lunes, 24 de septiembre de 2018

(Diario) 24 de septiembre de 2018





Festivo. Voy a la piscina a las ocho de la mañana, pero encuentro cuatro cinco ancianos en cada carril; nado un poco y salgo en menos de cinco minutos, puesto que es asfixiante. Leo durante toda la mañana. Como en casa de mi abuela materna; la veo radiante, como siempre; mi abuelo habla conmigo más de lo habitual, pero no me mira a los ojos, como si en realidad lo hiciera para confesarse. Por la tarde, sigo leyendo. Ceno pronto.
Salgo para Barcelona hacia las ocho: he quedado con Abril para ir a ver el Piromusical. Noto que nuevos lazos, más fuertes que nunca, me unen a ella; lo noto en nuestra conversación, que vuelve a ser tan fértil y agradable como antes. El Piromusical es arquitectura imposible; los hombres quisiéramos estallar en el cielo como lo hace esta pirotecnia y por eso la miramos embobados. Cuando ves el Piromusical, todos los fuegos artificiales tradicionales —es decir, sin música de ningún tipo— te parecen insulsos; es como el paso del cine sordo al sonoro. A las once y cuarto, ya estoy tomando el tren de vuelta a Mataró; la estación de Sants está a reventar.

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