miércoles, 2 de enero de 2019

(Microcuento) Grindresca




«¿Y tú qué buscas?» Hay pocas preguntas que me hayan dejado más pensativo que esa. Desde que me instalé Grindr, me la hacían cada dos por tres. «Un poco de todo», solía contestar, aunque era una respuesta demasiado abstracta para mi gusto. Al mismo tiempo que me descargaba Grindr, me puse Tinder: con la primera app, apaciguaba el ardor que notaba en el vientre; con la otra, fingía haber encontrado mi media naranja con cada conversación.
Empecé a hablar con distintos muchachos; me sorprendía que ninguno de ellos tuviera nada mejor que hacer que charlar con un desconocido para acabar acostándose con él. No tardé demasiado en encontrar a un chico en Tinder que me resultó interesante. Le llamé Chico Tinder. Estudiaba algo de letras. Estaba pendiente de sus mensajes en el trabajo, en el metro. Iba por todos los sitios con los ojos pegados al móvil, atento a su «escribiendo…» A los dos o tres días de haber empezado a hablar, quedamos para tomar un café. En persona era todavía más fascinante. Le pregunté si querría que nos volviéramos a ver y dijo que eso ni se pregunta.
Al mismo tiempo, por Grindr, charlaba con un hombre misterioso. Su nombre era Chico Grindr. «Hola», «sí», «claro»… Sus respuestas no me daban mucho juego, pero había algo atractivo en todo lo que, virtualmente, lo rodeaba: las fotos de su torso, la contradicción de que mostrase desinterés a la vez que me seguía hablando… Al conocernos en persona, me condujo a su casa en el más estricto silencio; entramos en su habitación y apagó la luz. Estaba loco por volverle a ver: el día siguiente, todos los días.
Pero, si conseguí una nueva cita con Chico Grindr, dio la casualidad de que, el mismo día y una hora antes, había quedado con Chico Tinder. «¿Podríamos vernos otro día?», le dije a Chico Grindr. «No», respondió. Fui a tomar un café con el chico Tinder algo inquieto, sabiendo que tendría que inventarme un pretexto para despedirme de él al cabo de un rato e ir en busca de Chico Grindr. «Me acaba de enviar un mensaje mi madre; dice que necesita mi ayuda. ¿Te importa si lo dejamos aquí y nos vemos otro día?» Chico Tinder pareció algo descolocado. Corrí al encuentro de Chico Grindr.
A la salida del metro de Plaça Universitat, me esperaba, impasible. Me acerqué a él sin advertir que, a pocos metros, me seguía Chico Tinder, que había querido averiguar si realmente era mi madre quien me necesitaba. Saludé a Chico Grindr. Chico Tinder, desde mi espalda, dijo: «¿Albert?» Chico Grindr lo miró. Y se le llenaron los ojos de lágrimas. Hacía dos semanas que habían roto.