miércoles, 12 de septiembre de 2018

(Microcuento) La voz, el aire y el dominio



Creía que conocía palmo a palmo todo el jardín de mi casa, pero lo que oí esa noche me dejó desconcertado. Hacía un rato que había cenado, no echaban nada bueno en la tele y ya pensaba en ir a acostarme. Salí al jardín solo para que me diese un poco el aire; era una de esas noches de finales de junio que, sin que haga demasiado calor, sin que haya nada de ruido, molestan profundamente y uno no sabe por qué.
Hacía meses que no fumaba; un solo cigarrillo no podría hacerme ningún daño, así que lo encendí. Mientras lo saboreaba, llegó a mis oídos una voz quebradiza, aguda, que se perdía en la oscuridad del jardín. Mi primera reacción fue asustarme, por supuesto, pero, una vez me hube acostumbrado a escucharla, me limité a disfrutar. De la misma manera que las estrellas guardaban un orden harmonioso en el cielo, esta voz lo tenía en la tierra. Cantaba. No sé exactamente qué cantaba, pero el hecho de que fuera repitiendo la misma melodía y que no variase ni una nota me invitaba a elucubrar: ¿y si lo que escuchaba era un disco que un vecino había puesto en bucle? No, era imposible: el vecino que vivía más cerca lo hacía a unos cincuenta metros; si se hubiera puesto música, no habría llegado hasta mi vivienda.
Encendí la luz del jardín. Aún no había descartado la posibilidad de que hubiese una mujer real que se hubiera escondido en mi jardín. No vi nada. Los geranios, la menta, los don juan de noche; plantas y flores permanecían en el mismo estado de siempre. Con una mirada escrutadora, me puse a pasear por todo el lugar, pero no encontré ni el rastro de nadie. Volví a apagar la luz y, a los pocos segundos, la voz regresó; no pude contener una leve sonrisa.
Las noches siguientes, a la misma hora, salí al jardín como quien va a un concierto con puntualidad para escoger un buen sitio. La verdad es que no me importaba demasiado de dónde viniera la voz, a quién perteneciera, qué cantara. Con poder gozar de ella ya me sentía satisfecho. Algunas veces le hablé: «¿Estás ahí?» Y, entonces, pareció dudar durante unos segundos entre seguir con su canto o callar, pero siempre acababa reemprendiéndolo, como ejercitándose para alcanzar la perfección.
No podía desaprovecharla. Cuando hizo una semana de la primera noche en que la había escuchado, cogí mi móvil e intenté grabarla. Como si notase mis intenciones, su canto se detuvo. «¿Hola?», dije yo. Nadie respondió. Sin embargo, en esta ocasión, lo distinto fue que, aunque fueron pasando los minutos, la voz no volvió a sonar. Seguí saliendo al jardín cada noche, religiosamente, hasta que terminó el verano. Algunas veces, imitaba su canto con susurros, como si así fuese a recuperarla.
Foto tomada el 9 de septiembre de 2018

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