sábado, 13 de octubre de 2018

(Nota) Notas 24, 25, 26, 27 y 28



24
Carlos Losilla, a propósito de Diario de un cura rural, de Robert Bresson, escribe: «He ahí … la trayectoria de alguien que no ha conocido la mano de nadie en forma de caricia y solo puede dedicar la suya a la escritura.» Y, a propósito de El reverendo, de Paul Schrader: «la escritura también puede conducir al deseo, la mano que traza signos a la mano que toca un rostro, los tormentos del espíritu a los apetitos del cuerpo.»
25
Desconfiar sería muy cómodo. No supondría ningún dolor. Sin embargo, quien desconfía hace un movimiento hacia adentro y los hombres solo nos conocemos abriéndonos a nuestro alrededor. Afortunada o desafortunadamente, somos sensibles; podemos ser tocados en nuestra apertura.
Desconfiar es un buen subterfugio para no afrontar la vida. Pero en seguida llega la noche y pocos cuerpos resisten la soledad en otoño. Los edredones no te cubren lo suficiente, por más gruesos que sean. Sientes la necesidad de un corazón que lata, de una respiración pausada.
26
Todas las artes consisten en dibujar y pintar. Dibujar consiste en trazar líneas: he aquí la técnica que hay en toda disciplina artística. Dibujar implica delimitar, estructurar; algunos han soñado con una obra de arte que se sostuviera sin la necesidad de ningún trazo en que se advirtiera la intervención humana, pero lo único que han encontrado es el fracaso. El primer paso para trascender es no pretender trascender, tener los pies en el suelo y comprender que hay cosas que los hombres pueden y cosas que no. Ahora bien: también es cierto que, para saber cuáles son nuestras posibilidades, debemos tocarlas con las manos, conducirnos hasta sus extremos.
Pintar es poner color. Pero, en verdad, el tipo de pintar al que me estoy refiriendo es simultáneo al dibujo. Pintar es desbordar las líneas trazadas. La pintura insufla alma a la obra. Existe una tensión entre la acción de dibujar y la de pintar; que una obra sea sublime no significa que haya superado esta tensión con éxito, sino que el artista que la ha creado la ha dejado en suspensión cuando ya le había dado la suficiente completitud. Nunca dejaré de preguntármelo: ¿en verdad, podemos decir que las obras de arte se terminan?
27
Lo es: es el cielo rosado del atardecer. Se presenta delante de mí y es generoso porque, al mostrarse, se da al mundo. Y se da a mis ojos; a mis labios; a mis dedos, que comprueban que sus pómulos, mejillas y barbilla, sí, están ahí. Y es generoso, pero lo que no dice es lo que yo ya sé: que el atardecer es corto y que este color tan bello desaparecerá antes que le haya hecho prometer. La promesa. Cualquier promesa. Prométeme lo más nimio, pero prométemelo. Y, no obstante, sé que no puedes prometerme nada, cielo, porque el futuro es en lo que menos piensas. Solo sonrío y te toco. Sonrío ante tu color rosa, sabiéndote muy finito, muy breve, como yo. Luego vendrá la noche y tú te irás. Y más tarde vendrá el día y yo me iré.
28
Hoy en día, es completamente cuestionable que solo el creador de una obra de arte intervenga en esta. Lentamente, también se vuelve dudoso que el receptor de una obra, a través de su mirada y pensamiento, sea lo único que consiga mantenerla con vida. Si entendemos las obras de arte como frutos, se abren nuevas posibilidades ante nosotros. Las obras de arte dicen cosas distintas a cada época. Un poco con independencia de que haya quien las contemple, maduran, cambian, se transforman en algo diferente a lo que sus creadores habrían previsto para ellas.


Obra de Henri Michaux

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