miércoles, 8 de mayo de 2019

(Diario) 8 de mayo de 2019



Mañana en casa. Leo «El rem de trenta-quatre», de Joaquim Ruyra: por momentos, confundo la brisa marina que plana sobre los personajes del relato con el vientecito que noto mientras ventilo mi cuarto. Hago una breve visita a mi abuela; charlamos durante una hora, de mientras, me bebo un copioso vaso de café con leche; me da dinero como regalo por mi cumpleaños. Voy a la biblioteca Antoni Comas y cojo en préstamo Aspectes del Modernisme.
De vuelta a casa, paso por delante de la Casa Coll i Regàs. ¿Qué es el Modernismo? En principio, esto. Siempre que miro la Casa Coll i Regàs, me fijo en su conjunto. ¿Por qué? Hoy decido mirar solo una parte de la casa: me acerco a la escultura de una mujer con un huso en la mano que hay encima de la puerta; tiene algo de ninfa, algo etéreo. A veces, queriendo abrazar el todo, nos olvidamos de la ontología que hay en los pequeños detalles. Antes de seguir caminando, le hago una foto. Hacer una foto, para la gente de hoy, es asombrarse, querer capturar lo singular. Adiós, hilandera. Sigo con mi trayecto.
Como en casa y salgo para Barcelona. Tres horas en el trabajo. El cielo está gris, pero, al mismo tiempo, hace un calor húmedo, espantoso. La ventana está abierta. Los minutos pasan muy lentamente, como las nubes una tarde primaveral. Me paso la vida bebiendo agua —siempre llevo una botella conmigo— y yendo a mear; lo cierto es que el tiempo que destino a las necesidades fisiológicas no me lo devolverá nadie. Cuando salgo, me dirijo al Cortefiel que hay en Portal de l'Àngel; he recibido un SMS en que decían que tenían un 25% de descuento en todos los productos; me había prometido empezar a comprar ropa de segunda mano; si una promesa ya es fácil de romper, una promesa con uno mismo aún lo es más.
Salgo del Cortefiel desilusionado, sin haber encontrado nada que me gustase más allá de los interiores de la tienda; estas casas burguesas que han sido aprovechadas por grandes marcas para poner sus tiendecitas me dan la vida. En fin. Para saciar mi afán consumista, me voy a La Central. Compro la Comedia de Dante, traducida por José María Micó: ¿cómo es posible que haya esperado hasta los veintiún años para tener este libro? Esta pregunta, como la idea de que hay libros que se deben leer, da por supuesto que hay un canon literario que los lectores no pueden eludir. ¿Pero qué ocurriría si prefiriera dedicar mi tiempo de lectura a Milena Busquets, y no a Dante? Me voy a ir de este mundo de todos modos, haya leído el Quijote o no. Pero seguramente no se pueda andar con ese relativismo por la vida.
Me decido a ir al Re-Read de Passeig Sant Joan, pasado el Palau Macaya. Camino incansablemente, hasta que me duelen los pies. Y después vuelvo a bajar hasta Ronda Universitat. Adoro andar; me permite tener pensamientos ligeros, fugaces. ¿Qué es lo fundamental?, me pregunto. Pensar. Sentir. Sentirse vivo. ¡Sentirse vivo! Me entran ganas de echarme a correr. La calle está abarrotada; tropezaría con alguien. Querría gritar. ¡Estar vivo! No acabo ni corriendo ni gritando, sino que sigo mi camino hasta la parada del autobús y lo espero en la más inmutable discreción.
Al llegar a casa, ceno rápido y salgo a correr de diez a once. Parece que me haya puesto de acuerdo con el cielo: justo cuando iba a parar, se pone a llover. Me doy prisa de vuelta a casa. La ciudad, de noche, es tan cinematográfica. La creería mía; estos plátanos tan altos me pertenecen, y esa sombra que se aleja al final del parque urbano también.

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