lunes, 13 de mayo de 2019

(Diario) 13 de mayo de 2019



Había puesto el despertador a las seis y cuarto, pero, cuando suena, me siento irresistiblemente conducido a modificarlo: seis y media. Vuelve a sonar. Me quedo dos minutos dudando, sin hacer nada: ¿me levanto? ¿Sigo durmiendo? ¿Vale la pena levantarse y cargar con todo lo que ello conlleva: desayunar mal; tomar el autobús atestado de gente de las siete; llegar cinco minutos tarde a una clase que me encanta y a la que prefiero no ir a entrar con retraso; ir a otra clase a la que no le encuentro el sentido; almorzar en un restaurante cuando preferiría hacerlo en casa, treinta kilómetros al norte? ¿Y si vuelvo a dormirme? ¿Acaso soñando descubriré una segunda realidad? Escribió Schopenhauer que la vigilia y el sueño son como páginas distintas de un mismo libro. Y luego llegó Vila-Matas y dijo que los sueños no le interesaban en absoluto. ¿Con quién me quedo? ¿Despertar? ¿O no hacerlo?
Pero, sorprendentemente, hoy acabo obedeciendo mi sentido del deber y me levanto, desayuno mal, etcétera, etcétera. No encuentro sitio en el autobús y tengo que sentarme en un peldaño. Qué pereza me dan estas cosas. Bueno. Al menos ahora tengo clase de Modernismo, donde seguiremos hablando de Joaquim Ruyra y de su libro de narraciones Marines i boscatges. El lugar en el que Ruyra suele situar sus historias es Blanes, en la costa del Maresme. Siempre me ha decepcionado un poco el olvido de los escritores respecto del Maresme; no hay muchos —de los que tienen talento, se entiende— que lo hayan escogido como su lugar predilecto. Y concretamente Mataró ya ni digamos.
Entre la primera y la segunda clase, voy a tomar un café en Notariat n°1, donde intento empezar a estudiar. A medida que me bebo el café, me doy cuenta de que hay una frase grabada en la taza: «I’m changing the world». Una ironía para los culs de cafè como yo: no es sino bebiendo nuestra modesta tacita de café con leche que, voilà, cambiamos el mundo. Tristísima ironía, pero aún es más triste este lunes.


Segunda clase. Después, almuerzo en BuenasMigas. Entro en el curro. Curioseando por Twitter, me llevo una grata sorpresa cuando veo que Vicente Monroy ha tuiteado lo siguiente: «Un cuadro o una escultura y un poema son cosas muy distintas, pueden parecer incluso polos opuestos del arte: la pura imagen y el puro lenguaje.» ¿Pueden parecer o, en efecto, son polos opuestos del arte? Anoche, al salir a correr, me dio por pensar en esto. ¿No es la literatura algo radicalmente distinto a las demás artes? Relacionamos la pintura con ver, la escultura con tocar, la música con escuchar, el cine con una síntesis preciosa entre ver y escuchar... ¿Dónde queda la literatura? En un territorio lejano de la sensibilidad. En un territorio en el que la convención de los cinco sentidos estalla. La literatura instaura una sensibilidad inteligente, puesto que no tiene que ver ni con la vista, ni con el oído, ni con el tacto, pero, al mismo tiempo, a través del lenguaje, los traviesa todos.
Vuelvo a casa y solo tengo tiempo de pasar algunos apuntes a ordenador. Milo, que está de visita, ladra y mueve la colita con esa gracia de cachorro. Salgo a correr.

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