididlo ya, porque yo ya salgo para la estación.» Papá en dos minutos estaba listo. Mamá se ha demorado un poco más, aunque no me ha importado; estaba contento por haber encontrado la forma de añadir color a su domingo, que, de no ser por este plan, probablemente habría consistido en un pesado abanico de tareas domésticas: poner la lavadora, preparar la cocina, cambiar las sábanas.
Creo que han disfrutado la exposición, que trataba de sombreros. Puesto que son merceros, la han visitado con la deformación profesional que les es propia, reconociendo los tejidos y materiales con que estaban hechos los distintos sombreros y burlándose de los más extravagantes. Siempre he creído, con Pla, que los comerciantes son gente pusilánime. También añadiría que son gente profundamente discreta. Un comerciante no puede incomodar a sus clientes, de manera que no le está permitido tener opiniones fuertes o, en el caso de que las tenga, defenderlas con demasiada contundencia. Probablemente lo más inmaterial que haya heredado de mi familia sea la discreción de mis padres y el afán de ahorro y de rutina de mis abuelos paternos.
Caldes d’Estrac es una localidad tranquila. Al lado de la estación, hay unas moreras ante las que mis padres se han quedado parados. Algunas casas tienen, debajo del balcón, unas ménsulas con forma humana que me resultan muy simpáticas; papá dice que  antes eran muy habituales y que no son algo realmente artístico, ya que se producían en serie, de forma industrial; fue una moda que todo el mundo quería tener.
A eso de las tres de la tarde, hemos vuelto en tren a Mataró y hemos comido en casa. Me he pasado toda la tarde leyendo vagamente. Me distraía cada poco rato. Saboreo cada página de Proust y me deprimo ligeramente cuando no acaba de entender algún párrafo, algún giro metáforico que, por la razón que sea, se me escapa. Ceno pronto. El cielo ha permanecido gris todo el día. Anochece pronto; las sombras se ciernen sobre el pasillo de casa, sobre el libro de Proust abierto, sobre la feria que han montado en el parque y que veo desde la ventana de mi cuarto.
Tomo el autobús para Barcelona a las diez y pico de la noche. Aunque odio los transportes en general, me paso una parte considerable de cada día en ellos. He quedado con Oriol para ir a Fúriaqueer, una fiesta que montan algunos domingos en Sidecar. Nunca he estado en esa sala, aunque que esté en Plaça Reial es suficiente para que despierte mi curiosidad; quizá esa plaza sea uno de los lugares de Barcelona que permanecen más alegres y auténticos pese a la infección turística, la erosión que provocan esas termitas llamadas guiris.
Cuando aún estoy en el autobús, Oriol me envía un mensaje diciéndome que ha tenido un imprevisto y que no podrá estar antes de las doce. Joder, pero si solo son las diez y media y ya estoy llegando. Bueno. Iré a pasar el rato en Ocaña.
Desciendo por la Rambla, con algo de temor hacia la Barcelona nocturna. A pesar de haber pasado decenas de noches de fiesta o bien vagabundeando por esta ciudad, lo que me inquieta un poco es el hecho de no estar acompañado y de no tener un destino fijo, un lugar en el que me esperen. El tránsito de gente nunca cesa, en esta calle. Un perro desatado metafórica y literalmente persigue a un guiri. Unos tipos ofrecen droga con muy poco disimulo; te salen al encuentro inesperadamente y te preguntan si quieres maria con una voz oscura, como de Serge Gainsbourg. Cuando la Rambla empieza a resultar cansina y uno se pregunta si no se habrá pasado de largo Plaça Reial, te topas con Carrer de Ferran. Andas un poco más y ya estás en el Ocaña. «¿La sala de abajo está abierta?», pregunto al segurata de la entrada; asiente con la cabeza. Bajo. Primero voy al baño. Me planto en la barra de bar del fondo y pido una copa de tinto. Cinco euros y pico. Leches. Y no acaba de ser de mi agrado; tiene un sabor demasiado afrutado.
Son solo las once y veinte y yo sigo aquí, clavado, ante mi copa aún medio llena. Este sería un precioso momento para pensar, para dar vueltas a una idea algo boba. ¿Pero cómo hacerlo cuando de fondo suena esta música chumba chumba? ¿Y qué se puede esperar de un escritor que solo sabe describir la música que oye usando esa odiosa onomatopeya, chumba chumba? La onomatopeya de quienes no consiguen ponerse en sintonía con aquello que suena a su alrededor, la onomatopeya de los que reniegan de la realidad inmediata. En efecto, renegaría de la realidad si tuviera la suficiente fuerza imaginativa para hacerlo, pero ese don no me ha sido concedido. Más bien siento una estrecha conexión con cada lugar que he pisado y cada momento vivido. Soy incapaz de salirme del mundo; me he acostumbrado, tal vez demasiado, a tener los pies sobre la tierra.
Oriol aparece, tomamos una birra aún en el Ocaña, entramos en Sidecar. Pedimos otra birra. Hay un vestidor en el que la gente se maquilla y se pone calcomanías en la cara. Una chica con una calcomanía en el pómulo me dice que todos hemos venido a ver a Samantha Hudson y que actúa a la una. Veo a Arca y, en cierto momento de la noche, me atrevo a saludarlo, aunque primero siento un gran reparo y no le quiero molestar con mi entusiasmo de fan. Un vodka llamado Vox, sobre el que la camarera comenta: «La gente no lo pide por el partido, pero es el mejor vodka que tenemos.» Salimos a fumar y pasa corriendo por la calle un ladrón; Oriol lo intenta aplacar y el ladrón, de un golpe, lo manda al otro lado de la calle; no está herido; la gente lo ha flipado. La noche acaba hacia las cinco y media, en un taxi que me lleva a Sants; me despertaré a las once y media de la mañana y andaré hasta la estación de tren; regresaré a Mataró.