miércoles, 5 de junio de 2019

(Diario) 5 de junio de 2019



Anoche empecé a leer el último volumen de En busca del tiempo perdido. Me había prometido que no comenzaría ningún libro por placer hasta que hubiera acabado todos los exámenes pero, qué diantre, quizá mañana me muera y no quiero hacerlo sin poder decir, desde la ultratumba, que llegué al último tomo de esta bendita obra maestra. También me ha animado a empezarlo que el filósofo Ernesto Castro esté escribiendo un diario de lectura a medida que lee a Proust y que lo vaya publicando en su blog; también es agradable leer el diario de otra persona por lo que tiene de yo radicalmente diferente, radicalmente separado al que yo siento merodear por mí.
Proust escribe: «sin comprender ben cuál era su naturaleza, me entristecía pensar que mi facultad de sentir y de imaginar debía de haber disminuido». Ya desde la página ocho, me ha ganado de nuevo. Una vez más, me encuentro a mí mismo en sus palabras. Una vez más, leyéndolo, noto cómo sus descripciones se ajustan milimétricamente a lo que un día sentí y no supe definir desde mi propia consciencia. Proust no se dirigía a mí cuando escribía, pero es inevitable que así lo crea cuando llego a ciertos momentos de su narración.
Me despiertan unos ruidos que alguien está haciendo en la habitación de al lado a las ocho. Mi despertador no suena hasta y media. Me levanto entonces. Desayuno rápido. Voy a la biblioteca a devolver los libros sobre literatura que tenía en préstamo para estudiar algunas asignaturas de este semestre; la mayoría ni los he abierto; la única cosa que supera la sensación de inmensidad que nos procura ver el mar es las grandes cantidades de información que hay a nuestro alrededor, todavía más inmensas y como a punto de desbordarse.
Después, voy a Correos a recoger un paquete para mis padres; se lo llevo a la mercería. Vuelvo a casa. Tomo un café escuchando a Daniel Gamper, a quien entrevistaron en La Ser ayer o anteayer; en un momento de la entrevista, dice: «Lo políticamente correcto y el buenismo son dos expresiones inventadas por la derecha para poder caricaturizar los movimientos progresistas. Yo pienso que lo que hay que hacer, para empezar, es dejar de usarlas en el supuesto de que uno no comulgue con esas ideas.» Y en esa reflexión me parece encontrar in nuce la crítica a lo que escribía ayer mismo en este diario sobre lo políticamente correcto. ¿Pero no hay, en toda caricaturización, algo de verdad que cuesta admitir? ¿No son precisamente las filigranas verbales de la izquierdo lo que le impide trazar un proyecto consistente en el que los electores puedan confiar? Godard, en Cannes, dijo: «Le cinéma tel que je le conçois est une petite Catalogne qui a du mal à exister.» Podríamos parafrasearle: «La gauche est une petite Catalogne qui a du mal à exister.»
El tiempo ha estado un poco loco, estos últimos meses. A días de mucho calor les han seguido días de frío invernal. Ahora parecería que la cosa ya se ha estabilizado y hemos estado en el imperio del verano, pero esta mañana, caminando por la tarde, aún notaba que el viento soplaba con demasiada agresividad, con un exceso frío para el mes de junio. Ya he guardado todas las chaquetas y jerséis en el armario. Mi ropa de verano, estos últimos años, ha consistido en camisetas de manga corta y pantalones largos color negro. He pensado en hacer una concesión a los pantalones cortos —he visto unos en Zara que están en el límite entre lo que consideraríamos bermudas y lo que llamamos shorts y siempre me han atraído las zonas limítrofes— y comprarme un par. Asimismo, no sé exactamente por qué, las camisetas básicas han pasado a parecerme un ejemplo perfecto de mediocridad. Por ahora, solo me he puesto polos. Quizá en algún momento de la semana empiece a llevar camisas arremangadas. He empezado a echar de menos el paño, pero ese es el drama de todos los años.
En la biblioteca, me mandan a la sección general —normalmente estoy en la de letras hispánicas. Aquí, hay un mostrador central, de forma semicircular, y un techo de cristal por el que entra una luz blanca, limpísima. Las horas transcurren en el más bello de los silencios. Ordeno libros en el quinto y sexto pisos, en la sección de griego. Hago préstamos. Aprovecho los ratos muertos para leer, en el ordenador, un documento sobre trovadores, puesto que mañana debo presentar un trabajo sobre ese tema y sobre Ramon Llull. Hace unos meses, fui a una conferencia en que Amador Vega decía que lo que tenían en común Llull y Antoni Gaudí era que los dos se situaban tanto en el extremo del misticismo más irracional como en el del racionalismo más numérico. Ante una obra tan oceánica, uno siente que solo puede callar.
Me sorprende de los trovadores que expresaran su amor usando una metáfora feudal: se consideraban los vasallos de sus damas, sus midons (‘mi señor’). Así, una estructura social les ayudaba a entender sus sentimientos. Hoy, de forma muy similar, entendemos lo que sentimos a través de una estructura económica: usamos la metáfora del capitalismo financiero. De esta manera, si nuestra relación no funciona, afirmamos que es por agotamiento de proyecto o corremos a hacer cuentas de pérdidas y ganancias para asegurarnos de que la persona que nos gusta no nos está haciendo perder el tiempo.

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