viernes, 12 de abril de 2019

(Diario) 12 de abril de 2019



«¿Cómo vivir?» Esa pregunta que algunos han situado en la base del pensamiento es la que he estado haciéndome desde pequeño, pero no con la voluntad de darle respuesta con ideas universales y exquisitas, sino con el miedo de quien vino a este mundo sin una hoja de ruta. Echo de menos esos días de mi infancia en que solo había el presente. Acabaron pronto. ¿Ahora soy capaz de hacer algo sin mirar hacia el futuro? ¿He pasado un solo día sin sentirme culpable por estar desaprovechando el tiempo? La sensación es de haber errado el camino y de estarme conduciendo, lentamente, inconscientemente, a un precipicio de inanición.
He vuelto a escribir a mano. Teclear en una pantalla es demasiado fácil; ahora ni siquiera tecleamos sino que deslizamos el dedo. Escribir a mano exige que resigas cada letra, que te detengas cada cierto tiempo para que no te duela la muñeca.
A eso de las siete y media de la tarde, después de mi clase de francés, bajo hasta el Paral·lel y me encuentro con Abril. Vamos a Apolo, donde montan el Futuroa Sarao Drag. Pasar de la luz natural a estas luces rojas, de la normalidad de las calles a los enigmas de estos pasillos. Entramos, pues, en la sala. Aún es pronto, no hay mucha gente. Isaac Flores, el fotógrafo, observa las cosas desde un lado del escenario: ¿qué detalle de frenesí, de descontrol, caerá bajo la lente de su cámara esta noche?
Algunas drags pasan por delante de nosotros; son como breves anunciaciones de lo que dentro de poco nacerá en el escenario. Abril se hace una foto con Samantha Hudson; la admiraba antes que fuese famosa y doy fe de ello, puesto que, en esos días, me comentaba: «He empezado a seguir en Insta a un chico que es una fantasía, que hace lo que le da la gana.» Estamos tan poco acostumbrados a hacer lo que nos sale de allí abajo que, cuando encontramos a alguien que muestra un mínimo de jemenfoutisme, le alabamos incondicionalmente.
Una divinidad con bigote y minifalda sale al escenario y se dispone a presentar la gala; descubro en Instagram que se llama Alvie; no es solo una imagen, sino que por sus comentarios se entiende que tiene aquello que antes llamábamos —llamaban— carisma. Virginia Rovira aparece con un modelito rojo, aunque el público es desconfiado y no aplaude demasiado su exquisita frialdad. Estrella Xtravaganza une al exceso de sus estampados leopardo un discurso político al que no todo el mundo presta atención; nunca dejará de ser admirable que alguien se atreva a hablar de la ideología hegemónica cuando toda la gente de su alrededor lleva una cerveza o dos de más.
A eso de las once, cuando termina el concurso de drags, el público sube al escenario, desbordándolo, y la música sigue sonando. Yo no bailo. Estoy más quieto que una estatuilla de Buda. No he bebido lo suficiente. Le digo a Abril si le importa que nos vayamos ya, que mañana tengo clase de inglés. «Me habría gustado quedarme, pero no pasa nada, vamos.» Cogemos los abrigos en el guardarropa y salimos. Nos llevamos un clavel rojo que hemos encontrado en el suelo. Vamos en metro hasta Plaça del Centre y tomamos una copa cerca de su casa.
A eso de las doce, me voy a la Estació de Sants. Último tren para Mataró. Todos los chavales de dieciocho que van a Cocoa suben; el vagón va atestado y entro en un estado de divina irascibilidad; demasiado ruido. Pienso en las hadas que he visto brillar en Apolo para resistir aquí dentro. Espero estar en casa antes de la una.
Recuerdo algunas de las frases que han pronunciado las drags del Sarao: «La ultraderecha ya está aquí, nos están agrediendo.» Por un momento, veo con claridad que la desvergüenza que lleva a un chico en bragas a subirse a un escenario es la misma desvergüenza que le lleva a protestar a las puertas de un mitin de Vox. Ese impudor, bajo la amenaza del fascismo, toma la forma de la valentía. Una valentía descarada y cubierta de purpurina.
12 de abril de 2019