viernes, 3 de mayo de 2019

(Microcuento) La búsqueda se detiene



I
Llegué al mundo porque buscaba la vida. En un primer momento, no era ni mi consciencia lo que quería salir adelante. Era una pulsión que se afanaba por aparecer sobre la tierra, por aspirar el aire que provenía del cielo. Después llegó el movimiento incesante del pensamiento, que me pedía que estuviera por él, que atendiera su necesidad de una vida más perfecta —y perfecta quiere decir ‘distinta a la que tengo’.
Buscaba la vida porque lo que tenía delante no me parecía suficiente. El tiempo no hizo más que alimentar ese hueco, el hueco de todas las cosas. Mis deseos se confundieron con lo que los demás deseaban para mí y la distancia entre la realidad y la fantasía cada día fue un poco mayor. Mis fantasías eran frías como una idea. Pero me conformaba con entreverlas, ignorando todo lo demás.
Lo que tenía delante no me parecía suficiente porque nadie me había enseñado a detener la búsqueda. ¿Pero la búsqueda de qué? He aquí la pregunta que desmontaría el absurdo. Y, a la vez, conviene cuidar ese absurdo, porque es el suelo sobre el que andamos. Puede que debajo de él aún haya algo más, pero tenemos tanto miedo de encontrar la nada que preferimos mantenerlo tal como siempre lo hemos conocido. «Un fondo incómodo es mejor que el riesgo del vacío», me enseñaron.
¿Recuerdas esa mañana de verano, en Malgrat? Casi no había nadie en la playa. La arena nos acariciaba y los guijarros nos excitaban. «No me gusta la gente que bebe», comenzaste, bajando la mirada al suelo. «No me gustas cuando bebes», añadiste. Y no supe qué responder, así que miré hacia el cielo y solo pensé: «Azul.» Después me fui al agua y creí que lo mejor sería no volver. Dejé de mirar hacia la orilla, hacia nuestras toallas, donde descansabas al sol como si nada.
Nunca había nadado con tanta fuerza. Las olas eran altas y parecían cabreadas por mi empeño, porque siguiera hacia adelante… ¿Hacia dónde? «Llegar a la boya», esa era la consigna. Siempre ha sido la consigna. ¿Pero qué es la boya, en verdad? ¿Qué es cuando no tiene que ver con un objeto material, cuando se refiere a un punto tan cercano y lejano como el horizonte? Nadar sin detenerse. No importa que se levante cierto viento y que traiga consigo un frío absoluto. La consigna sigue siendo la misma. Y puede que esa mañana llegase hasta la boya y así lograse escapar de ti, pero toda huida, en verdad, es provisional y la boya, cuando se sale del agua, sigue allí, desafiante.
II
Ya no hay olas. Solo hay sábanas. Las sábanas azules que apresan sus piernas mientras me abraza, mientras me empuja contra la pared. La mañana ha desaparecido, nada hace pensar que la noche vaya a terminar. El silencio rodea el cuarto y nos protege de los ruidos: «Llegar a la boya.» Ya no. Entre estas cuatro paredes no hay vientos peligrosos ni incertidumbre. El calor que desprende su pecho es el hogar encendido, el hogar de las casas sólidas, lejos de la ciudad y del mar. Aquí, en el bosque, el silencio es sagrado y solo lo perturban cortos jadeos.
La lámpara de la mesilla, la luz cayendo de lado sobre su cara. Soy tan inocente como para creer que le veo mejor que si estuviéramos a oscuras. Le tengo enfrente como si me mirara a mí mismo en un espejo. Sus ojos no van de acá para allá, han perdido todo nerviosismo. Solo queda una mirada que se extiende hasta la mía, un puente de piedra. Mis piernas sobre su vientre le apresan. Sus manos sobre mis muñecas me encadenan. Si alguien me dijera que lo más decisivo de este momento se me escapa, no le creería.
«Apaga la luz», dice, como cuando, de pequeño, mamá resolvía que tenía que dormir en la oscuridad aunque me diese miedo. La negrura de la noche ya no tiene nada que ver con el temor, porque la luz ha dejado de ser incompatible con la oscuridad. Me abraza y, sin embargo, no puedo leer sus miradas, ni su suspiro antes de decir: «Buenas noches.» Ni esa inflexión en el «buenas noches» que me impedirá conciliar el sueño.
Las horas pasan. Pensar que la noche podría ser infinita, ahora, empieza a angustiarme. Necesito la luz de la mañana. Me ahogo entre estas sábanas. La madrugada en este bosque se hace eterna.
¿Debe estar durmiendo? Me vuelvo hacia él. Me vuelvo hacia el otro lado de la cama. No le oigo respirar. «¡Tan difícil es entenderse, ángel mío, y tan incomunicable el pensamiento, aun entre seres que se aman!» Si cierro los ojos, esa penumbra no me preocupa tanto como la que se refleja en su cara. Me alejo de esta cama, de este bosque. Me ha asegurado la calma durante unas horas, pero no impedirá que la luz del día vuelva a quemarme.
III
Nadie me había enseñado a detener la búsqueda porque nadie sabía detenerla. La noche del bosque quedaría entre los recuerdos, entre las fantasías y las ideas. Algo más duro que perder una ilusión es creer que una ilusión podía funcionar. Ya no volveré a ver ese puente entre dos miradas, ni esas sábanas azules, ni las cadenas de piernas y brazos.
Regresar a la playa, la arena, los guijarros, la boya. «Llegar a la boya.» Lejos del bosque, en la ciudad o en el mar, la consigna parecía tener sentido de nuevo. Tendría que nadar de nuevo, enfrentarme a las olas más orgullosas una vez más. ¿Cómo pude creer que la noche del bosque duraría toda la vida?
Lo que tenía delante no me parecía suficiente. Era más degradante que nunca. Debería acelerar la búsqueda para librarme de todo aquello, de todas esas personas y todas esas cosas. Por más que me viese obligado a nadar contracorriente, alcanzaría la maldita boya. Y, una vez allí, me tendería bajo el sol y flotaría. Dejaría que el agua, benévola pese a todo, me llevase donde quisiera. Solo le pondría la condición de no regresar a la orilla, al lugar exacto en que me dijiste que no te gustaba cuando bebía. Nada deseaba menos que verte. El interior del mar no me reprocharía nada.
Llegué al mundo porque buscaba la vida, pero muchas cosas han cambiado desde entonces. Ya no pienso con rectitud ni tengo claro por qué debería buscar eso que llamamos vida. Ahora que ni distingo la orilla, consigo hundirme como nunca antes lo había hecho: dulcemente. Ya no hay ni un solo pensamiento que me mantenga a flote. Me alimento del recuerdo de la noche y no me preocupa no tener un suelo estable sobre el que caminar. ¿Para qué caminar cuando se puede flotar? La luz del sol me mantiene vivo; no necesito las enseñanzas de los hombres.
El impulso inconsciente que me trajo al mundo no tiene nada que ver conmigo. Pasa, a mi lado, una barca que se dirige a la orilla. Querría advertirle de que es mejor que se quede aquí, en el agua, pero he olvidado cómo se usaba la voz, cómo se articulaban las palabras. Sigo tomando el sol, tocado por esta luz neutra. El agua es cristalina y mi pensar es viscoso. Nunca más buscaré.