miércoles, 10 de octubre de 2018

(Relato) Una familia entrevista



Papá no estaba seguro de que quisiera comprar ese piso, pero le acabó de convencer que tuviera una tribuna en el salón. A través de los cristales de esta, entraba una gran cantidad de luz —incluso una cantidad molesta. Una vez hubo firmado los papeles con el antiguo propietario, me llevó a ver el piso. El verano ya había cubierto la ciudad de cierta fatiga húmeda.
Estaba en la segunda planta de un bloque bastante decente, discreto, de un rollo muy ochentero. La portería era inmensa y nunca había nadie en ella. Delante del bloque, había un pequeño jardín con una magnolia; nadie se hacía cargo de este, así que las hojas iban cayendo y se acumulaban sobre el suelo como formando un mosaico.
El piso en sí era bastante acogedor. El antiguo propietario se había llevado todos los muebles; incluso había arrancado de la pared unos apliques y había dejado los cables al aire, como si su intención fuese que el piso pareciera desastroso. La verdad es que me entristecía visitar un piso que hasta unas horas antes había estado en venta; notaba tal vacío… Me fijaba en las sombras de polvo que habían dejado algunos muebles. En algunos rincones incluso se podía notar los momentos de felicidad que una familia habría vivido allí mismo años atrás.
Papá quiso enseñarme la tribuna del salón en último lugar. Tenía tres ventanas grandísimas. Subió las persianas de cada una. Se veía la gran avenida que el bloque tenía delante; los coches circulaban y la gente paseaba; aquel habría sido un buen piso donde pasar la vejez y aquella había sido una buena vista ante la que apagarse. Por las ventanas de los laterales de la tribuna se veían los pisos de los lados. Me fijé en el de la derecha: en paralelo a nuestra tribuna, había un balcón de cristal con un tendedero y un taburete.
Papá se alejó un poco. En el momento en que iba a apartar mi mirada de ese balcón, un chico apareció en él. Iba en calzoncillos. Se sentó en el taburete y empezó a fumar. Con tal de que no me viera, retrocedí un paso. «¿Qué? La vista de la tribuna es bonita, ¿eh?», me preguntó papá. «Sí, sin duda.» Iba volviendo mi mirada hacia la ventana central de la tribuna, como si en lo que me fijase fuese en las personitas que pasaban por la avenida de enfrente.
Mis ojos iban de acá para allá. En algún momento, el chico debió darse cuenta de que lo miraba, porque sonrió. Por lo demás, ni se inmutó; siguió fumando. Cuando mi padre regresó a mi lado, fui yo quien me aparté de la tribuna; le pedí que volviéramos pronto a casa, que tenía prisa.
A los pocos días, papá me comentó que, el día que habíamos ido a ver el piso, había olvidado unos papeles en este: «¿No te viene de paso?» Le dije que ningún problema, que me diese las llaves y que esa misma tarde recogería los papeles. Él quería alquilar el piso cuanto antes mejor, pero tardaría un tiempo en encontrar al inquilino ideal.
Antes de entrar en el bloque de pisos, me detuve en el jardín. Qué majestuosa era esa magnolia. Daba algo de miedo. Tenía algunas hojas anaranjadas y otras de un verde exuberante, juvenil. Oí una voz a mis espaldas: «Eres muy joven para ser el nuevo propietario, ¿no?» Me volví y me encontré con el chico del piso de al lado. Así, de pie, era más alto que yo y resultaba más amenazante que en la distancia de mi tribuna a su balcón. «Es de mi padre, en realidad. Yo solo he venido a hacer un recado.» Asintió con la cabeza y desvió la mirada de mis ojos a mis espaldas, y de mis espaldas a mi cabello.
Subimos por las escaleras. Mi padre me había dado todo un manojo de llaves; no sabía cuál era la del piso; fui probando mientras él ponía las manos sobre mi cintura. Abrí y pasamos directamente al salón. Me giré hacia él y puse una mano sobre sus labios, como indicándole que no hiciera ruido. No pude apartar la mano de nuevo: abrió la boca y me lamió un dedo. Ese aliento de fumador. Ese aliento de podredumbre, de olvido de uno mismo. Llegó hasta mi nariz como si, en lugar de ser yo quien lo oliera, fuese el aliento mismo el que me penetrara. «Bájate los pantalones y túmbate bocabajo.» Obedecí, ¿qué debería haber hecho, si no?
Su piel sabía a metal, a trofeo. Ya no había balcón, ya no había tribuna. Ya no había miradas. Solo quedaba un tacto a ratos infernal y a ratos dulce. La primera embestida me dolió, porque fue bastante bruto. «Más suave», susurré. Como que ni habíamos subido las persianas de la tribuna, la penumbra en que se sumía el salón volvía indistinguibles nuestros cuerpos; solo un tenue luz amarilla llegaba desde el recibidor. Pensé que sus brazos eran de oro; tenían el vigor de un roble. «Me voy a correr.» El suelo era de parqué y tenía una fina capa de polvo encima. Las gotas cayeron sobre este como la lluvia caería sobre el desierto. Me quedé rendido, jadeante. Él se levantó y se fue a los pocos minutos.
«No, no eran estos los papeles que tenías que coger», me dijo papá, esa misma noche. Hice una cara de fastidio y me fui a mi habitación. Las noches de verano son largas: uno consigue dormirse por la madrugada y se despierta por cualquier ruido. Me acosté pronto. Estuve removiéndome entre las sábanas durante horas y horas. Acabé tirándolas al suelo. Giraba la almohada. A través de las rendijas de mi ventana, entraba la luz de las farolas; tenía el color de los pétalos de los girasoles; la noche me obsesionaba, la odiaba.
Media semana después, papá me rogó que volviese al piso. Necesitaba los papeles que me había pedido en un principio urgentemente y él no tenía tiempo de ir. Fui alargando el trayecto hasta el piso; pasaba por unas calles y otras sin atreverme a caminar por la avenida en la que se encontraba. Finalmente, llegué; pasé por el jardín con la cabeza gacha y subí las escaleras con cierto paso fúnebre. Encontré los jodidos papeles: estaban debajo de los que me había llevado la vez anterior.
Eran las cinco de la tarde y el silencio de la ciudad era espléndido. Sí, oía motores, oía a algunos niños jugando por la calle, oía lo que pasaba en el patio interior del bloque, pero todo sucedía con tal tranquilidad, con tal lentitud, que era como si el mundo entero se hubiera quedado sin palabras. Subí las persianas de la tribuna para disfrutar de aquella tarde. Ah, la avenida tenía unas aceras tan anchas y era tan larga que hacía pensar en las grandes capitales.
Un poco sin querer, dirigí los ojos hacia el balcón del fumador. En este, una chica tendía la ropa; tenía a su lado, en una cuna, a un bebé; desde esa perspectiva, tan solo veía los brazos de la criatura, que se abrían como si necesitara un abrazo.
Papá consiguió alquilar el piso antes de que entrásemos en agosto. No volví a pasar por aquella avenida en mucho tiempo. Cuando tenía que ir a algún lugar cercano, la evitaba. Si eso me conllevaba hacer un camino más largo, lo hacía. Pero tardé bastante en deshacerme de la imagen de esos bracitos, tan llenos de ternura e ignorancia; pronto, crecerían y dejarían de reclamar abrazos.

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