miércoles, 26 de diciembre de 2018

(Artículo) Los huecos del día




En los momentos de debilidad anímica, va bien coger un libro de Proust y leer algunas páginas al azar. Cojo el primer tomo de En busca del tiempo perdido y, ya al principio, encuentro estas palabras subrayadas: «¡Costumbre, celestina mañosa, sí, pero que trabaja muy despacio y que empieza por dejar padecer a nuestro ánimo durante semanas enteras en una instalación precaria; pero que, con todo y con eso, nos llena de alegría al verla llegar, porque sin ella, y reducida a sus propias fuerzas, el alma nunca lograría hacer habitable morada alguna!» No entenderíamos la vida sin las costumbres. Supongo que se podrían distinguir de los hábitos, pero no es el momento. Para escribir la novela más importante del siglo XX, Proust necesitó costumbres, hábitos. Para escribir cualquier novela, de hecho, son necesarias. La fuerza de la costumbre nos podría pasar desapercibida, pero es imprescindible para orientarse: la vida se presentaría aún más caótica si no en ella no hubiera repeticiones.
Uno se da cuenta del valor de las costumbres cuando ya no están. Ejemplificaríamos esto con el amor en los tiempos de WhatsApp: una vez has establecido la costumbre de chatear a diario con la persona amada y lo que tenéis se va al garete, es posible que notes un pinchazo cada vez que entras en tu bandeja de mensajes y ves que no hay ninguno suyo. Nos gustan las repeticiones, porque, como decíamos, ordenan la vida y dan sentido. Cuando una costumbre nos falta, nos aterrorizamos, porque nos planteamos: «¿Puedo vivir sin ella?»
Las costumbres son poderosas porque, cuando se constituyen, parecen algo natural, aunque no tienen ni más ni menos de convención que la mayoría de cosas que hacemos a diario. Se instalan en la cotidianidad: quien solo vive en la excepción difícilmente comprenderá la importancia de la costumbre para formar el propio carácter, para lograr una cierta estabilidad. La ausencia de una costumbre que teníamos en el pasado nos pone delante de un gran hueco: el tiempo se ha abierto por la mitad y nos muestra sus entrañas. Es terrible. Uno nota que le han quitado esa costumbre que creía que nunca le faltaría como sentiría que le han extirpado lo más íntimo de sí mismo.
Las costumbres, cuando son compartidas, tienen un cariz diferente. Si desaparecen, nos entristecemos, pero nos queda el consuelo de que hay hombres a nuestro alrededor con quienes las compartimos. Y los hombres, hablando, las recuerdan; las vuelven vivas con su memoria. Si da la casualidad de que un escritor pasa por allí, puede que lo anote; no llenará el hueco que la costumbre ha dejado en el día a día, pero logrará un cierto contento, una satisfacción. Puede que sea un sentimiento poco vistoso, modesto, pero ello no le resta grandeza.