sábado, 15 de septiembre de 2018

(Nota) Sobre la exposición «Col·lecció Bassat. Escultures 1911-1989», en Nau Gaudí



Al nombre de esta exposición se le puede agradecer la claridad. Realmente, es preferible encontrarse con un título así, que llame la cosa por su nombre, que un título que induzca a confusión o que resulte engañoso.

Encuentro, en la exposición, dos esculturas de Pablo Gargallo que dejarían atónito a cualquiera: Urano, por su tensión despampanante, y Hommage à Chagall, por la fuerza que su estilo cobra en cada rasgo de la cara del modelo. Sí, el estilo es de una intensidad deslumbrante; quizá por eso su nombre despunta en el listado de escultores de la exposición y sus obras confirman esa posición destacada. Segadora también es una escultura sugerente; el reposo de la modelo se funde con el anonimato que le concede el sombrero que lleva, como si el mejor remedio para las identidades monolíticas fuese el sueño. También hay una obra de Chillida que, simplemente, me parece rara y otra de Oteiza que me deja frío. El Romeo y Julieta de Miguel Ortiz Berrocal une lo sublime con lo picante, unas figuras doradas y lujosas con una postura fatídica. También hay una escultura de un tal Konietzny —que no me sonaba de nada y que, después de haberlo buscado en Internet sin éxito, parece ser un perfecto desconocido— que acoge al espectador en su sencillez, en su sinceridad. La obra de Konietzny no tiene título, es de 1964, y muestra a una mujer de cuerpo estilizado tocando un arpa; el instrumento no tiene cuerdas, lo que todavía acentúa más el silencio propio de las esculturas; un silencio que, no sé por qué, se me antoja rotundamente diferente al de las pinturas.


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