miércoles, 26 de septiembre de 2018

(Microcuento) Ron




Me volví hacia el reloj del salón: faltaban cinco minutos para las once. Mis amigos iban a pasar por delante de casa a buscarme. Era la primera noche de la fiesta mayor. Cada año, la misma noche se repetía al detalle: fuegos artificiales, un par de conciertos y una fiesta de la espuma. Y, por más que se repitiera siempre igual, la esperaba con ganas.
Había escondido en el cajón de la ropa interior una bolsa con ron y Coca-Cola. La cogería el segundo antes de salir por la puerta. ¿Qué habrían dicho mis padres si me hubieran visto con alcohol? Quizá me habrían castigado. Quizá habrían reíd… No, me habrían castigado.
Mis amigos fueron poco puntuales. Llamaron al timbre dos veces seguidas, haciéndose los graciosos. ¿Irían ya bebidos? Con tal de que mis padres no los vieran, bajé las persianas antes de salir. Me despedí de ellos. «No hagas locuras, ¿de acuerdo?», me dijeron. Asentí con la cabeza y me fui.
Recorrimos las calles de la ciudad como fantasmas alegres. El corazón me latía rápido porque sabía que, en los conciertos, lo encontraría. No podía parar de tocarme el cabello. ¿Dónde poner las manos? Me las llevaba a la espalda, las ponía en los bolsillos de los pantalones, me cruzaba de brazos.
En una esquina oscura, mezclamos los licores que teníamos con Coca-Cola, Fanta, etcétera. Parecíamos alquimistas; convertíamos unos líquidos baratos en una diversión que —supuestamente— nos duraría toda la noche. «Pon más vodka allí», «en esa botella falta ginebra»…  No tardamos demasiado. Abandonamos las botellas de cristal al lado de un contenedor y nos fuimos solo con las de plástico.
Unos minutos más tarde, bailábamos cerca de un escenario. La gente caminaba a nuestro alrededor despreocupadamente, dándose golpes y riendo. Un chico se había quitado la camiseta y dejaba que, con una cera negra, le apuntasen un número de teléfono sobre el pecho; seguramente era un número falso. Había quienes movían las caderas y quienes movían el culo; había quienes, inmóviles como cañas de bambú, esperaban.
Y allí estaba el chico. Y me miraba. Sí, me miraba. Pero, a la vez, no parecía ver nada. Me miraba con familiaridad, pero no traspasaba la pared de lo visual; se quedaba allí, pasmado, con sus ojos fijos en los míos, pensando en poca cosa y sin los grandes proyectos que yo ya había soñado para los dos. Me di cuenta de todo ello y noté mi propia estupidez. Me dirigí al lado opuesto de la pista.
Una amiga me seguía. Me dijo: «¿Estás bien?» «Quiero irme a casa.» «Pero, cariño, la noche acaba de empezar.» Y ese hecho, constatado así, pareció una imposición. La noche acaba de empezar, punto. Ancla tu alma en el suelo y muévete con tal de cansarte, dejar de preocuparte, olvidarte de este cuerpo al que estás condenada y que es lo único con lo que concibes la vida. Sigue bebiendo ron, ron cola, ron; pide a los demás que te dejen probar sus cubatas; que ninguna bebida se acabe sin que antes haya pasado por tus labios; con tal de salir del mundo, todo es válido; este deseo no se apaga, sino que dura como duran el sol y la luna.
Dejé de tomar decisiones, de tener ideas. Si usaba las palabras era para decir algo absurdo. Solo intentaba reconocer la música que sonaba y armonizar con ella; cada personita que había ante el escenario era una estrella perteneciente a un conjunto mayor. Pero esas mismas estrellas, sin euforia ni luces de colores, habrían parecido piedras colocadas al azar sobre un camino.
Conocí a un muchacho tímido, aunque simpático. Seguramente tenía buen corazón. Hablaba con él siempre que el volumen de los altavoces me permitía entenderlo. Pasaron las horas y acabó sugiriéndome que fuésemos a un solar cercano a la playa: «Desde allí podremos ver la salida del sol.» Tuvimos que cruzar aparcamientos, bancos y árboles antes de llegar allí. Los amigos del chico se habían reunido con él; eran unos siete. Y todos se quedaron de pie mientras el chico me decía lo siguiente: «Ponte de rodillas.» Y, después de obedecer, tuve que ponerme a cuatro patas. Miraba hacia delante, hacia la arena de la playa, mientras, detrás de mí, se armaba un alboroto. Forcejearon con mis piernas, colocaron sus manos sobre mi cintura. Agradecí que ninguno se atreviera a ponerse ante mis ojos, ya que no habría sabido cómo mirarle. Y todo lo que pasaba no dolía, pero parecía que ya formase parte del pasado. Y todo lo notaba, aunque, si me concentraba, podía ignorar realmente que estaba allí.
No he olvidado la imagen del mar durante ese amanecer. Embravecido, noble, me miraba como quien clama por venganza. Los sonidos de las olas me calmaban; solo con oírlos, me alcanzaba la pureza de su sal, de su renovación constante sobre la orilla y las rocas.

Estudio del mar (1904), de Joaquín Sorolla

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