jueves, 6 de septiembre de 2018

(Relato) Una gaviota y una paloma



1
Eleonor, el deseo no se apaga porque va de la mano de la vida. Cuando parece disiparse, lo que en realidad ocurre es que la muerte avanza. El deseo no tiene que ver ni con la juventud ni con la vejez. Creíste que, al crecer, podrías abandonar el placer como si nunca lo hubieses sentido. No se olvida tan rápidamente. A tus cuarenta años, el mundo espera que te comportes como él quiere. Pero sabes que nunca se te ha dado bien satisfacer a los demás, porque lo que tienes dentro es un gran vacío.
2
Papá me esperaba en la estación. Con su bastón, su boina, su anillo de casado, sus casi ochenta años. Quieto, dejó que me acercase hasta él con una sonrisa que le cruzaba la cara. Puse toda mi alma en el abrazo que nos dimos. Nos dirigimos a casa, caminando, a su paso, que es el paso de la brisa mediterránea.
En el salón, mamá me esperaba. Estaba sentada, intentando coser, aunque los nervios no se lo permitían. Al verme entrar, se me echó encima y empezó a hacerme preguntas: ¿cómo me iba el trabajo? ¿Y cómo comía? ¿Y con quién me trataba? No me atreví a decirle que le respondería en el momento adecuado, que estaba cansada; al fin y al cabo, era culpa mía que no hubiese visto a mis padres en cinco años. Aún me acordaba del día que me había mudado a una ciudad lejana, diez años antes. Les había prometido que les iría a ver cada verano y cada invierno. En un principio, fue fácil mantener la promesa. Después, con la excusa de que el billete de tren se había encarecido, dejé de ir con constancia. Finalmente, dejé de ir.
Me gustó que hubieran conservado mi habitación tal como yo la había dejado. Los mismos cojines, la misma funda de la cama, los mismos libros en las estanterías e incluso los mismos bolis en el cubo del escritorio. Cierta luz amarillenta entraba en el cuarto a través de las rendijas de la persiana; algunos muebles quedaban sumidos en la oscuridad; todo se organizaba para darme la sensación de que había vuelto al pasado, de que estaba ojeando un álbum de fotos muy antiguo.
A la hora de la cena, mamá me anunció: «Tu primo y su pareja vendrán de visita mañana mismo. También están de vacaciones. Quizá pasen aquí una semana. No te había dicho nada hasta ahora porque no era seguro.» La miré fijamente. Mi primo. ¿Cómo era mi primo? El recuerdo que guardaba de él era borroso, aunque había pasado casi toda mi infancia en su compañía, jugando a princesas, dragones y castillos.
Por la noche, en la cama, no pude pegar ojo. Me había tomado un café a las seis de la tarde. Los pensamientos me iban a cien por hora. Di varias vueltas a la almohada. Me puse los brazos sobre la cara. No había forma. A las tres o cuatro, conseguí dormirme, pero el despertador sonó al cabo de dos horas y solo pude exclamar: «¡Joder!»
Mi primo y su novia llegaron por el mediodía. Primero salió ella del coche. Se podía ver de lejos que tenía buen corazón: no me fiaría ni un pelo. Después, salió él. La década que había pasado desde la última vez que lo había visto no lo había cambiado. Todo lo que había distinto en él era insignificante. Sí, ahora tenía algunas canas y su piel parecía más flácida, pero seguía vistiendo unos tejanos estrechos, algo embrutecidos, que reseguían la forma de sus piernas h-asta el cinturón.
Me observó durante tres segundos. No dijo nada. Saludó a mi madre y, seguidamente, fue a abrir el maletero para sacar todo lo que llevaban. Su novia corrió a presentarse; me dio dos besos muy cálidos, aunque eran ese tipo de besos que no son besos, esos besos en que los labios no tocan la mejilla, sino que una mejilla choca contra otra mejilla como una piedra contra un muro. Le di la bienvenida y le pedí que se sintiera como en casa.
¿Por qué mi primo ni me había dirigido la palabra? ¡Qué desagradable! Después de que me ignorase, me había vuelto hacia mi madre y ella, mirándome con lástima, se había encogido de hombros, como si tampoco entendiera nada. A la hora de merendar, siguió mostrándose hostil conmigo. Algunos dirían que su trato no era hostil, sino indiferente, pero no podía concebir que alguien con quien había pasado momentos tan felices de mi infancia ahora me viese como una desconocida.
A la hora de cenar, mamá me pidió que pusiera la mesa. Los cubiertos de mi primo se me cayeron al suelo. También se me cayó su servilleta. Accidentalmente la pisé. Mientras comíamos, sonreía levemente. «¿Cómo es que estás tan contenta?», me preguntó mi madre. «¿Has visto las flores que he puesto como centro de mesa?», le respondí; eran un par de dalias preciosas.
Anocheció lentamente, como si el sol temiese que, si se iba, no podría volver. Antes de que todos nos fuéramos a la cama, papá sugirió que diésemos una vuelta alrededor de la casa. Me sentía bastante fatigada, así que decliné la oferta y me fui a mi habitación. Desde mi ventana, les oía hablar en el exterior. En cierto momento, mamá se puso a gritar de alegría: mi primo le acababa de anunciar que él y su novia se casarían dentro de medio año.
Me pasé toda la mañana siguiente limpiando la biblioteca familiar. Era una sala estrecha, muy lúgubre. Allí, siendo adolescente, había descubierto a los novelistas rusos. Allí, mi corazón había latido. Maldecía a mis padres porque no le hubieran quitado el polvo durante todo el tiempo que había pasado fuera. Las termitas se habían montado un festín y algunas estanterías amenazaban con caerse. Reordené los libros. Decidí que, cuando volviera a mi ciudad, me llevaría conmigo algunos tomos.
Mi primo vino a anunciarme que la comida estaba lista. Habló con rapidez. Antes de que se fuera, me apresuré a llamarle por su nombre. «¿Qué ocurre?», respondió. «¿Tienes algún problema conmigo?» «No, ¿por qué?» «Por nada.» Me quedé pensativa.
Su voz no era la misma que cuando era un niño, claro, pero conservaba la misma cadencia. Nunca lo había visto alterarse. Siempre hablaba como si en su interior todo fuera bien. Quizá era esa serenidad, tan impropia de un chaval, lo que había hecho que me enamorase de él a los diez o doce años. Fue una suerte que los estudios nos separasen; me acuerdo de cuánto había sufrido al verle con otras chicas.
Pero el recuerdo más dulce que guardaba de él, sin duda, era el de las travesuras que compartíamos. Nunca han sido vistas dos personas con una mayor complicidad. Despertábamos a mamá de la siesta a gritos, llamábamos a los timbres de los vecinos… Incluso habíamos estrellado los huevos de un nido que había caído de un árbol. Éramos malos. La maldad de los niños es clara. En el mundo adulto, en cambio, se pasa de una aparente ausencia de maldad a la crueldad más inesperada.
Por la noche, después de cenar, todos sentimos que era un buen momento para jugar a las cartas. Recogimos la mesa rápidamente y estuvimos riendo y compitiendo hasta la medianoche. Entonces, mis padres se fueron a la cama, mientras que mi primo, su pareja y yo nos quedamos charlando en el salón. El sofá era lo suficientemente grande como para que los tres estuviéramos en él. Sin embargo, lo notaba demasiado mullido, así que fui a sentarme en una butaca.
Hablamos de sus planes de futuro, del trabajo de ella, de lo ajetreada que era la vida en la ciudad en que vivían. La conversación acabó virando hacia los recuerdos entre mi primo y yo, no sé cómo. Él describía una impresión que le había quedado grabada nítidamente en la memoria: los dos bañándonos en un río próximo a la casa de mis padres. Sugerí que fuésemos el día siguiente al río, a ver si seguía en el mismo estado en que lo habíamos dejado. Era un río de agua cristalina; la luz del día lo convertía en pura plata.
La novia de mi primo dijo que se iría ya a la cama porque estaba agotada. «Sí, ya deberíamos acostarnos; es tarde», confirmó él. «No, no, vosotros dos quedaros. Después de tantos años sin saber el uno del otro, supongo que tendréis mucho que contaros.» Y mi primo quiso contradecirla, pero no encontró el modo de hacerlo. Una vez ella se hubo retirado, pasamos un rato en silencio. La lámpara del salón atraía algunas polillas; era hermoso contemplar su vuelo. Las ventanas estaban abiertas, así que oíamos los grillos de fuera. Me comentó que no estaba seguro de estar siguiendo el rumbo que quería, que las expectativas que tenía de joven le perseguían en sueños. «No sabes cuánto te comprendo», le contestaba. Las palabras se fueron hilando, hasta que empezaron a deshilacharse, hasta que se perdieron. Una abeja se posó sobre mi brazo y amenazó con picarme. «No te muevas», susurró. Después, cada uno se fue a su cama.
Me levanté antes que nadie. Me gustaba ver nacer el día. Desde una de las ventanas de la cocina, se veía el jardín de la casa. Mientras daba cuenta de mis tostadas con mermelada, disfrutaba del paisaje. Una paloma. Había venido a descansar sobre la fuente del jardín; bebía de un charco de agua. Una gaviota se paró a su lado. Empezó a empujarla. Luego la cogió con el pico y, mientras esta aleteaba intentando escapar, la otra la sacudía para darle muerte.
Me pregunté si debía abrir la ventana y tirar una piedra a la gaviota. ¿Y si se enfadaba y venía hacia la ventana? Decían que las gaviotas estaban locas. Así, no me moví de mi sitio. Mamá, a media mañana, salió a regar el jardín y se encontró algunos pedazos de paloma y algunas plumas esparcidos por todo el lugar.
«Lo siento mucho, pero me han llamado del trabajo y debo irme», dije a mis padres. Hice mi maleta. Mi tren salía a las once de la noche. Durante todo el día, me dediqué a pasear por las calles y las plazas que me habían visto crecer. Los pocos vecinos que me reconocían me saludaban efusivamente, como si hubieran reencontrado un objeto perdido. Por la tarde, dije a mamá que pidiese disculpas a mi primo y a su novia porque no me despidiese de ellos: «Coméntales que, en el futuro, ya quedaremos algún día para ir todos juntos al río.»
Meses más tarde, el nacimiento de mi hijo fue una buena excusa para que mis padres vinieran a visitarme. Toda la familia afirmó que, en los tiempos que corren, una madre soltera puede con todo. Nadie hizo preguntas. Sea como fuere, acabé encontrando a un hombre con el que las horas pasaban rápido y que se llevaba bien con mi niño. «¡Mis hombres!», exclamaba, cuando los veía juntos.
S’Agaró, 2 de septiembre de 2018

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