miércoles, 24 de octubre de 2018

(Relato) Un chalé rodeado de geranios



1
Toda una vida trabajando. Su mujer había muerto años atrás, pero él no había dejado que los cambios que esa desaparición conllevaba le afectasen: tenía que construir una fortuna. Toda una vida levantándose a las once de la mañana y acostándose a las tres o cuatro de la madrugada, después de haber cerrado el enésimo negocio. Toda una vida trabajando. ¿Y ahora estaba poniendo fin a esa fase de su vida? ¿Dejaría atrás todo lo que había vivido hasta entonces y se limitaría a comportarse como un jubilado, es decir, ser un jubilado?
Carlos dejó su empresa a los empleados en quienes depositaba una mayor confianza, saldó todas las cuentas pendientes, hizo las paces con sus enemigos. ¿Y cuál sería la guinda del pastel? ¿Qué culminaría su jubilación? Ni más ni menos que la compra de un chalé en Carrer de Santaló, en Sant Gervasi. No estaba mal. Años y años invirtiendo, comprando pisos para alquilar, vendiendo edificios por precios irreales, para ahora acabar deshaciéndose de todo y encontrando un chalé con un hermoso jardín delantero y muchos geranios.
Una vez hubo efectuado la compra del chalé, lo primero que pidió fue que cortasen todos esos geranios. «Plantad solo enredaderas de jazmines», dijo. Seguidamente puso, delante de cada ventana, una cortina blanca bastante opaca; la luz, a partir de entonces, entró con dificultad en la casa. Compró muebles antiguos, de tonos oscuros. Repintó estrictamente todas las paredes de blanco. Llenó las habitaciones de bibliotecas y armarios, puesto que tenía un miedo cerval a que la casa fuera demasiado grande para él solo. Cuanto más escondido quedase entre todo ese mobiliario, mejor.
¿Quién fue la primera persona del servicio que contrató? Luz, una ancianita que, por su contrato, se comprometía a encargarse de las tareas de limpieza y cocina de la casa. Entraba en el chalé a las ocho de la mañana y se iba a las nueve de la noche. Como que Carlos se solía levantar a media mañana, la oía caminando por la casa desde el momento en que sonaba su despertador. Luz era diligente, observadora. En un principio, Carlos había creído que le sería beneficioso contratar a una persona callada, pero, en verdad, se le hacía un poco difícil convivir con alguien que no le supiese dar conversación. «Luz, ¿tienes hijos?» Cuando le hacía preguntas como esa, la mujer se lo quedaba mirando y ladeaba la cabeza, como si no supiera si considerar que esas palabras eran una muestra de cordialidad o más bien una impertinencia.
2
Mire, agente, yo no sé qué le habrán contado que pasó esa noche, pero las cosas siempre son más simples de lo que parecen. Le daré mi versión de los hechos, que es la buena. Fui la primera en entrar a trabajar en el chalé del señor Carlos. En un principio, todo eran comodidades: como que era la única trabajadora, me tomaba la libertad de coger algunas cajas de galletas de la despensa y, cuando Carlos, digo, el señor Carlos estaba fuera, me ponía a mirar vídeos en mi móvil. Él se enteraba de todo lo que yo hacía y dejaba de hacer, pero tenía un gran corazón y me lo consentía.
El señor siempre parecía agotado, desde que se levantaba hasta que se acostaba, aunque nunca lo veía acostarse porque tenía por costumbre hacerlo muy tarde. Caminaba como si le doliesen mucho las piernas. Sin embargo, su conversación era divertida; mientras estuve a su servicio, me enseñó cosas importantes, como las ideas de Marx, menudo lunático. Yo, a cambio, le enseñaba a zurcir calcetines, porque quizá algún día necesitaría hacerlo y yo no estaría allí. En ocasiones, le trataba como a un niño, ya que me había dado cuenta de que no sabía ir por el mundo.
Pero no quisiera entretenerle con cosas que no vienen al caso: vamos a lo que importa. A medida que pasaba el tiempo, se volvió más exigente: ya no se contentaba con la comida que le hacía, sino que me pedía platos más sofisticados; se quejaba porque, al limpiar, no quitaba hasta la última mota de polvo; etcétera. Fue necesario contratar a más personal, tanto por su bien como por el mío.
Antes de aceptar a cualquier persona, la sometía a alguna de sus pruebas. Vino una chica joven que quería ayudarme con las tareas de limpieza. Carlos le dijo que tendría que limpiar la casa durante una mañana para que pudiera ver su destreza. Fue a buscar un tarro agujereado a la cocina y lo abrió en una de las habitaciones: de su interior salió una polilla, algo confusa. Empezó a aletear y se perdió entre armarios y cajones. Carlos quería ver si esa chica mataba la polilla o la dejaba vivir. Imagino que acabó con ella, puesto que Carlos contrató a la muchacha.
A mí nunca me puso ninguna prueba por el estilo. La primera vez que me vio, me dijo: «Me recuerdas muchísimo a mi madre» y, desde entonces, me pedía mi opinión para todo lo que hacía. En algunas ocasiones, incluso me molestaba; me veía obligada a responderle: «Eso lo tienes que decidir tú, no yo.» Pero era incapaz de enfadarme con él, porque, aunque yo tuviera cincuenta años y él más de sesenta, lo veía como el mayor de mis hijos. Cuidar de alguien es muy gratificante, ¿sabe? Siempre que pueda valerme de mí misma, lo haré. Con una sola sonrisa, ya me siento pagada, aunque después también necesite cobrar para, en fin, sobrevivir.
3
¿Cuánto habría desde el segundo piso del chalé hasta el suelo? Cuando la policía llegó, Carlos ya se había tirado. Lo habían encontrado en una postura extraña, como si su intención no hubiera sido saltar, sino caminar sobre el aire. Bocabajo, con brazos y piernas extendidos, tenía la cara cubierta de sangre y no respiraba.
Luz era la única trabajadora que quedaba en la casa. Cuando los agentes llegaron, ella lloraba y temblaba. «Tenemos que llevarnos a Carlos a la comisaría, ¿puede pedirle que salga?» Y ella los observaba con la boca abierta, sin poder articular palabra: «Yo… yo… Carlos está muerto.» El cuerpo del anciano, delgadísimo, se hallaba sobre unos geranios de color rosa. Hicieron venir una ambulancia, pero no sirvió de nada. Lo cubrieron con una bolsa negra y se lo llevaron en silencio. Lo único estruendoso de aquella escena eran las luces de la ambulancia, que no habían dejado de encenderse y apagarse intermitentemente desde que el vehículo había llegado.
Los agentes tuvieron que hacer algunas preguntas a Luz. Estaba demasiado nerviosa como para responder. Le llevaron un vaso de agua fría. Ella había fijado la mirada en los geranios sobre los que se había precipitado Carlos: «No es posible que haya geranios, agentes, no es posible», repetía ella. «Se había deshecho de todos los geranios. No es posible…» Creyeron que deliraba, así que la llevaron en coche hasta su domicilio y le pidieron que se presentara a la comisaría a la mañana siguiente para seguir siendo interrogada.
Luz no pudo pegar ojo en toda la noche. Las pesadillas se le acumulaban como un catarro que va pegado a unas anginas. Primero, recordó a su difunto marido, que había hecho todo lo posible para que dejase de trabajar en casas de ricos buscando empleos que le permitieran mantener a toda la familia. Después, se le presentaron a la memoria algunas de las pocas conversaciones que había tenido con Carlos, como si su mayor interés fuera descubrir el motivo de su suicidio. Los geranios estaban por todos lados; inundaban su imaginación. A las cuatro de la madrugada, recordó que, en el patio interior de su piso, tenía un tiesto lleno de geranios; se levantó de la cama, lo cogió con los brazos y, haciendo un gran esfuerzo, lo bajó a la calle y lo dejó al lado de un contenedor. Les dirigió una última mirada, llena de miedo.
4
Las personas que trabajábamos al servicio de Carlos no teníamos ninguna queja. Nos pagaba a todos con una generosidad asombrosa. Se lo digo yo, agente, que he estado en decenas de casas de millonarios y nunca había visto que la cifra de mi libreta de ahorros creciese con tanta rapidez. Todos éramos amables con él porque queríamos que los salarios siguieran aumentando; así lo hicieron.
Éramos, en total, unos ocho trabajadores. La verdad es que el chalé no era tan complicado ni exigía tantos cuidados como para que todos estuviéramos allí, así que, a veces, para que Carlos no se diese cuenta de que las tareas de algunos eran innecesarias, nos veíamos obligados a hacer alguna travesura: rompíamos alguna ventana o estropeábamos el aire acondicionado. Hacíamos lo posible para seguir teniendo problemas que resolver.
Cuando llegó la Navidad, Carlos decidió organizar una cena para todos sus empleados. Nos encargó que fuésemos al supermercado y comprásemos lo más caro que hubiera en cada sección: ostras, jamón ibérico, champán, todo. Decoramos el salón del chalé con algunas guirlandas y con un árbol. No pusimos belén porque Carlos había dejado claro que no lo quería: «La figurita del bebé me deprime.» Pero, en definitiva, la ausencia del belén no se notó, porque la suplimos con lujos de todo tipo.
Durante esa cena, por primera vez, sentí que había algo raro en Carlos. Aunque al principio los trabajadores mantuvimos charlas entre nosotros, llegó un momento de la noche en que Carlos insistió en irnos haciendo preguntas, uno por uno, sobre nuestra vida personal. Primeramente, no me sorprendió que quisiera saber más sobre la gente que le rodeaba a diario, pero lo que me pareció sospechoso es que, si alguien le hacía una pregunta a él sobre su vida anterior a la jubilación, la esquivase como si tuviera algo que ocultar.
A partir de entonces, las muestras de cariño de Carlos se volvieron constantes. A veces, eran agradables; otras veces, uno no entendía su causa y resultaban incluso incómodas. Conmigo, como ya he dicho, tenía un trato distinto, porque me veía como su mamá. Alguna vez me pidió un abrazo y no me pude resistir a dárselo, aunque, cuando nos volvimos a separar, vi que había llorado sobre mi espalda y me quedé con las ganas de preguntarle qué le pasaba.
Si bien estábamos muy satisfechos con lo que cobrábamos, Carlos cada vez se volvió más rígido con los horarios que debíamos cumplir. Yo era quien pasaba más horas en la casa, pero, con el paso del tiempo, pidió a los demás trabajadores que hicieran algunas horas extras. La mayoría acabó currando tanto como yo. Lo peor era que, si alguien llegaba tarde o le pedía si podía salir una hora antes para ir al médico, se enfurecía como un gato al que han pisado la cola. Nunca le había visto así: mostraba los dientes y abría los ojos desorbitadamente.
La noche antes de que se suicidara, parecía una noche completamente corriente. Acabamos las tareas de limpieza, preparamos su cena y pasamos un rato haciéndole compañía porque decía que, desde el anochecer, tendía a sentirse triste. A las nueve, cuando uno de nosotros fue a abrir la puerta de la calle para salir, no pudo hacerlo. Regresó al salón para preguntar a Carlos qué ocurría. En presencia de todos, este le contestó: «Hoy he tomado una decisión. Querría que pasaseis todo el tiempo posible conmigo.» Sonó como una broma, sí, pero rápidamente comprendimos que no lo era, puesto que Carlos no tenía sentido del humor. Empezamos a darle motivos por los que tendría que dejarnos salir, por los que la decisión que había tomado era absurda, pero él no atendía a razones. Uno de los trabajadores más jóvenes le gritó que estaba harto de todo. Carlos se levantó y, al oído, le amenazó con arruinarle la vida. Sí, era un pobre ancianito; el joven podría haberlo tumbado con un solo bofetón, pero, cuando la ira le nublaba el pensamiento, sacaba de su interior todo el poder que había acumulado a lo largo de su vida.
Fueron pasando las horas. Tres de la madrugada. Todos estábamos muy crispados, pero la mayoría queríamos conservar nuestro trabajo, así que ni nos imaginábamos la posibilidad de salir del chalé por la fuerza. Intentamos convencer a quienes eran más reacios a seguir con su trabajo después de aquella experiencia: «¿Crees que encontrarás algo mejor pagado?» Eran fáciles de convencer.
Me llevé a Carlos a una sala aparte y le pedí que me escuchara. «No quieres hacer esto, no lo quieres hacer. Te traerá más problemas de los que imaginas. ¿No estábamos bien como hasta ahora?» Lentamente, comprendió el error que suponía su decisión. Propuso que nos dejaría salir con una condición: que no le denunciáramos. Todos asentimos. Mientras desalojábamos el chalé, Carlos, cabizbajo, hablaba para sí mismo.
A la mañana siguiente, solo yo me presenté a trabajar al chalé. Me preguntaba dónde estarían los demás empleados; quizá se habían tomado el día libre después de haber pasado una noche tan larga. En fin. Durante esas últimas horas, Carlos apenas salió de su cuarto para ir al baño. Hacia las ocho de la tarde, vi los faros de los coches de policía y oí algo pesado que caía en el jardín. Pese a todo, sonó como si una pluma cayera, ¿saben? Era tan delicado.

Joan Miró visto por Alexander Calder (1930)

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