sábado, 11 de mayo de 2019

(Diario) 10 de mayo de 2019



Me despierto un poco antes de las diez. Subo la persiana. Entra en el cuarto una luz bondadosa. En la cocina, mientras bebo mi café con leche, ojeo unos poemas de Hölderlin: «Pues decid, ¿dónde vive, si no, la vida humana | ahora que lo doblega todo un afán servil? | Por eso pasa el dios, indiferente, | sobre nuestras cabezas, hace tiempo.» El poema se titula El amor y la sensación de abandono es inenarrable. Quien se olvida a sí mismo acaba siendo olvidado también por «el dios, indiferente». El amor parece la vía hacia una vida auténtica, pero nadie, ni siquiera nosotros mismos, lo puede suscitar; solo cabe esperar. ¿Pero cuántas veces hemos querido rechazar el embrollo del amor? ¿Es que no nos cansamos de caer en sus engaños? Curiosamente, una vida que solo encadene desengaños amorosos parece más apetecible que una vida gris que se limite a decir que no.
Una y tres cuartos de la tarde. Cojo el autobús para Barcelona. Hace un sol de justicia. Una mañana más sin haber estudiado para una asignatura que, por poco interés que me despierte, debo aprobar; he empezado a leer La idea fija, de Valéry, un diálogo entre un médico-pintor-pescador y un tipo que va errando de acá para allá; es un diálogo de ideas intermitentes, quebradizas, que se empeña en demostrar a través de su forma que, precisamente, no hay ideas fijas.
El autobús se detiene a la altura de Plaça Tetuan y la conductora anuncia que no puede avanzar porque ha habido un accidente. Bajo. Voy caminando hasta el trabajo, con cierto ritmo pero sin preocuparme gravemente por llegar tarde, puesto que he avisado por teléfono. Paso por delante del Hotel Palace, cuya fachada siempre me ha obsesionado. Empiezo a sudar antes de llegar a la facultad. Bueno. Antes de entrar en el trabajo, acelero mi paso y, al llegar, saludo como si estuviera exhausto, como si hubiera corrido a la velocidad de la luz para llegar lo menos tarde posible. No hay casi nadie en la biblioteca. Es gracioso que un viernes haya menos actividad que ayer, día de huelga estudiantil. En fin. Después tengo clase de francés, pero me la saltaré; estas últimas semanas de curso nos han cambiado la profesora y la nueva, aunque es muy didáctica, no cuenta con el esprit que necesito para mantenerme atento durante dos horas de clase.
De vuelta a casa, leo, en la biografía de Andreu Navarra sobre Eugenio d’Ors, que el filósofo situaba al ser humano entre el animal y el ángel, sin que en él se encontrase ninguno de los dos en una forma pura. Qué extrañeza nos entra cuando pretendemos hablar sobre el hombre. Hace unos meses, le pregunté a mamá: «¿Los hombres somos animales?» Y me respondió: «No.» Hay algo en el hombre —un misterio, una plusvalía— que impediría que lo introdujéramos en una clasificación animal. Incluso habría algo que chirriase si lo pusiéramos en una taxonomía genial de todos los seres vivos. Esto tiene que ver con que no podemos hablar del hombre desde fuera de él mismo, pero hay algo más que se me escapa.
Llego a casa. Encuentro la correa de Milo en el paragüero. Subo, pues, al piso de mis abuelos para acariciarlo. Este caniche se ha convertido en mi perro favorito, aunque resultaba fácil que lo fuera porque no hay otro perro en mi vida. Lo cojo entre los brazos, pero se pone rígido; lo dejo en el suelo. Bajo al primer piso y ceno rápidamente. Me voy de nuevo a Barcelona. He quedado con Andrea para ir a un concierto que hacen cerca de su barrio. Andrea no solo es una compañera de la universidad; la conocía con anterioridad, ya que había hecho con ella un curso de escritura en el Ateneu; aunque estas últimas semanas no hemos hablado mucho, es de ese tipo de amistades que se mantienen vivas, casi inmutables, pese a la ausencia.
Cuando llego al centro de Barcelona, se pone a llover. Traigo paraguas. Un perro mea; su orina se confunde con la lluvia. Espero a Andrea en la parada de metro de Sant Antoni, debajo de un árbol. Aún no es de noche, pero las farolas ya están encendidas. Sería fácil adivinar que es viernes; se ve en la forma de andar de la gente, en sus caras.
En el concierto (3 cervezas x 2,50€ + cubata 6€ + entrada 7€ = 20,50€, joder), actúa uno que aparentemente solo quiere montar el circo y, después, Warmi. Entre el trap y lo queer, perrea —es decir, se vuelve animal— y al mismo tiempo se eleva —o sea, se convierte en un ángel. Me habría gustado quedarme a escuchar a los siguientes grupos, pero mañana tengo que madrugar.
Intento llegar al último tren para Mataró. Se me escapa. Tomo el primer autobús nocturno, el de las doce y cuarto. Imagino que hacia la una y pico ya estaré en casa. ¿Qué clase de persona tomaría un bus nocturno? Si normalmente los pasajeros del transporte público ya me despiertan curiosidad, hoy todavía más.