lunes, 10 de junio de 2019

(Diario) 10 de junio de 2019



Vuelvo a estar en Mataró a la una y pico de la tarde. Cada vez que el tren hacía una parada en el Maresme y las puertas se abrían, oía el calmo rugir de un mar que, a veintiséis grados, resulta más apetecible que nunca. No estoy teniendo una de mis resacas mortales, pero me duele pensar; noto como si mi cerebro se hubiera separado tanto de mi cráneo que entre los dos pudiera pasar una fría corriente de aire. Almuerzo en casa y me pego una siesta hasta muy tarde. Se podría hablar de día desaprovechado, ¿pero acaso había una alternativa? ¿Aprovecharlo cómo?
Me da por pensar en la charla que tuve con Adrià anteayer, cuando, después de salir del teatro, dimos un paseo hasta el centro. Había muchos puntos en que no llegaba a entenderle. Me pidió que le hablase de mi espiritualidad, de si era religioso o no, y, luego, como para escabullirme un poco, le pregunté cuál era su relación con la espiritualidad: «No creo que te pueda hablar de ello, es demasiado privado.» Lo que más me fascina de hablar con él es que a ratos pueda divertirme y a ratos me haga notar como que se cree en una posición divina, completamente distante de mí. «Yo soy un artista que ha tomado consciencia de que lo es», me decía. «A ti te falta dar el paso de creer en ti mismo, de darte cuenta de tu potencial, de tu talento e invertirlo.» Curiosamente, cuando me hube despedido de él y ya estaba en el tren de vuelta a Mataró, leí un prólogo que Joana Masó ha escrito para la edición del TNC de El gran mercado del mundo y encontré en él lo siguiente: «que les nostres vides siguin un bé que acceptem explotar només pot ser la relació pobra que se’ns demana establir amb les nostres capacitats. (...) En la lògica de la vida cristiana destinada a augmentar els dons de Déu, no fer créixer allò rebut vol dir malbaratar-ho, dilapidar-ho.» ¿Lo único que podemos hacer con un talento es explotarlo? ¿Y cómo tomar la decisión de explotarlo si ni siquiera se está seguro de tenerlo? ¿Y si en verdad no hay talento sino «la ficció col·lectiva dels talents com una poderosa ficció política amb efectes sobre la realitat»?
Adrià también me dijo que la única forma de ser inmortal consiste en perdurar a través de las obras que uno mismo crea. «Leonardo es eterno», ponía de ejemplo. ¿Pero qué es Leonardo enfrente de la eternidad? No la eternidad como concepto que los hombres creemos que podemos aprehender, sino la eternidad de verdad, la que ya estaba allí antes de que el primer hombre fuese sacado del barro, de la arcilla, y que seguirá allí cuando la deriva medioambiental nos vuelva a arrojar en el lodo. Creer que un hombre puede ser inmortal es problemático (lo que más claramente vemos es que, al menos, el humano no perdura ni a través de su cuerpo ni a través de su consciencia, su yo). Creer que solo los artistas pueden ser inmortales es directamente risible.