domingo, 24 de febrero de 2019

(Microcuento) Cazador de twinks




Entró en la galería con la seguridad de un dictador. Yo estaba detrás del mostrador, fingiendo que ponía en orden unos papeles, cuando en realidad todos sabemos que los becarios solo aparentamos hacer las cosas, no las hacemos realmente. Me preguntó: «¿Podrías indicarme dónde están las obras de Jaume Plensa?» Elevé la cabeza y lo miré. Su rostro era de una dulce frialdad y sus gestos, secamente expresivos. Le acompañé hasta la sala de las esculturas.
Cuando iba a volver al mostrador, su voz me retuvo: «¿Trabajas aquí?» Y, después de ojear brevemente los plensas y sus precios, decidió invitarme a una copa. Tuvo que esperar, ya que mi turno no terminaba hasta las ocho de la tarde. Fuimos a un bar de Carrer Fortuny; aunque estaba lleno de gente, todo el mundo hablaba entre susurros, así que la impresión general era de un agradable silencio. Me contó que se había formado en Bellas Artes y que ahora se dedicaba a la performance; que era amigo del director de la galería para la que trabajaba; que, de hecho, era amigo del jefe del director de la galería para la que trabajaba. Y le gustó que le hablase de mí, que le contase que era estudiante de Historia del Arte y que no sabía qué esperar del futuro. Cada vez que mostraba un poco de candidez, se estremecía sutilmente.
Nos seguimos viendo. Algunas veces venía a buscarme a la galería. Un día, el director, que había notado algo entre nosotros, dejó caer un comentario extraño: «Siempre olvidamos la importancia de la prudencia.» Si hubiese sido más claro, quizá me habría salvado. Pero la cuestión es que seguí viéndome con el artista de performance, que, pese a tener catorce años más que yo, me resultaba cercano como un amigo. Pero no me daba ni los besos ni las caricias que me habría dado un amigo.
Y tampoco tenía los pensamientos de un amigo cuando me sugirió: «Esta noche podríamos ir al cine. Como que vives lejos, te invito a quedarte a dormir en mi casa luego.» Primero, dudé. Pero no sabía por qué dudaba, así que acabé aceptando su propuesta. Y llegó la noche. Y una película de terror. Y su mano enlazada con la mía en la sala de cine. Y sus brazos enlazando mi cuerpo en la cama. Y horas de vigilia, en la oscuridad, acostado a su lado, mientras él también fingía dormir.
A la mañana siguiente, salí de su casa y no le volví a ver. Los primeros días, extrañé su conversación y su dulzura. El director de la galería, como si hubiera esperado al momento más indicado para herirme, me comentó: «Siempre que se entera de que tenemos un nuevo becario, viene a supervisar la mercancía.» La rabia me subió a los ojos con la fuerza de una fiera que ha sido largamente enjaulada, pero ya todo era inútil; cuando un animalito se da cuenta de que ha caído en la trampa de un cazador, es mejor que se dé por vencida.
Ilustración de Francesc Armand

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