sábado, 11 de mayo de 2019

(Diario) 11 de mayo de 2019



Me despierto a las ocho y cinco y salgo para Barcelona a y media. Desde el cristal del autobús, veo a un twink ovidiano: lleva pantalones de deporte, camiseta blanca y su rostro queda oculto detrás de un árbol. Cuando Dios sacó al hombre del barro, le insufló un aire infinito por el que devino capaz de desear y ser deseado.
Clase de inglés. Aunque es amena y el tiempo pasa rápido, odio estar encerrado cuando, en la calle, cae una fastuosa tormenta de rayos de sol. Al salir, como que tengo cuarenta minutos antes de que llegue mi autobús, voy al Zara de Carrer Pelai y, ojeando ropa, trato de resistir la tentación de comprarme algo. No es que sea una tentación muy fuerte, pero las prendas que he comprado últimamente no me han dejado del todo satisfecho y querría encontrar algo más concreto, algo que pareciera hecho para mí. Qué dulce absurdidad es buscar algo singular en un sitio como un Zara. Acabo comprándome una chupa de cuero, la pieza que me parece más acorde con mi estado de ánimo. Voy a tomar el autobús. Como en casa. Por la tarde, voy a buscar unos libros a la biblioteca.
Hoy me da por pensar en el mar, el monstruo azul. Hay algo que lo distingue radicalmente del cielo y de la tierra. Mientras que asociamos el cielo al aire y la tierra a la solidez, el mar, como resultando de la mezcla de los dos, es líquido. Si el cielo es lo divino y la tierra es lo real, el mar ni es tierra de los hombres ni es tierra de Dios; no es tierra de nadie. Y, sin embargo, allí donde hay vida tiene que haber agua. El mar es la condición de posibilidad de la vida, de mi voz, más allá de la dicotomía entre un mundo terrenal y un mundo de las ideas. Le enseño a mi madre la chupa que me he comprado: «Parecerá que todo el mundo va con uniforme. Desde hace dos o tres años, veo muchas chupas de esas.» Tiene el don de fastidiarme con cualquier opinión que emita sobre lo que llevo o dejo de llevar. De todos modos, agradezco este tipo de fastidio. Discuto en broma con ella.
(...)
Me ducho. Me visto: pantalones de tergal sin raya, la camisa roja brillante que me compré hace unos días. El tupé me queda más alto que nunca. Me pongo la chupa nueva y los zapatos de siempre, unos botines de textura de cuero. Esta noche saldré de fiesta con Dolça y Oriol. (...) Y, más que nunca, querría bailar.
Cojo el autobús. Antes de que se haga de noche, tomaré unas copas con Francesc. Hace mucho que no nos vemos. Me parece que la última vez que quedamos para tomar algo fue cuando la historia con Alex terminó, qué lejos me queda todo aquello. Nos citamos en Plaça Universitat, a las siete. En el bus, leo la Biblia, el único libro que puedo llevar encima cuando no he cogido mochila ni bolsa porque es el más pequeño que tengo.
Hablo distendidamente con Francesc. Luego me encuentro con Dolça. Vamos a cenar con Oriol; bebemos mucho vino. Andamos hasta Arena y seguimos bebiendo. (...) Acompaño a Dolça hasta Rocafort, donde vive, y me voy a coger el último bus nocturno para Mataró: llego al de las cinco. Ha sido una noche espantosa; espero que no se repita. Aun así, prefiero haberla vivido a haberla evitado.
A eso de las cinco y media, llego a Mataró. Ando hacia casa mientras amanece. Oigo unos pájaros que cantan despreocupados. ¿Nadie os ha enseñado a pensar?