jueves, 20 de septiembre de 2018

(Relato) El cansancio del agua



Me gustaba ir a la piscina a las ocho de la tarde, cuando ya no había casi nadie. El agua me sabía a agotamiento: ¿era por mi ánimo o porque, a lo largo del día, tanta gente había nadado en ella que ya se había ensuciado? Cuando atardecía, la luz entraba oblicuamente por unos cristales; penetraba en el agua como si quisiera darle calor, bondad.
Me sumergí durante diez segundos. No pude más; la boca se me abría. Salí a la superficie. Dirigí la mirada hacia un ventanal que daba a la calle y vi a un hombre que, desde el otro lado, me observaba. Tendría entre treinta y cuarenta años, era calvo y su mirada habría hecho enmudecer a cualquiera. No despegaba los ojos de mí; volví a sumergirme. Aunque lo que más me gustaba era nadar a espalda, no quería que me viese la cara, así que me mantuve debajo del agua tanto como pude. Cuando salí, estaba algo mareado.
Dentro del agua, me parecía oír algo muy profundo, como el tiempo. Los tímpanos me dolían, la visión se me cubría de azul y todo yo flotaba como si alguien me impidiera llegar al fondo. Aunque nadaba con intensidad, a veces me gustaba detenerme y quedarme suspendido, como si en lugar de estar en el agua estuviese en el aire y hubiese llegado el momento en que unos ángeles me elevarían hasta lo que hay más allá de la tierra.
Habría dejado de pensar en el hombre que me observaba si no lo hubiera visto los días siguientes. Siempre estaba detrás de la misma ventana. La mayoría de veces lo descubría mirándome con una fruición extraña, como si intentase averiguar el significado de cada uno de mis movimientos. Pensé en avisar a los encargados de la piscina, pero al final preferí no preocuparlos porque, a todas luces, ese tío era inofensivo.
Una vez, lo encontré en los vestuarios. Se estaba desvistiendo. No dijo nada. Fui a la parte más alejada de donde él estaba y me di prisa. Sentía sus ojos pegados a mi nuca. Temblaba un poco. Me giré hacia él, con el ceño fruncido, como diciendo: «¡basta!», pero entonces me di cuenta de que no me observaba, sino que estaba perfectamente metido en sus asuntos. Me pregunté si todo lo que había notado hasta entonces no habrían sido alucinaciones mías; quizá el cloro me había sentado mal. Acabé de recoger y me fui a casa todavía con cierta angustia en el pecho.
Seguí coincidiendo con él en los vestuarios. Creí que lo más conveniente sería cambiar de horario: iría a la piscina una hora antes de lo habitual. No sirvió de nada, puesto que dedujo de alguna forma lo que pretendía hacer y él también cambió su horario. No decía nada. Tampoco me miraba. Sencillamente, se ponía en algún punto discreto de los vestuarios y se preparaba con gran parsimonia. Siempre era yo el primero en abandonar el lugar; él debía demorarse expresamente hasta que me fuera. Pero todo esto son mis suposiciones, ya que nunca averigüé su verdadera intención.
El día que, de nuevo, me di cuenta de que me observaba, me volví hacia él y le dije: «¿Tienes algún problema?» Negó con la cabeza, algo asustado. «Entonces, ¿por qué siempre vienes a la misma hora que yo? ¿Y por qué me miras de ese modo?» Puede que esas preguntas denotaran una excesiva confianza, pero había pasado tanto tiempo en la proximidad de aquel hombre que, aunque nunca hubiéramos hablado, creía que ya podía tratarlo como a un conocido.
«Nadas muy bien, ¿sabes?», dijo. Su respuesta me descolocó. Habría esperado, por ejemplo, que me dijese algo como: «¿quién te crees que eres para hacerme esas preguntas?» o «estás mal de la cabeza, chaval», pero no eso. ¿Y si solo era un pobre loco? Le contesté: «No me has respondido.» «Te miro porque me recuerdas a una chica que conocí en esta misma piscina hace cinco años. Cuando te vi por primera vez por la ventana de la calle, dudé de si eras ella o no, pero tu bañador me dejó claro que eras un muchacho. Tu forma de nadar era tan parecida a la suya que no podía creérmelo. Decidí volver a apuntarme a la piscina y venir cada día solo para tenerte un poco más cerca. Pero nunca he pensado en hacerte nada malo, ¿eh? Ni en decirte nada. Solo quería mirarte y recordar.» «¿No has pensado que quizá yo no me sienta cómodo con ello?» «Solo son miradas. Y son miradas inocentes. ¿Qué daño podría hacerte? Ninguno. Lo que viví con esa chica fue intenso.» «Eso no me interesa, señor.» «Tenía treinta años, vivía en pareja… ¿pero qué importan todas esas circunstancias cuando una cara nos llama la atención? Uno deja que las cosas pasen, porque el instinto manda, porque algo más fuerte que la estabilidad del día a día, la felicidad conseguida, se lo manda. Y, al final, recibí el castigo que merecía por haberme comportado como un animal, sin razonar, sin preocuparme por mis seres queridos. Ella desapareció y yo me quedé con las manos vacías, sin lo que me podría haber dado, sin lo que tenía antes. Sentí que me habían robado, pero en seguida supe que el error solo había sido mío.» ¿Me debía creer su historia? Habría querido irme. Cada pocos segundos, echaba un vistazo a mi reloj de pulsera y esperaba que, con ese gesto, se diese cuenta de que tenía prisa; ni se inmutó; siguió hablándome de su pasado como si en realidad no estuviera allí.
«¿Te puedo pedir algo?», dijo al fin. «Adelante.» «¿Podría nadar detrás de ti?» Me quedé en silencio. Le podría haber dicho que sí sin problema, aunque, al mismo tiempo, lo que me proponía sonaba tan raro que le habría exigido que me dejara en paz y no volviera a acercárseme nunca más. «Bueno», acabé resolviendo, «haz lo que quieras, pero no me hables de nuevo, ¿de acuerdo? Siento sonar agresivo, pero vengo a la piscina a entrenarme, no a charlar.»
Desde entonces, cada día le veía aparecer a la misma hora que yo. Nos desvestíamos al mismo tiempo, en la distancia, y luego entrábamos en la piscina con una diferencia de quince o veinte segundos. Siempre le encontraba nadando detrás de mí. Aprendí a ignorar su presencia. No fue difícil. El ruido del agua era absorbente. Así pasó una semana, dos, tres. En alguna ocasión, incluso olvidaba la frialdad que le había pedido y le saludaba.
En las duchas, se quitaba el bañador. De reojo, me fijaba en su cuerpo. Tenía buena planta. El agua caía por su espalda como por una cascada, sin detenerse, jovialmente. A medida que transcurrían los minutos, el agua de las duchas pasaba de una temperatura bastante baja a una altísima. Todo se llenaba de vaho. Y, en una de estas ocasiones, lo perdí de vista. No estaba debajo de la alcachofa. En su lugar, había una gran nube blanca que no se dispersaba, sino que se concentraba bajo el agua como si su efecto le aliviase. Me acerqué a aquella nube y pasé una mano a través de ella; se empezó a disolver. Era puro vapor: los dedos me quedaron cubiertos por una capa finísima, brillante. Seguí acercándome a la nube hasta que me cubrió por entero. La notaba por debajo de mis brazos, de mis piernas. Rozó mis tobillos, mis codos, cada pliegue de la piel y cada giro de mis extremidades. Llegaba a mi cabello y lo acariciaba suavemente, como muchos años antes habría hecho mi madre antes de acostarme. Y, mientras el vapor me cercaba, mientras el agua rebotaba en mi piel o se deslizaba hasta el suelo, cerraba los ojos, me dejaba poseer, no pensaba en nada, me creía unido a todo aquello como la tierra se une con el aire y el agua. No vi de nuevo a aquel hombre. Con el tiempo, dejé de ir a la piscina y busqué un nuevo deporte. Se me ocurrió salir a correr. En ocasiones, me daba la vuelta, puesto que notaba unos ojos, un deseo sobre mí.
Foto tomada el cuatro de septiembre de 2018

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