sábado, 8 de junio de 2019

(Diario) 8 de junio de 2019



Ocho de la mañana. Un silencio casi absoluto. Levanto la persiana; últimamente procuro dormir ocho horas, pero me despierto más cansado de lo que estaba al acostarme. Papá riega en el patio; minutos después, los charcos de agua que habrá dejado reflejarán el cielo, las enredaderas de jazmines y rosas —aunque ya no hay rosas en ella, puesto que las cortó todas. Sobre todo los geranios rojos exultan, este año. Noto una fina corriente de aire que entra por la puerta de la cocina y se libera por la ventana de mi habitación; me acaricia con su frescor como lo harían las olas de la costa. Leo un poco. A las diez y media, tomo el autobús para Barcelona.
Después tomo el metro, línea roja hasta Plaça Espanya. Café con leche grande para llevar en el BuenasMigas. Allí mismo, me encuentro con Dolça y Oriol; vamos a una visita guiada en el MNAC en que el historiador del arte Víctor Ramírez Tur interpretará la colección del museo en clave queer. Lo acompaña Maria Gómez, activista e investigadora especializada en intersexualidades. Empezamos hablando de la figura de Ismael Smith —dichosa coincidencia— y de dos de sus esculturas, la Cabeza de Don Quijote o Cervantes y Personaje literario, que se encuentran en la misma sala, vigilándose mutuamente en silencio; también de sus salomés o de sus dibujos fálicos, bastante desconocidos. Más tarde, pasamos al punto central de la visita: San Sebastián y sus representaciones tanto vestidas como semidesnudas. Es fascinante cómo, a veces, un San Sebastián gótico con ropajes corteses y unas simbólicas flechas en la mano puede evocar más que un San Sebastián que, desnudo y ensangrentado, muestre su martirio explícitamente. El San Sebastián de Bronzino me atrae especialmente, puesto que no muestra ni el más mínimo dolor; parece haber dimitido, haber rechazado la narración que los cristianos intentamos imponerle. Acabamos hablando de ángeles, del ángel negro de Gómez, de la escritura como aquello que salva. Muchos no necesitamos ningún Cristo redentor, sino papel y boli.
A eso de las dos de la tarde, vuelvo a Mataró. Siempre salgo del MNAC como embriagado, con la mirada tan sacudida por líneas y colores que me resulta imposible no ver la realidad de otro modo, con una mayor belleza. Debería haber aprovechado que estaba en el MNAC para visitar la exposición sobre Antoni Fabrés pero, en lugar de eso, me he comprado el catálogo de la misma; me siento como cuando Warhol fue al Prado y, en lugar de visitarlo, compró postales; algo de ese desencanto hay en todos los que nos interesamos por el arte en el siglo XXI.
Almuerzo en casa y hojeo un par de libros. Avanzo un poco con Proust. Aparte del catálogo de Fabrés, en la tienda del museo me he comprado Àlbum Narcís Oller, en que se recogen testimonios de la vida y obra de Oller y algunas fotos; le echo un ojo, aunque sé que tendré que volver con detenimiento sobre este libro y otros; dedicaré mi trabajo de fin de carrera a Oller y a su primera novela, inédita y escrita en castellano: El pintor Rubio.
En el autobús que me lleva de nuevo para Barcelona, hay algunas chicas con apuntes en las manos; solo hace dos o tres días que acabé los exámenes finales y casi había olvidado que muchos jóvenes siguen metidos en ese agujero. Puesto que los exámenes no pueden sino ser una pesadilla, la cuestión no es estudiar excesivamente para enfrentarse a ellos con serenidad, sino usar el suficiente relativismo como para que te den un poco igual. Aún en el autobús, en paralelo a mi asiento, hay una madre que echa la bronca a su hijo, que aparenta unos diez o doce años; seguidamente, se pone unas gafas de sol y empieza a sollozar; incluso yo, desde mi distancia de desconocido, me siento algo incómodo; me sorprende pensar que nunca he visto a mi madre derrumbarse, que pertenezco a ese tiempo en que las madres aún creían en el deber moral de parecer de piedra, en la importancia de cargar con un mayor peso que Atlas y aun así ser inconmovible.
Voy al TNC con Adrià, a ver El gran mercado del mundo. Nunca he leído ni visto una adaptación de Calderón de la Barca, pero lo relaciono con Schopenhauer; un dramaturgo que fuera del gusto de ese pensador difícilmente sería anodino. Espero a Adrià en la entrada del teatro, detrás de las puertas de cristal; llega como con media hora de retraso. La entrada a la sala grande consiste en una especie de templete contra cuyas paredes se apoyan unos asientos; me siento. Cuando aparece, vamos corriendo a por un café —he fingido necesitarlo— y volvemos al teatro. Entramos. Las luces se apagan. Hacía tiempo que no notaba algo así viendo una obra de teatro, algo tan grande. Alguien me ha quitado el velo que tenía ante los ojos y me invita a ver las imágenes y oír las palabras de otros tiempos, de un momento en que confiar en la fe todavía era posible. ¿Por qué nos cuesta tanto creer? La obra se interrumpe a media canción, oscuridad de nuevo. Aplausos. Ha durado una hora y pico; suficientes minutos como para que notase cómo el corazón se me expandía, cómo mi atención crecía. Aplaudo.
Me dirijo al centro con Adrià. Vamos hablando animadamente. Constantemente me asalta la misma duda: ¿hablamos de lo mismo? Como si hubiera una frontera invisible entre los dos, a veces se me hace inevitable pensar que estamos entendiendo las palabras del otro completamente mal y que en ese malentendido se funda la coherencia de nuestra conversación. Me habla de espiritualidad, de si soy creyente, del papel de los artistas. Vamos a tomar unas birras en el Ocaña. Cojo el tren de las once y cuarto. Como cuando nos acostamos satisfechos porque nos han presentado a alguien a quien hacía tiempo que deseábamos conocer, sonrío en la cama al pensar en Calderón, en ese gran mercado que es el mundo, en lo cómodo y a la vez difícil que sería tomar la determinación de creer.
¿No he creído demasiado dogmáticamente en el valor de la humildad? ¿No debería ponerlo en duda? ¿No debería creerme un genio para dar cabida a la obra de un genio? Lo único que me impide tomar la decisión de ir por el camino de la soberbia o bien ir por el de la humildad es que desconozco desde qué lugar me hago estas preguntas. ¿Mi visión de la realidad está deformada? ¿Estoy degenerando y, por lo tanto, cuestiono fundamentos tan hondos como la humildad? ¿O en realidad estoy en un momento de transformación, de afirmación? ¿Estoy descendiendo o ascendiendo? Pese a que mi experiencia me hace creer que la tierra es un llano, me empeño en pensar en que, en verdad, es una escalera; o bien me puede conducir a las alturas o bien puedo resbalar y golpearme con sus peldaños, bajando hasta lo peor.