domingo, 16 de septiembre de 2018

(Diario) 16 de septiembre de 2018



Ayer salí de fiesta con Paula y Maria. Fue una noche bastante desafortunada. Primero, fuimos a nuestro bar, el Serengeti: allí bebí una Heineken, un gin tonic, un vodka lima y un chupito de Jäger. Después, fuimos al Innobar, donde pedí cuatro o cinco chupitos. Finalmente, entramos en Clap, donde no recuerdo qué pedí de consumición. Hacia las tres, empecé a enfadarme conmigo mismo. Decidí irme; no avisé a nadie y me fui a casa andando. Me eché sobre la cama con la ropa de calle, rendido. Se ve que dejé la luz encendida y tuvo que apagarla mi padre. He dormido hasta las siete de la tarde. Resaca descomunal. Dolor de cabeza, de barriga. Arcadas. Solo como un plato de arroz con aceite. Todo esto tiene que terminar. Cuando bebo, me convierto en un personaje deplorable. No sé qué he intentado conseguir con el alcohol. Me he puesto el alcohol como meta, puesto que me cuesta más que nunca encontrar objetivos por los que seguir adelante. Mis padres me han echado la bronca; no lo hacían desde tiempo ha. No les falta razón. Escritura, ¿hay, en ti, las respuestas que ando buscando? Debo dejar de dar tumbos de acá para allá. Me hace falta recuperar un yo sincero, amable, bondadoso, para seguir de pie.

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