lunes, 24 de diciembre de 2018

(Artículo) Las copas del cava



Nochevieja es terrible, pero Nochebuena es todavía peor. Si bien puedes pasar la última noche del año bajo los efectos del alcohol desde el minuto cero y en una ciudad lejana que no te traiga recuerdos, Nochebuena es una cita más familiar y te obliga a estar cerca de los tuyos —en tu ciudad o pueblo de origen, ese lugar del que siempre quisiste librarte como Atlas querría deshacerse de su peso. Los italianos supieron ver la importancia de esta cuestión y crearon el dicho «Natale con i tuoi, Capodanno con chi vuoi». ¿Y si no tuviéramos ninguna cena a la que ir en Nochebuena? Esa es la realidad de mucha gente; en un futuro no muy inimaginable, podría ser la nuestra. Una de las protagonistas de Roma, dirigida por Alfonso Cuarón, dice algo así como: «Recuerda, siempre estamos solas.» Lo dice porque está dolida, pero esto no le resta credibilidad: a veces es inevitable ver el mundo como un lugar inhóspito.
«Xavi, limpia las copas del cava», me ordena mamá. Ocho copas. Con los años, los comensales se han reducido o han cambiado. El sitio donde celebrábamos la Nochebuena también ha cambiado; el tiempo no pasa en vano. Limpio las copas sabiendo que este es el único tipo de tarea manual para la que soy mínimamente competente: ¿qué puedo esperar del futuro? Voy a comprar una botella de Freixenet; fíjate, comprar también es una tarea —en cierto modo— manual que se me da bien.
El año pasado, por estas fechas, me dio por pensar en El malestar en la cultura, de Freud, que había leído recientemente. Este año, me ha ocurrido lo mismo. Me repito para mis adentros una cita magistral: «un amor que no discrimina pierde a nuestros ojos buena parte de su valor, pues comete una injusticia frente al objeto; luego, no todos los seres humanos merecen ser amados.» La primera vez que lo leí, no me pareció acertado. He necesitado alguna que otra decepción para darme cuenta de cuánto vibran esas palabras. «No todos los seres humanos merecen ser amados.» Siempre he sido torpe porque he tendido a amar a quien no merecía mi atención y, al no verme correspondido, he proyectado mi resentimiento sobre quienes sí me querían.
«Xavi, ha sobrado esto de comida. Acábatelo», dice mamá. Engullo los canapés que no cabían en las bandejas como si fuesen patatas fritas y yo, un muerto de hambre. Comer también se me da genial. ¿Por qué no hay concursos para ver quién satisface con más gusto sus necesidades fisiológicas? Ganaría la prueba de la comida por goleada.
Los invitados llegarán dentro de una hora. Sin prestar mucha atención a sus conversaciones, me diré: ¿cuánto falta para que nadie me eche en falta en Nochebuena? Soy el pequeño de la familia, el último en llegar y —si no hago mucho el tonto— el último que abandonará la mesa.
San Jerónimo en su gabinete (1514), de Albrecht Dürer

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