domingo, 9 de septiembre de 2018

(Crónica) Un día entre el Museu d’Art Contemporani de Barcelona y el Museu Nacional d’Art de Catalunya



Al final de esta crónica, no presentaré ninguna tesis. La razón de esto es que la tesis ya la tengo grabada en la cabeza casi a fuego desde antes de que empiece el día en que baso este texto: la tesis en cuestión es que el Museu Nacional d’Art de Catalunya (MNAC) goza de una mayor salud que el Museu d’Art Contemporani de Barcelona (MACBA) pese al origen dispar de las obras de su colección y el desconocimiento de su existencia por parte de muchos ciudadanos. ¿Qué me permite hacer una afirmación por el estilo si ni siquiera he estudiado Historia del Arte? La simple observación de los hechos. Si a alguien no le parece suficiente, que se ponga hojas ahí.
Salgo de mi casita a las doce y pico, de manera que, más que un día entre dos museos, debería hablar de medio día entre dos museos. ¿Qué le vamos a hacer? Es sábado. Salir de casa pronto un sábado debería ser delito. Cojo el autobús hacia Barcelona. Mi primera parada será el MACBA. Pienso en lo que decía Peter Sloterdijk sobre el arte contemporáneo en Has de cambiar tu vida: «el sistema del arte se encuentra en una encrucijada: o lleva hasta el final ese camino de corrupción generada por la imitación del efecto extraartístico en el sistema de exposiciones y de coleccionismo, dejando definitivamente al ámbito del arte como un lugar de recreo del último hombre, o reflexiona sobre la necesidad de recuperar en los talleres la imitación creativa, volviendo a readmitir allí la cuestión sobre cómo lo digno de repetición puede ser diferenciado de lo que no merece ser repetido.» Desde la publicación de su libro, se podría decir que la mala fama del arte contemporáneo no ha decrecido, sino que ha hecho más bien lo contrario.
Llego al MACBA a eso de las dos de la tarde. Desde fuera, hace pensar en un aparcamiento de coches, por sus rampas y eso. Delante del edificio, hay los skaters de siempre; hay menos que a las seis o siete de la tarde; los esquivo como puedo y entro en el museo. Voy a por mi entrada. Dejo mi mochila en la taquilla; uno de seguridad me ha pedido que la dejase allí con gestos, y no con palabras, como si estuviese tan acostumbrado a tratar con guiris que ya ni se plantease que alguien de habla española o catalana pudiera visitar el MACBA.
Primera parada: la colección MACBA. La parte de la colección exhibida en este momento se presenta bajo el título de Bajo la superficie y tiene que ver, según la introducción que hay en una pared de la entrada, con las «prácticas minimalistas» y el «lenguaje de la abstracción». Miedo. La primera obra que encuentro, de Ignasi Aballí, va acompañada por un panel informativo —benditos paneles informativos— en que se describen sus obras diciendo que «evolucionan rápidamente hacia el predominio del concepto distanciándolo del ilusionismo pictórico». Cabría preguntarse: ¿en el arte contemporáneo, el concepto se distancia del ilusionismo o bien se distancia de la realidad? Posiblemente sea injusto generalizar y plantear esta pregunta en relación a todo el arte contemporáneo. Aquí deberíamos hablar concretamente de arte conceptual. ¿Y qué debe ser el arte conceptual? Quizá sea ese arte que nos hace sentir más ridículos a la mayoría: nos plantamos delante de un lienzo en blanco o delante de un objeto random como si en ello estuviera contenido todo lo que siempre hemos querido saber. Una pared vacía, con las marcas de los cuadros que antes había en ella, hace que me vuelva paranoico: ¿esto es una obra de arte o una pared? Si lo que querían era confundirme, lo han conseguido.
En la explicación de otra obra —una de Lucio Fontana, que no sé quién es— se habla de la defensa de la «abolición del espacio ilusorio de la pintura y su sustitución por el espacio real». Una vez más, lo ilusorio es entendido como el enemigo, como el anclaje en el arte del pasado. ¿La novela contemporánea es ilusoria? No sé. ¿Criticar lo ilusorio es lo mismo que criticar lo ficticio? A fin de cuentas, estos artistas parecen rehuir la ficción como la peste, alzándose como paladines de lo real y tal y cual.
La siguiente obra que encuentro es de Antoni Tàpies. ¡Ah, Tàpies! Una vez más, se dice del artista que está «interesado en las cualidades físicas de la materia más que en su capacidad estética y de representación» y que «la materia de la superficie ya no es un medio de expresión del sujeto sino una realidad en sí misma». Así pues, ¿dónde queda el sujeto? ¿Realmente se puede prescindir de él? ¿O acaso lo más ilusorio es creer que se puede presentar una obra sin ninguna autoría detrás de ella? Algún lector podría pensar: «Deberías estar mirando las obras, y no los mensajitos que las acompañan», a lo que respondería: «¿Hacia dónde quieres que mire, exactamente?»
En cualquier caso, Tàpies me parece pensar que, si la «capacidad estética» del cuadro no es lo que importa, quizá ya no nos encontramos delante de una obra de arte, sino, sencillamente, delante de una obra. Hay algo realmente perturbador en esa idea, ¿verdad? Si estamos delante de materia y no delante de una obra de arte, ¿qué más dará que me detenga a mirar esta materia o que me detenga a observar la pared que la rodea? Puede que el valor no resida tanto en la palabra arte como en la palabra obra. Haciendo una analogía con los textos literarios, podríamos preguntarnos si lo que nos importa cuando leemos un libro es que este contenga literatura o bien que contenga, simplemente, escritura. Muchos críticos se indignan ante los libros que no les gustan diciendo: «Eso no es literatura», ante lo que se podría responder: «No, no es literatura, sino que es escritura. ¿Hay algún problema?»
Pausa: llevo media hora en la misma sala, mirando vagamente las obras y escribiendo esto en mi móvil. Debería darme un poco de prisa si luego quiero ir al MNAC. ¡Venga! Me pongo a caminar, casi a marcha atlética. Solo me pararé ante las obras que despierten mi interés con una sola ojeada.
Sea lo que sea lo que extraiga de esta visita al MACBA, algo está claro: las obras con espejos de Art & Language servirán a los visitantes para hacerse los selfies más horrendos jamás vistos. De hecho, podríamos partir de la premisa de que, independientemente de la fealdad de quien se lo haga, un selfie es horrendo por naturaleza —sobre todo cuando se hace con la cámara interior del móvil.
«Me gusta pensar que el artista no es más que un material de otro tipo en la obra, que coopera con los restantes materiales.» Esta frase de Robert Rauschenberg aparece reproducida en la exposición. Aunque su obra no me atrae lo más mínimo, la frase sí lo hace. En ella, casi se oye su voz, la voz de alguien esperanzado que quiere difuminar la línea entre el sujeto y el objeto, entre el artista y el arte. No cabe duda de que de la fusión entre arte y vida han surgido obras maestras. ¿Se puede dejar de ser artista? Puig i Ferreter, en un libro, decía que sí, que un artista no lo era las veinticuatro horas del día. ¿Pero se puede detener la mirada como se apaga una tele? No. Y, sin embargo, ser artista consiste en gran parte en tener una mirada propia. Un artista no deja de serlo fuera de sus horas de trabajo del mismo modo que un enamorado no deja de estarlo durante su jornada laboral, creo yo.
Dos vigilantes del museo se saludan y comentan, al respecto de la proyección que hay en una sala: «Podría llevarme un taburete, sentarme allí y quedarme dormida.» Las dos ríen. Se alejan. Han mantenido esta conversación en un tono de voz perfectamente normal, puesto que ya no es necesario estar en silencio o susurrar en los museos, ¿no? No son una cosa tan seria. ¿Experiencia estética? ¿Pero qué me estás contando, pavo? Si quieres silencio, vete a una biblioteca. Oigo un bostezo.
Llego a una sección de la exposición sumida en la penumbra. Las obras brillan bajo focos. Se titula «En el reverso de la belleza». Hay obras de Derek Jarman —precisamente la proyección que comentaban las vigilantes era una obra suya—, de Félix González-Torres, de James Lee Byars o de Dora García. Tengo la intuición de que he llegado a la parte más sinceramente poética de la exposición, aquella en que la abstracción y el formalismo minimalista tienen una vehemente, personalísima razón de ser.
La obra de Félix González-Torres consiste en una ristra de bombillas, que él define como «un ejemplo de memoria vital». En el texto que acompaña el objeto, se dice de las bombillas que «Podían ser exhibidas en diversas configuraciones y el dueño de la obra podía dejar que las bombillas se fundieran durante la exhibición u optar por reemplazarlas». Hay, ya solo en esta indicación técnica, tanta belleza como en un trazo de Velázquez. En la ristra, tal como está expuesta en el momento en que visito la exposición, no hay ninguna bombilla fundida: ¿la habrán sustituido? ¿O ninguna se habrá fundido? En cualquier caso, investigaré la obra de González-Torres cuando llegue a casa, ya que no lo conocía.
El resto de la exposición no me interesa en absoluto. Que tanta gente se pregunte «¿y a mí qué?» ante el arte contemporáneo debería servir como indicador de que algo ocurre. Si bien hay obras —como la de Dora García, la de González-Torres o la de Tàpies— que alcanzan una profundidad inaudita, ¿por qué el resto tiene una apariencia tan gratuita? Confieso que me cuesta entrar en el arte contemporáneo, pero no me gusta que me tomen el pelo. Si insisto en interesarme por este mundo es porque, en el fondo de mi consciencia, existe la seguridad de que algo con sentido y conmovedor debe haber en todo esto.
Ahora que he salido de la primera exposición, dudo de que las obras que me han atraído lo hayan hecho por sí mismas. Me he parado delante de producciones de Aballí, García o Tàpies, es decir, artistas que ya conocía con anterioridad. ¿Y si hubiese dado una oportunidad a esas de las que he pasado de largo? Quizá me habría llevado una grata sorpresa. Quizá no. Me gusta pensar que existe una fuerte relación entre la apariencia y el fondo de las cosas. La apariencia de los objetos es reveladora, del mismo modo que lo es el físico de las personas. No, lo que más importa no es el interior. Lo que más importa es el cruce franco entre el interior y el exterior. Es una de mis convicciones más íntimas.
Decido darme más prisa al visitar las demás exposiciones del museo. Ya son las tres y media. Siguiente parada: exposición sobre Oscar Masotta. ¿Y quién es ese? La figura de Masotta me despierta cierta simpatía, de la misma forma que lo hizo la de Osvaldo Lamborghini cuando le dedicaron una exposición en este mismo espacio. Sin embargo, el tiempo apremia y no visito la exposición con la suficiente lentitud como para sacar conclusiones. Espero volver a encontrarme contigo un día que tenga menos prisa, Oscar; se nota que eras un buen tío. En un punto de la exposición, no obstante, Masotta asegura que la intención de sus happenings era «intranquilizar o desorientar a alguien». Creo que parte del problema del arte contemporáneo se encuentra en este tópico: el arte como revulsivo social e individual. Tal vez, en la mayoría de los casos, más que remover consciencias, lo único que se consigue es que el público se vaya de la sala. Muchos de los vídeos que se proyectan en las salas del MACBA tienen sonidos estridentes; entran ganas de largarse cuanto antes y no volver.
Un inciso: las dos amigas con las que visitaré el MNAC me acaban de advertir que no podrán llegar a Barcelona hasta las seis de la tarde. Por tanto, tendremos menos de dos horas para visitar el museo. Puesto que ya llevo dos horas en el MACBA, decido visitar el resto de exposiciones con todavía más prisa. ¿Para qué qué? Para que los dos museos estén en una situación de igualdad. ¿Y para qué, si no estoy estableciendo ninguna competición entre los dos? Pues porque sí, porque el MACBA se me ha subido a la cabeza y quiero salir a tomarme un café.
Siguiente parada: exposición sobre Domènec titulada Ni aquí ni en ningún lugar. Me interesa su diálogo con la tradición: interpela —¿interpela?— a muertos como Le Corbusier o Mies van der Rohe... quizá sería más acertado decir que los invoca, pero ese verbo siempre me ha parecido demasiado cercano a las sesiones de espiritismo. La obra de Domènec es de una verdadera reflexividad política, sin cosméticos, sin concesiones a la superficialidad pseudoactivista con que a veces se trata el tema de la ideología desde el arte. Suena, de fondo, música de The Velvet Underground y Lou Reed: genial.
Final del recorrido: La campana hermética. Espacio para una antropología intransferible, de Francesc Torres. La obra, de un fuerte contenido autobiográfico, se demuestra poética y absorbente. Es un placer estar entre estas cuatro paredes, rodeado de los recuerdos del artista, arropado por la ternura de su memoria.
Segundo final del recorrido, puesto que no me había dado cuenta de que aún me faltaba una exposición por visitar: Melanie Smith. Farsa y artificio. Inmediatamente después de haber entrado en la exposición, me siento agotado y empieza a dolerme la cabeza. Decido visitar esta última exposición otro día; es posible que Melanie Smith merezca más atención de la que le puedo prestar ahora mismo.
Corro a por mi café. Bajo las tres plantas del museo a través de una escalera de caracol. Recojo mi mochila y, después del paso de rigor por la tienda del museo —de hecho, el sistema de puertas está montado de tal forma que tienes que pasar por ese sitio para salir—, me encamino hacia el Buenas Migas de Plaça Universitat, donde he pasado la mayor parte de mis horas muertas entre clase y clase de la facultad.
Ahora seré sincero: desde el momento que me encuentro con Maria y Paula, dejo de pensar en escribir esta crónica. La amistad que mantengo con ellas me ocupa por entero; cuando estamos juntos, olvido mi forma de pensar habitual y solo queda lugar para las risas. Visitamos la exposición que ahora hay en el MNAC, Gala Salvador Dalí. Una habitación propia en Púbol. Yo ya la había visto semanas antes; cuando fui, había tantos visitantes que no pude establecer el más mínimo contacto con las obras. Hoy, he notado más espacio; he podido respirar mejor. Algunas de las pinturas expuestas son de esas que dejan pasmado a todo espectador de bien; el efecto más previsible que produce Dalí es el asombro, y es precisamente por ese motivo por el que, en vida, tantos intelectuales le cuestionaron. Dalí es un caso excepcional de producto de la cultura de masas que alcanza cierta trascendencia. Él hablaba la misma lengua que los personajes influyentes de la actualidad, pero en un momento en que esto no era nada frecuente; de ahí que le podamos reconocer un poder visionario.
Como que hemos llegado al MNAC a eso de las seis y media y el museo cierra a las ocho, tenemos poquísimo tiempo para visitar la exposición. Lo que más lamento es no poder llevar a Maria y Paula a ver la colección de arte moderno y contemporáneo del lugar; pocas personas conocen las joyas que guardan estas salas.
¿No es irónico? El MACBA era el museo al que iba con una menor predisposición y, al final, ha sido el único sobre el que he hablado. Me veré obligado, un día, a volver al MNAC, estando solo, y hacer lo que he hecho con el otro museo. Pese a que el MACBA siempre me ha parecido un museo enfermo, incomparable con un Museo Reina Sofía que acoge al público con una calidez apabullante, debo admitir que no he faltado a ninguna de sus exposiciones en los últimos años. Aunque al MACBA en su conjunto le falle algo, hay, en la particularidad de algunas de sus piezas, una riqueza que vuelve estimulante su visita. En definitiva, lo que se constata es que un museo no es nada si no aparece habitado por las personas, es decir, por los visitantes, los comisarios, los artistas, etc.
Barcelona, 8 de septiembre de 2018

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