viernes, 7 de junio de 2019

(Diario) 7 de junio de 2019



Por un lado, una voz milenaria nos dice que una vida sin examen, sin crítica, no merece ser vivida. Por otro lado, se nos exige que estemos disponibles, que nos expongamos, que tracemos un plan de futuro y lo cumplamos al pie de la letra, que nos tomemos un café/un Redbull/una pastillita y sigamos adelante. ¿Cómo ser crítico cuando a duras penas se consigue ser a secas? Nadie ha cantado nuestra sociedad mejor que La Casa Azul: «Dices que parezco desganado, que mi fuerza se ha agotado, que soy un triste superman.»
En Plaça Catalunya, a las dos de la tarde, bajo un sol imponente, una mujer exclama: «Ei! Voleu fer el favor de parar?!» Ha intentado cruzar por un paso de peatones cuando una pareja de ciclistas ha pasado por delante suyo y casi la embiste. ¿No es asombroso? ¿No asombra que esta mujer haya creído que una pareja de guiris mentalmente alienados y visiblemente mal vestidos le iba a entender hablando en catalán? Y es que lo más probable es que ninguna lengua le hubiera servido. Esta gente solo alcanza a comprender las guías turísticas y el precio de la entrada de Razzmatazz.
Las horas en la biblioteca se hacen especialmente lentas. Hay dos ventiladores; frío polar; debería apagarlos, pero no me atrevo, puesto que podría molestar a alguien caluroso. Siempre la misma falta de agallas. «Hay que echarle morro», se dice, con frecuencia. No tengo morro, sino unos labios bastante pequeños. Que eche morro quien lo tenga.
Podría dar el curso por acabado. Así, como quien no quiere la cosa, he terminado tercero de carrera. Ha sido un curso marcado por lo poco que he rendido académicamente y lo mucho que me he intentado entregar sentimentalmente. Nada ha servido para nada. Tengo la absurda sensación de encontrarme en el mismo punto en que estaba hace un año. Es seguro que algo habré avanzado, pero soy incapaz de ver la diferencia entre el hastío de entonces y el de ahora.
Vuelvo a Mataró y ceno. Como que en el parque por el que suelo correr han instalado la feria, decido volver a la piscina, donde sigo abonado hasta finales de este mes. Había dejado de ir por falta de ganas. Cuando salgo a correr, me pongo auriculares y, escuchando música, no tengo por qué atender mis pensamientos. En cambio, dentro de una piscina, solo estás tú contigo mismo. Debajo de ese gorro, detrás de esas gafas apretadas, solo hay tu consciencia. ¿Qué hay más insoportable que dialogar con uno mismo cuando uno no quiere hacerlo? Esta situación me hace pensar en cuando, en primaria, me sentaban al lado de algún compañero que me caía mal y me obligaban a hacer trabajos en pareja con él; el fastidio es el mismo.