domingo, 2 de junio de 2019

(Diario) 2 de junio de 2019



Domingo es un buen día para escribir. Las horas parecen infinitas. De hecho, hay algo que distingue radicalmente el domingo del resto de días de la semana. Puesto que es el día del Señor, no cuenta con la estrechez de las veinticuatro horas, sino que se estira y deshace como relojes blandos.
En catalán —no sé si en castellano también—, hablando de literatura, se suele oponer el escritor profesional —ese que invierte sus días y sus noches en conseguir una obra decente, aunque su rasgo primordial sería que vive de lo que escribe— al escritor de domingo por la tarde, el mero aficionado. Narcís Oller, que en la segunda mitad del siglo XIX demostró que escribir novelas en catalán volvía a ser posible, ha sido entendido como un escritor de domingo por la tarde tanto por lectores como por expertos. ¿El padre de la novela catalana decimonónica es un escritor de domingo por la tarde? Eso parece.
Retrato de Narcís Oller (hacia 1897-1898), de Ramon Casas
Todos mis esfuerzos se han volcado en tomarme en serio de la escritura, pero mi intento no ha surtido efecto. De hecho, este diario, más que ser la constatación del paso de mis días, es la muestra del fracaso de mi constancia, de mi incapacidad de crear algo con entereza. A mis veintiún años, se supone que ya debería empezar a tener claro en qué quiero gastar mi tiempo. No es el caso. La fe en la escritura solo se mantiene en mí porque, si la expulsase de mi consciencia, no quedaría nada. No toco ningún instrumento, ni pinto, ni sé conducir, ni cocino. Escribir, en verdad, es mi única posibilidad. Que incluso pudiera excluir esa posibilidad de mi vida me despierta pánico.
Ayer, por la mañana, fui a hacer el último examen de la academia de inglés, el speaking. Me reuní con Mireia en la cafetería Mistral; fuimos a la escuela; hablamos con una examinadora que, entre otras cosas, me preguntó qué edad es buena para ser padre. «None», respondí, y me miró como diciendo «Pobre desgraciado, qué desencaminado va». Aprender inglés en una academia es, visto desde la distancia, algo inenarrablemente extraño: te reúnes uno o varios días a la semana con unos individuos con los que no tienes nada en común para hablar de cosas que supuestamente os conciernen con el sobreentendido de que lo importante no son los temas de discusión, sino aprender un idioma. Jodidamente extraño.
Después del examen, volví a Mataró en tren. Desayuné en casa. Fui a la biblioteca a buscar unos libros y, por el camino, topé con un tristísimo drama: en medio de la calzada había una urraca que un coche acababa de aplastar; a su lado, otra urraca, viva, la observaba, sin entender. Unos tipos se lo miraban todo desde la terraza de un café. Me dejó mal cuerpo. Antes de llegar a la biblio, encontré otra escena curiosa: en el patio de Les Esmandies, un grupo de ancianitos bailaban una sardana lentamente; hacía años que no veía alguien que bailase una sardana seriamente; a lo sumo, alguna noche, en Clap, sin saber cómo bailar un tema de techno, me había puesto a bailar una sardana torpemente con Paula y Maria.
Me pasé toda la tarde intentando concentrarme para hacer un trabajo. Fue imposible. Y eso que el trabajo despierta todo mi interés: estoy investigando cómo Eugeni d’Ors veía al artista Ismael Smith. En fin. Dolça y Oriol me enviaron un mensaje para invitarme a salir a Apolo, pero les dije que estaba muy atareado. A eso de las diez de la noche, salí a correr; por un momento, me arrepentí de no haber aceptado la propuesta apolínea; después, me imaginé a mí mismo en la pista de una discoteca, quieto, sobrio, sin saber cómo moverme, sintiéndome ridículo y fuera de lugar, y se me pasó el arrepentimiento. ¿No es asombroso que en Barcelona hayamos bailado y bebido tantas veces bajo el signo de Apolo, en lugar del de Dioniso?
Apolo, óleo sobre tabla de Neus Martín Royo
Hoy me he despertado a las nueve para continuar con mi trabajo. No podía parar de estornudar. Me notaba demasiado cansado; salir a correr anoche me reventó. Desayuno. Miro el móvil. Ojeo un libro. Escribo esto. Son casi las doce del mediodía y aún no me he centrado. Mi atención está bajo mínimos y es una lástima porque confío en que podría hacer algo de provecho. Prefiero desperdiciar mi tiempo aunque sé que está mal. Admiro la diligencia del sol; pase lo que pase, sigue ahí.
Por el mediodía, comida familiar con motivo del cumpleaños de mamá, que es mañana. Mamá se pasa todo el día en la cocina; de hecho, cuando me he levantado, ya tenía un par de ollas puestas sobre los fogones y estaba cortando unas verduras. Mi familia pertenece a ese tipo de familias tradicionales en que, si se tiene que celebrar el cumpleaños de una madre o una abuela, es la misma madre o abuela quien hace los preparatorios de la fiesta. Y, si lo que se celebra es el cumpleaños de un macho, es evidente que también son ellas quienes se hacen cargo del trabajo. Estos hechos, que a la luz del feminista siglo XXI resultan vergonzosos, son naturalmente asumidos por todos los miembros de la familia, como si el mundo no pudiera ser de otro modo, como si las costumbres fuesen irrompibles.
Mamá ha hecho y comprado un montón de platos. Sirve unas hamburguesas rellenas de foie que solo logran despertarme asco: carne picada e hígado de ganso; tanto sadismo parecería imposible. M. ha traído guacamole. Olvido el nombre de los demás platos. Mi afán de exhaustividad no llega tan lejos como para que pregunte a nadie qué hemos comido. A eso de las cuatro de la tarde, con la excusa de que estoy de exámenes, consigo escaparme. Me encierro en mi cuarto y trato de avanzar con el trabajo, pero no escribo casi nada; voy abriendo libros, leo algunas líneas, los vuelvo a cerrar. Me parece admirable que haya algo así como unos escritores de domingo por la tarde: las tardes de domingo, para mí, quedan anuladas por la pereza; que alguien sea capaz de ponerse a escribir en un momento de la semana como este es muy plausible.
El otro día, en el MNAC, inauguraron una exposición sobre el escultor y pintor Antoni Fabrés. Probablemente vaya a visitarla el sábado que viene. Leo en La Vanguardia que, pocos años antes de morir, Fabrés publicó un libro autobiográfico en que se consideraba «el mejor pintor que ha existido nunca». En la noticia se dice que Fabrés lo hizo «en un estado de “semidelirio”», ¿pero acaso es delirante creerse a uno mismo lo más importante que ha ocurrido jamás? Hace unos meses, incluso hace unas semanas, habría afirmado rotundamente que la humildad tiene que ir siempre por delante. Desde hace unos pocos días, sin embargo, me ha dado por preguntarme si crear arte es compatible con ser humilde. Hay casos que demostrarían que el arte es compatible con la humildad: véase Jaume Plensa. Sin embargo, también hay toda esa idea del genio que se sabe sublime y que, en efecto, lo es: véase Dalí. ¿Acaso no es necesario ser soberbio para confiar en el valor de las obras que uno mismo puede hacer? ¿Acaso, en un mundo que discute constantemente la potencia espiritual del arte y su útil inutilidad, no tiene uno que armarse de vanidad, de seguridad para poder crear algo? Si la prioridad para un artista fuese la humildad, se vería a sí mismo como un pintamonas.
Benedicto XV visto por Antoni Fabrés (1916)
A lo largo de la tarde, no avanzo nada con la redacción del trabajo. Es espantoso. El tema me fascina tanto que solo puedo leer los libros sobre Smith y Ors con lentitud, saboreando cada dato nuevo. Hago dos agradables descubrimientos: uno es que, en 1911, Smith retrató a Ors; le hizo un óleo sobre madera en que el pensador aparecía completamente de perfil, con la piel finamente amarilla —en efecto, bañada por la luz del Mediterráneo que tanto admiraba, el de la cultura grecolatina— y con un estilo mucho más convencional de lo que sería habitual en él; quizá Smith temía decepcionar al Pantarca con una de sus extravagancias, si bien en esa fecha ya había desplegado la personalidad artística por la que lo conocemos. Otro dichoso descubrimiento es que el historiador del arte y arquitecto Josep Pijoan escribió un artículo sobre las estatuas de Smith en que decía lo siguiente: «quien sepa aislarse del mundo exterior y olvidar las relaciones de las cosas, se abismará sin duda en la delicia de sus pequeñas figurillas… la medida, el tamaño no se tienen en cuenta. ¿Para qué pedir más, si en la exigua cantidad está concentrada tanta vida?» («Nueva aplicación de la caricatura. Esculturas grotescas», Hojas Selectas). La exactitud de sus palabras es conmovedora.
Eugenio d'Ors retratado por Ismael Smith en 1911
Llega la noche y aún no me he puesto a escribir el trabajo. No pasa nada. Mañana será otro día. Soy un ave de vuelo diurno, de manera que sería inútil que intentara hacer algo de provecho ahora, a las nueve y pico. A las diez en punto, me visto, me pongo mis auriculares y salgo a correr por el Parc Central. Miro hacia el cielo y aún no es totalmente negro; mantiene un azul oscuro, misterioso, mágico; el cielo ideal para convertirse en bruja y echarse a volar.