jueves, 9 de mayo de 2019

(Diario) 9 de mayo de 2019



Doce y cincuenta. Si ahora me fuera a la cama, no conseguiría dormirme. ¿Qué es un diario? ¿Para qué escribir uno? No me cabe duda de que, si la vida —y no sus sucedáneos— consiste en una intensidad, un diario, que es escritura, solo podría colmarla. Escribir es sentirse vivo y, asimismo, encontrar el gozo fundamental que hay en ello.
Puede que, en un principio, ni siquiera haya lenguaje. Puede que lo primero sea, en realidad, el disfrute. El disfrute del sol que calienta, del agua y el pan que alimentan, de las caricias que recibimos. ¿Pero a dónde va a parar el calor del sol? ¿Y el agua? ¿Y el pan? ¿Y las caricias? Van a parar a la piel. Sobre la piel. Allí vivimos: sobre la piel. Aún no ha habido un solo ser sin piel que hayamos podido reconocer como nuestro igual. Es la piel donde empezamos y donde terminamos. Es la piel lo que se rompe, lo que se seca, lo que sangra. Es la piel donde suceden los estragos —herida abierta— y las alegrías —pensemos en los pliegues de las mejillas al sonreír. La piel es al hombre lo que la escritura al pensamiento: si las palabras vuelan y lo escrito es lo que permanece, las acciones de los hombres vuelan y es la piel lo que permanece.
(...)
Nueve de la mañana. Más de una vez he leído a algún esnob que decía lo siguiente: «La asistenta me preguntó si me había leído todos los libros que había en las estanterías de casa.» Califico a tal persona de esnob porque, francamente, me cuesta escuchar leer una frase así sin fruncir el ceño. Apesta a clasismo, condescendencia. Y, sin embargo, hoy me he descubierto viviendo la misma situación. Carmina ha llegado puntualmente; al entrar en mi habitación, ante los montones de libros que he ido acumulando para estudiar algunas asignaturas, me ha preguntado: «¿Pero todos esos libros te los lees?» «No», le he dicho. «Los profesores los recomiendan y yo los cojo en la biblioteca, pero la mayoría solo los hojeo.»
Qué absurdo, ¿verdad? Cursar una carrera ni más ni menos que durante cuatro años y que ni así encontremos el tiempo para profundizar en cada libro notable, en cada frase. La cotidianidad puede ser bella, sí, pero, generalmente, un ritmo acelerado e irreflexivo se adueña de ella e impide que la podamos saborear —que tiene que ver con sapere, saber.
La palabra cotidiano, que viene del latín, significa 'de todos los días', y no dudaría en pensar que un diario es un registro cotidiano, un intento de que los días no se nos escurran de las manos sin dejar una constancia, una marca. Volvemos a la reflexión sobre la piel y la escritura de anoche: una piel sin mácula, como una hoja en blanco, son irreales; la vida se corresponde con la piel que tiene pecas, callos, imperfecciones, del mismo modo que el pensamiento se eleva cuando, alejándose del flujo incesante de la consciencia, se convierte en palabra fijada, en escritura.
Día de huelga, como tantos otros ha habido desde que empecé la carrera; no hay clases. Igualmente, por la tarde, tomo el autobús y voy al trabajo. Por la mañana debería haber empezado a estudiar para un examen que tengo el jueves que viene, pero no me he sentido capaz. A diferencia de secundaria y bachillerato, cuando tenía una férrea disciplina y podía hincar los codos para cualquier asignatura y sacar buenas notas, ahora solo logro hacer exámenes buenos para esas asignaturas que realmente me apasionan, es decir, asignaturas de literatura.
Llego a la facultad y, aunque los accesos principales están cerrados, la gente puede entrar por el aparcamiento. En el claustro hay la gente de siempre, animada. Parece un jueves más. Seguramente es un jueves más.
Al salir de la biblioteca, esperando en un semáforo en rojo de Gran Via, veo cómo un chico cae de su moto en marcha. Oigo un «¡oh!» anónimo a mi lado; otro transeúnte que, esperando a que se pusiera en verde, muestra sorpresa aunque solo haya asistido a la caída como espectador, mero espectador. Es inevitable entreabrir los labios, poner los ojos como naranjas. ¿El chico está ileso? No lo sé, el semáforo se pone en verde y sigo caminando, como empujado por la corriente de un río.
Vuelvo a casa y, tarde, salgo a correr. La luna —¿creciente o menguante?— se esconde detrás de unas nubes. Doy vueltas y más vueltas en el Nou Parc Central, donde, a estas horas, solo se puede encontrar a algún trabajador agotado que saca a pasear el perro o a unos adolescentes que juntan sus cabezas bajo la oscuridad de un árbol.

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