miércoles, 3 de octubre de 2018

(Microcuento) Casa de dos pisos con jardín y reja



En verano, me despertaba siempre con el mismo sonido: el canto de los vencejos, que sobrevolaban mi calle alegremente. Entonces subía la persiana de mi cuarto y los veía, con las alas extendidas, apresurados, recordando a aspas de ventilador. Los vencejos eran bonitos, pero prefería los animales lentos, esos que parecían reflexionar.
Una mañana de agosto, noté una sed descomunal. De hecho, por más que bebiera, no me saciaba. Tuve que echarme el agua sobre el cuerpo con tal de encontrar algo de calma. Ese mismo día, por la noche, un vencejo cayó en el patio interior de mi casa. Lo oí desplomarse, en silencio. Agitó las alas mientras se desplazaba por el suelo, intentando alzar el vuelo inútilmente.
Mamá lo cogió con las manos y dijo que era muy pequeño. El vencejo empezó a chillar como si estuviera sufriendo. Sus ojos eran los más negros que nunca he visto. «Para que tenga suficiente espacio para volar, tengo que lanzarlo desde un balcón», comentó mamá. Pero no quería que lo hiciera, porque esa idea podía acabar mal, con el vencejo cayendo al suelo y muriendo.
De hecho, sí, cayó al suelo. Mamá se había puesto delante de un balcón y lo había impulsado hacia el aire; el vencejo había tratado de aletear, pero había vuelto a caer al patio interior como si fuera un fardo pesado. No había muerto; todavía se arrastraba de acá para allá, intentando huir.
Le pedí a mamá que parase; si seguía lanzándolo al aire lo mataría. Se detuvo, ofendida por mi aprensión. Como que no sabía si debía llamar a la protectora de animales, me limité a quedarme al lado del vencejo, que se había dirigido al rincón más oscuro del patio.
No pude dormir durante toda la noche. Abrí la ventana de mi habitación, con la esperanza de que un poco de viento me ayudase a conciliar el sueño. Inútil. Me removía entre las sábanas como si fuesen cadenas. En cierto momento, observé mis propias manos y me di cuenta de que no tenían su tono habitual: en las uñas, en los puños, se habían vuelto suavemente verdes. Fui al baño a lavármelas. Todavía no podía comprender que lo que le pasaba a mi cuerpo no se detendría por más que lo limpiase con agua y jabón. Al cabo de dos días, me llevaría una sorpresa al comprobar que el cabello me empezaba a caer y que los pelos de todo mi cuerpo desaparecían y se convertían en una finísima capa con la misma textura que la hierba.
El vencejo se acostumbró a la vida en nuestro patio interior, aunque seguía, incansablemente, intentando volar. En un espacio tan pequeño como ese no lo conseguiría. Nosotros lo alimentábamos y procurábamos acariciarlo para que sintiera cierta proximidad. No necesitaba que nada le fuera próximo: solo quería escapar; se lo veíamos en la mirada, que dirigía al cielo como si este fuese el máximo objetivo al que aspirara.
Por mi parte, ocultaba por todos los medios posibles los nuevos colores de mi cuerpo. Mi piel mantenía su color rosado en algunas partes, como en mi cara o en el cuello, pero, en otras, como las manos o la espalda, se había vuelto de un verde turbio, como si toda la sangre de mi interior se hubiese convertido en un refresco de lima. Aunque pueda sonar incluso divertido, la situación me inquietaba. Empecé a ponerme gorras para ocultar mi calvicie y camisas de manga larga para que nadie notase ese nuevo color.
Llegó el día que mi madre se hartó de ver el vencejo dando vueltas por el patio. Lo cogió de nuevo, sin avisarme. Tan solo oí un golpe seco. Había vuelto a lanzarlo por el balcón, para ver si volaba. Y, como sería previsible, no voló; fue a caer dentro de una pequeña pecera. Se ahogó antes de que hubiéramos podido rescatarlo. El agua de la pecera era tan oscura que tardamos unos minutos en encontrar su diminuto cuerpo, ya apagado, ya alejado de esa fuerte voluntad de vivir. Lo tiramos a la basura.
Pero lo que me puso realmente nervioso ese día fue que mi madre empezase a mirarme de un modo raro, como si sospechara. A la hora de comer, me pidió que me levantase la camiseta; no paraba de preguntarme si me encontraba bien. Obedecí. La mueca que hizo no podía ser más elocuente; tocó mi torso, que se había convertido en un tronco esmeralda, y también tocó mis costillas, que habían empezado a desintegrarse. Algunas hojas brotaban de los poros de mi piel y, dentro de la boca, notaba la presión de una flor que quería nacer, ver el exterior.
Mamá compró una maceta y me dijo que me metiese dentro. Me recubrió de tierra y solo dejó mi cabeza al aire libre. No podía moverme. A los pocos días, cerré los ojos; cuando quise volver a abrirlos, ya no pude, puesto que se habían vuelto algo completamente distinto. Mi cabeza se fue deshaciendo y lo único que permaneció fue la flor que se desplegaba en mi boca: una magnolia. Mamá puso mi maceta en aquel rincón del patio en el que se había refugiado el vencejo. Con el paso del tiempo, dejó de hablarme. Me regaba a diario. Dulcemente, sustituyó las palabras por el agua.

Retrato de María Luisa Caze Mir, de Ramon Casas

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