miércoles, 17 de octubre de 2018

(Relato) Dos extranjeras en un hotel




Tuvieron que dejar las maletas en la consigna porque su habitación todavía no estaba lista. Eran muy jóvenes, vestían con elegancia y tenían el cabello largo. La más alta pidió al botones que tuviera mucho cuidado con su maleta: llevaba cosas de cristal dentro. El recepcionista las miraba de reojo, desde detrás de una barra, fingiendo que tecleaba en su ordenador. Parecía que no supieran exactamente qué hacían allí.
Una de las dos chicas, la que había pedido cuidado al botones, se acercó al recepcionista: «¿Me podrías decir a partir de qué hora podremos entrar en nuestra habitación?» Estaba claro que el español no era su lengua materna. Y, sin embargo, ¿de dónde provenía ese acento? Por unas inflexiones, se habría dicho que era francés. Por otras, que era alemán. El recepcionista se lavó las manos: «Se lo tendrían que preguntar al encargado que ha llevado sus maletas a la consigna.» «¿Estás seguro de que no tienes la información que necesitamos?», insistió ella, con una sonrisa. El recepcionista se encogía por segundos. Negó con la cabeza.
Las chicas se alejaron con la misma tranquilidad con que habían llegado. Salieron del hotel y volvieron al cabo de media hora, cuando ya anochecía. Les dieron la llave de su habitación. Entraban en el campo de visión del recepcionista, pero este se esforzaba por mostrarse indiferente: al fin y al cabo, estaba en sus horas de trabajo.
Afortunadamente, cogieron sus maletas con rapidez y se fueron a la habitación. El recepcionista dejó de pensar en ellas. Programó la llamada despertador para algunos clientes, organizó los alojamientos de otros. A través de la puerta giratoria del hall, el viento de una noche de sábado entraba y alcanzaba sus brazos.
«Perdone…», oyó delante de él. Alzó la cabeza, sorprendido. Era la otra chica, la que antes no le había dirigido la palabra. «Mi amiga y yo nos preguntábamos si sabrías de algún sitio al que pudiéramos ir a tomar una copa. No tenemos ni idea de qué hay en esta ciudad.» Un, dos, tres, cuatro, cinco segundos. El recepcionista mantuvo la mirada fija en la de la chica durante cinco segundos. Cinco segundos para decidirse: ¿comportarse con sensatez o arriesgarse? Antes de que se hubiera llegado a formular esa pregunta, ya sabía qué haría, qué pasaría.
Les mostró un mapa de la ciudad y, con un boli, marcó las discotecas y bares más frecuentados. «Es una lástima que nuestro hotel esté tan alejado de todo», añadió. «Además, no les recomiendo que anden solas por estas calles. Sería mejor que cogieran un taxi.» A una de las chicas se le iluminó la cara: «¿Y si nos acompañas?» «¿Cómo?» «Quiero decir… así no iríamos solas. No podemos permitirnos un taxi. En cambio, si vamos contigo, seguro que no nos pasa nada.» «Pero los taxis, en esta ciudad, son muy baratos.» «¿Tú crees?» Y solo veía la comisura de esos labios, retándole.
Un cuarto de hora más tarde, su jornada laboral había terminado y caminaba por las calles de Barcelona al lado de las dos extranjeras. Le contaron que no eran de ningún sitio. «Dijimos a nuestros padres que queríamos venir a aprender español, pero lo que de verdad nos interesaba era la fiesta.» El recepcionista reconocía en ellas a las típicas amigas jóvenes que imaginan Barcelona como una ciudad alocada: ninguna novedad. Y, no obstante, ¿qué notaba en ellas que fuese tan diferente al resto? En sus rostros, no parecía haber ni el más mínimo rastro de la candidez de los veinte años.
Bebieron en un bar hasta que empezaron a reír. Entonces supieron que ya habían bebido demasiado. Entraron en una discoteca a las dos de la madrugada. Las paredes del exterior vibraban con la música. Fueron a fumar a una terraza. El recepcionista, a ratos, no sabía dónde poner las manos; no se atrevía a mirar a las extranjeras. Las perdió de vista y, cuando las volvió a encontrar, un chico de su edad les acompañaba. Pensó en abandonarlas, pero luego creyó que no sería nada decoroso.
«¿Te estás divirtiendo?», le preguntaron. «Es que estoy muy cansado», se excusó, frotándose los ojos. La más atrevida de las dos era la más alta: no devoraba a los desconocidos con la mirada, sino con simples y recatados gestos. La gente se daba cuenta del poder de su carácter con tan solo observarla un instante.
«Ahora que ya vais acompañadas —les dijo— será mejor que me vaya a mi casa, ¿de acuerdo? Supongo que recordáis cómo volver al hotel.» «¡De ninguna manera, te tienes que venir con nosotras!», dijo la más tímida, en un arrebato. El recepcionista no sabía qué esperar de todo aquello, pero la intuición le dijo que una ocasión así no se repetiría. Se detuvo a mirar al chico de la discoteca: era simpático, abierto, resuelto; físicamente, atractivo; como todos los jóvenes estúpidos, tenía muchos temas de conversación pero no sabía nada ni sentía lo que decía.
Dejaron probar su cubata al chico. «¿Por qué a mí ni me han preguntado si querría probarlo?», se dijo el recepcionista, ya algo más mosqueado porque las chicas prestasen más atención al recién llegado que a él. Al cabo de un rato, el chico en cuestión empezó a encontrarse mal. Se tuvo que acostar en uno de los bancos que había al lado de la pista. Decía que la música le molestaba. Las chicas, gentilmente, lo acompañaron hasta la entrada y avisaron a un taxi para que se lo llevase de vuelta a su casa. El recepcionista callaba.
Salieron a fumar a la terraza de la discoteca. Había mucha gente, demasiada. Menuda lata de sardinas. Era una terraza descubierta: la luna llena se imponía en medio de la oscuridad, como un Dios que no pierde nada de vista. Al dar caladas a sus cigarrillos, las extranjeras brillaban, puesto que se movían con la lentitud del Hollywood clásico. Actuaban con delicadeza. Tenían todo su alrededor bajo control. El recepcionista sentía vagamente esa cualidad suya, la cualidad de quien maneja una marioneta.
Conocieron a una muchacha. Era nativa. El recepcionista les hacía de traductor cuando no sabían cómo se decía una palabra en español. Volvieron a la pista y bailaron con ella. «¿Podemos ir al baño?», dijo la extranjera más tímida. Y las tres se alejaron del recepcionista. Cuando regresaron, las dos extranjeras ya habían abandonado a la tercera; reían.
Las extranjeras no hablaban entre ellas. Tan solo, de vez en cuando, intercambiaban algún comentario entre susurros. Bailaban poco. Estaban demasiado entretenidas observando la gente que las rodeaba. Se acercaron a un hombre algo mayor, de unos treinta y cinco o cuarenta años. Le preguntaron si por casualidad tendría tabaco. El hombre no dudó en asentir; los cuatro se dirigieron de nuevo a la terraza, para fumar. El recepcionista no decía nada; se limitaba a dejar pasar el tiempo mientras sus nuevas amigas charlaban con ese señor. Cada vez parecían más entusiasmadas. Una de ellas rozó el brazo del hombre.
Llegaron al hotel cuando estaba amaneciendo. El recepcionista tenía un poco de miedo de que los demás trabajadores lo viesen merodeando con unas clientas por las instalaciones del hotel. Sin embargo, el efecto del alcohol aún era lo suficientemente fuerte como para que olvidase esos reparos.
El hombre los había acompañado hasta la entrada misma del hotel. Tan solo quería ser caballeroso; se veía de lejos. El recepcionista pensó que, antes de que las chicas entrasen en su habitación, se despedirían de él y de ese hombre, pero la hora del adiós no llegaba nunca. Travesaron el hall. El recepcionista se inquietaba. Esperaron al ascensor. No entendía nada.
Pulsaron el botón de la cuarta planta. Las puertas del ascensor se cerraron y se hizo un silencio quebradizo, un silencio que solo podía significar algo. La chica más alta se abalanzó sobre el recepcionista mientras que la otra se aproximaba con dulzura al hombre. Una vez llegaron a su planta, corrieron hasta la habitación, cogiéndose las manos, acariciándose. Entraron sin que nadie encendiese la luz.
El recepcionista, andando a tientas, topó con la cama matrimonial. Se dejó caer sobre esta; estaba rendido. La cabeza le daba vueltas. Cerró y abrió los ojos. A través de la ventana del cuarto, se veía cómo amanecía. Fue consciente de su juventud y de la belleza de su ciudad. Sus párpados fueron cayendo de nuevo y, antes de que se pudiera dar cuenta, se había dormido.
Un grito seco y firme le despertó. No sabía si habían pasado cinco minutos u ocho horas. Alzó la cabeza; seguía amaneciendo; apenas habrían transcurrido unos segundos desde que había caído dormido. A su lado, las extranjeras amordazaban al hombre. Le dieron una bofetada para que dejase de hacer ruido. Sonreían como si fuesen niñitas que asisten por primera vez a la matanza del cerdo.
«Oh, fíjate, se ha despertado», dijo una chica a la otra, mirando al recepcionista. «¿Podrías ayudarnos?» Él no sabía cómo responder; le faltaba el aire. ¿Sería eso una pesadilla? No, tocaba el edredón de la cama e, indudablemente, existía, era real. Su respiración acelerada era real, su mareo también lo era. También era real la lámpara con que la chica más tímida golpeó al hombre en la cabeza. La sangre manó de su frente como lágrimas que caen de los ojos. La cerámica de la lámpara quedó rasguñada.
Llevaron al hombre al baño, inconsciente, mientras el recepcionista lo observaba todo sin atreverse a dar un solo paso. Las chicas actuaban con decisión, como si lo tuvieran todo planeado. Metieron al hombre dentro de la bañera y le ataron de brazos y piernas. Llenaron la bañera de agua e introdujeron un secador en ella. La sangre de aquel hombre, ahora, se deshilachaba dentro del agua. ¿Quién le habría dicho, horas atrás, que aquella noche no volvería a su casa? El recepcionista se debatía entre la compasión y el terror, pero, en verdad, todos tenemos más de lobos que de santos, y él no sería menos. Su único pensamiento era salvar el pellejo.
Registró los pantalones de aquel hombre, en busca de su cartera. Encontró, dentro de esta, una tarjeta de crédito y varios billetes. Se guardó los billetes sin decir nada a las chicas y, después, les mostró la tarjeta. Encendieron un ordenador portátil y la usaron para hacer las compras más caras que podrían imaginarse. «Siento que estoy viviendo un sueño», dijo una de ellas, y, acto seguido, hundió la cabeza de aquel pobre desconocido en el agua.

Miquel Utrillo descansant, de Ramon Casas

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