lunes, 9 de abril de 2018

(Diario) 9 de abril de 2018



Eran las ocho de la tarde y acabábamos de salir de los cines Renoir Floridablanca. Aún azorados por la película que habíamos visto, no sabíamos si echarnos a andar hacia la derecha o hacia la izquierda, pero, sea como sea, lo hicimos en la dirección equivocada. Empezamos a recorrer calles de Sant Antoni que nunca antes había visto. «Me encantaría vivir en uno de estos bloques de pisos», dije a Abril, señalándole uno modernista. Ella no dio importancia a mi comentario; no respondió. El silencio que se extendió entre los dos no me preocupó, porque era un silencio de tarde de domingo.
Cuando llegamos a Plaça Universitat, la visión del cielo cubierto de nubes grises se me impuso. Parecía que fuera a llover, pero me habría atrevido a decir que aquello tan solo era una amenaza atmosférica, una bromita que nos jugaba el tiempo para que saliéramos de casa con paraguas.
El cielo, luminoso a pesar de todo, acogía en su falsa la fachada de mi facultad. Presidida por dos torres, de estilo neogótico, asustaba a los turistas y llamaba la atención a los nativos. La facultad de filología de la UB era como el recorte de una revista historiográfica pegado en un collage en que convive con recortes de Vogue, Harper Bazaar, Vanity Fair… Los domingos, la facultad estaba cerrada y presentaba un aspecto tan tranquilo que incluso diríamos que le restaba excentricidad. No dejaba de ser imponente por ello, desde luego.
Me despedí de Abril en la boca de metro del centro de Plaça Universitat. Nos dimos un rápido abrazo y corrí a coger el autobús. La había notado algo extraña durante todas las horas que habíamos pasado juntos.

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