martes, 4 de junio de 2019

(Diario) 4 de junio de 2019



Último examen final, si bien, dentro de dos semanas, tengo una recuperación. A las diez y media, tomo el autobús para Barcelona. Estos días que he pasado enclaustrado en casa me han sentado de maravilla. Llego con puntualidad, pero no me sirve de nada porque todo el mundo ya está en el aula del examen desde hace un rato y lo han empezado. Para mí, ser puntual implica ni retrasarse ni adelantarse a la hora; simplemente, estar donde se debe estar a la hora determinada; no hay más.
El examen me va bastante bien. Salgo a la una y media. Almuerzo una especie de hojaldre de calabacín y un café con leche en el Forn Mistral más cercano a la facultad; es evidente que comer algo así no es tener un almuerzo decente, pero es lo que hay. A las dos y media, entro a trabajar. El curso que viene podría seguir con el mismo curro, aunque también tengo la oportunidad de hacer unas prácticas en una revista. Asimismo, deberé cursar las asignaturas de cuarto, así que todo ello no es compatible. Bien, seamos exactos: sería compatible si me quisiera quedar sin tiempo libre. Tendré que pensar en ello.
En entrevistas, artículos y redes sociales encuentro el mismo eslogan: «Todo es político.» No, no todo es político, pesado. Se puede aceptar que lo personal es político sin tener que politizar hasta el último reducto de la vida cotidiana. Algunos escritores que se han situado en contra de lo políticamente correcto estos últimos años han recibido bofetones de todos lados. En discusiones crispadas, los interlocutores suelen irse a los extremos. Ni debemos tener la piel muy fina ni la libertad de expresión consiste en que incluso los alegatos en contra de la libertad de expresión sean posibles. Lo primero que hace falta es que nos calmemos. Tengamos los pies en el suelo, aterremos, escuchemos. La alternativa es que todo sea político y, si todo es político, la política pierde todo su valor, se convierte en algo viscoso y homogéneo.
La feria ya está llegando a Mataró. Están instalando las primeras atracciones en el Parc Central. Con qué prurito la esperaba cuando era un niño. Hay tanto de esas ilusiones infantiles, de ese entusiasmo, que echo en falta. Desear que nevase, que llegase el fin de semana, que empezase la fiesta mayor. Cosas así hicieron que el tiempo de mi niñez se agotase con la rapidez con que se agota la batería de mi móvil. Los hechos no solían cumplir mis expectativas, pero, al menos, al habérmelas formado, había creído firmemente en ellas. Hace demasiado que no me permito soñar. Soñar pese a todo, soñar pese a la realidad misma.