jueves, 6 de junio de 2019

(Diario) 6 de junio de 2019



Me despierto a las siete y pico y descubro, fatalmente, que solo tengo un párrafo escrito del trabajo sobre trovadores y Llull que debo entregar hoy. Me siento a mi escritorio, decidido a no levantarme hasta que no haya escrito como mínimo tres cuartas partes.
Consigo terminar una parte del trabajo antes del almuerzo. Como y me voy a Barcelona. Curro, tres horas. Salgo. Vuelta a Mataró. Si hay algo más sorprendente que la facilidad con que caemos en la monotonía es que hagamos todo lo posible por preservarla. Esta repetición con manchas de diferencias es a lo que debemos llamar día a día. No sería tan terrorífico si no hubiéramos leído novelas y visto pelis, si no nos hubieran enseñado a creer que la vida debe ser algo más que todo esto. En Proust, casualmente, encuentro una frase que guarda relación con esto: «la vida aprende a rebajar el valor de la lectura, y nos demuestra que lo que el escritor nos alaba no valía gran cosa».
Que en verano los días sean más largos solo puede ser una buena noticia para quienes esperan aprovechar su tiempo. ¿De qué le sirven tantas horas a alguien que (todavía) no haya encontrado su lugar en el mundo? Y pongo todavía entre paréntesis porque no estoy seguro de que encontrar mi lugar en el mundo sea algo que deba pasar, algo tan necesario como la muerte.

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