viernes, 31 de agosto de 2018

(Relato) Nunca me ha gustado la noche



Aún contaba los días que habían pasado desde la muerte de mi mujer. Todo era demasiado reciente. Siempre que podía, mi hijo se pasaba por casa para comprobar que seguía bien. Sí, estaba bien; había tenido que hacer algún ajuste a mi día a día, pero estaba bien. En ocasiones, no echaba la doble vuelta a la puerta de la entrada porque me imaginaba que mi mujer llegaría de un momento a otro; cuando me daba cuenta de que no sería así, intentaba vaciar mi mente y respirar hondo. Estaba bien.
La cama de mi dormitorio nunca me había parecido tan grande. No me acostumbraba a dormir solo. Me encogía en un lado; habría podido estirar los brazos y las piernas para estar más cómodo, pero creo que tomar consciencia de que ahora todo ese mueble era para mí no me habría permitido pegar ojo. Las ratas que corrían por el piso de arriba eran menos siniestras que todo aquello.
Al acostarme dejaba las persianas subidas. Era algo que mi esposa nunca había soportado. A mí me gustaba que la luz de la calle alcanzase la habitación porque, en cierta forma, me hacía compañía, de la misma forma que me hacía compañía, durante el día, dejar las ventanas abiertas y oír a transeúntes y coches como si sus ruidos fuesen producidos especialmente para mí. A mis sesenta, estaba más necesitado que nunca de calidez. No digo que estuviera necesitado de alguien con quien hablar o de alguien que me hiciera las tareas de la casa: simplemente hablo de calidez.
A las tres de la madrugada de un domingo, un ruido me despertó: un cristal rompiéndose. Me levanté y fui a la ventana a ver qué pasaba: en medio de la calzada, unos adolescentes bebían y reían. Pensé en ir a por un cubo lleno de agua y lanzárselo desde allí arriba, pero luego se me ocurrió que las consecuencias podrían ser funestas (para mí). Simplemente los ignoré. Fui al baño y, después, a la cocina. No había encendido la luz porque me conocía lo suficiente mi propia casa como para andar a tientas.
Oí unos pasos en el pasillo que conducía al recibidor. Me extrañé. Tuve la tentación de encender la luz, pero rápidamente me dije que, si alguien había entrado en casa y me descubría, escaparía de inmediato. Tenía que ser astuto. Cerré algunas puertas con tal de que el intruso no tuviera escapatoria. Cogí el atizador que tenía al lado del hogar. Di un paso firme en el pasillo; no noté ningún movimiento. «¡Eh!», grité, y nadie contestó.
Recorrí todo el pasillo mirando hacia atrás, hacia adelante, hacia los lados. Incluso dirigí la mirada hacia el techo, aunque las cervicales me impidieron hacerlo de nuevo. Todo estaba en orden: nadie había tocado las vitrinas, los radiadores, la cómoda de mármol que había al lado de la puerta… ¿Qué notaba de raro en la cómoda de mármol? Ni la habían movido ni registrado, pero no estaba igual que siempre.
Fue casi instintivo: me acerqué a ella y empecé a abrir los cajones. En el primero, las llaves de casa y del garaje. En el segundo, las figuras del pesebre envueltas. En el tercero, los manteles y servilletas para las comidas familiares. En el cuarto, una especie de feto. Me quedé mirándolo. No parecía vivo. Tenía las manecillas puestas sobre el pecho, como un difunto, y alargaba las piernas. En su cabeza se transparentaban algunas líneas moradas y los ojos poseían la ausencia de los cuerpos poco formados.
¿Aquello era un sueño? No me habría extrañado que lo fuese, puesto que, las últimas noches, me había acostumbrado a las pesadillas. Creí que, si era un sueño, no habría ningún problema en coger esa cosita y tirarla a la basura. Pero no me atreví. Decidí volver a la cama; a la mañana siguiente, si seguía allí, ya determinaría qué hacer. ¿Cómo había llegado hasta el cajón? No me lo explicaba. Alguien lo debía haber puesto allí. ¿Me estarían gastando una broma? ¿Quién podía ser tan cruel? Cerré el cajón y me levanté.
Una vez me encontraba de nuevo entre mis sábanas, no podía cerrar los ojos. Reaccionaba con brusquedad a cualquier sonido. Los árboles agitándose en la calle, un vecino caminando, todo me exasperaba. Las sombras de mi dormitorio me resultaban temibles. Salí de la cama de nuevo y regresé al pasillo con tal de deshacerme de ese diminuto cuerpo. El cajón, no obstante, estaba abierto. En su interior ya no había el feto. Me dije: «Nadie me tomará el pelo.» Encendí la luz del pasillo y empecé a remover todos los muebles, uno por uno. Daba golpes a diestro y siniestro.
Finalmente, encontré al feto en un rincón, de pie, asustado. Ya no parecía tan horrendo como cuando estaba inerte en el cajón. Ahora, recordaba a un muñequito de Lladró o a un niño Jesús pintado por Rafael. Me miraba con los unos ojos como de hurón, muy abiertos. Le temblaban las piernecillas. Seguramente se sentía atrapado. ¿Cómo darle a entender que no le quería hacer ningún daño? Lo más probable es que lo hubiera asustado con mis golpes.
Intenté acercarme a él. Empezó a hacer unos movimientos espasmódicos que me asustaron. Retrocedí. Habría intentado hablarle, pero tenía la seguridad de que no habría servido de nada. Busqué, en una de las vitrinas que había en ese mismo pasillo, alguna cosa con que atraerle. Encontré un hermoso dedal metálico. Me agaché. El feto, con algo de curiosidad, dio dos pasos hacia adelante. Caminaba de un modo inestable, como si fuese a caerse en cualquier momento.
Le tendía el dedal con la palma de la mano abierta. Lo tomó y se alejó, sin dejar de mirarme fijamente. De nuevo en su rincón oscuro, empezó a dar vueltas al dedal como si tratase de descubrir su funcionamiento. Le pregunté: «¿Quieres que te enseñe cómo usarlo?» Y se volvió hacia mí, aunque no hubiera entendido mis palabras. Con solo oír mi voz, pareció ganar confianza. Y, pese a todo, interpretó bien mi intención, puesto que dejó el dedal en el suelo e hizo una señal como para darme permiso para hacer lo que quisiera. Cogí el dedal con el pulgar y el dedo índice y se lo puse encima. Le quedaba bien como sombrero, aunque su cabeza era muy grande y no le encajaba del todo.
Se me ocurrió darle de comer, disponerle una cama con un pañuelo ancho, calentarlo con papel de diario. Su desnudez me horrorizaba; tiritaba no como si tuviese frío, sino como si no supiera comportarse de otro modo. A la hora de la verdad, no hice nada de todo eso. ¡Estaba delante de un feto, no delante de un animal desvalido! Lo podría haber llevado a una comisaria, ¿pero cómo lo habría cogido si ni siquiera dejaba que lo tocase? ¿Y cómo habría explicado a los agentes de policía que lo había hallado en mi propia casa?
Permanecí quieto, enfrente de él, durante unos cinco minutos. Procuré averiguar algo sobre su existencia a partir de sus acciones. Tampoco es que hiciera demasiado: giraba la cabeza para asegurarse de que no había nadie más que yo a su alrededor, pero, al mismo tiempo, no parecía ver demasiado bien, y se obligaba a repetir la inspección una y otra vez. Sus gestos, demasiado mecánicos, eran los propios de un ser sin consciencia. A ratos, lo habría comparado con un cachorro, pero su físico era demasiado parecido al del ser humano. Su cabeza, sus deditos, su pecho… Todo me resultaba demasiado familiar. No habría podido acabar con su vida como habría acabado con la de cualquier animal indefenso.
¿Debía beber agua? Fui a la cocina y cogí un vaso de chupito. Lo llené. Volví. Se había estirado, pero todavía me observaba. Cuando dejé el vaso delante de sus narices, tensó los brazos, poniéndose alerta. Luego tocó el vaso y pareció que la textura del vidrio le gustaba. Puso una mano sobre el agua y, por un segundo, creí que sonreía: su frescor le habría resultado agradable. Se llevó esa misma mano a la boca y se la humedeció.
Mientras él se divertía con el agua, yo me enternecía, pero ese momento no duró demasiado. Oí unos pasitos y, antes de que pudiera darme cuenta, una rata había corrido hasta el feto y se había encarnizado con él. Este, en un principio, opuso cierta resistencia. Cogí el atizador del hogar y pretendí dar un golpe seco a la rata, pero fallé. Cuando se vio amenazada, se echó a correr, con algún trocito del feto en la boca.
Deposité los restos de esa cosa pequeñita, ya muerta, en la bolsa de la basura e hice tres nudos para que no pudiera abrirse de nuevo. Regresé a la cama con la respiración a cien y, para mi sorpresa, concilié el sueño con rapidez. Solo tres horas después, a las siete, mi despertador sonó. Abrí los ojos sin estar seguro de si lo que había vivido un poco antes había sido un sueño o no. Al levantarme y notar el olor de un cuerpo en descomposición por toda la casa, no me cupo duda.
Volqué todo el contenido de una colonia barata sobre la bolsa de basura para disimular el hedor. La llevé al contenedor de la calle y procuré esconderla entre bolsas mucho más apestosas. Durante toda la mañana, me repetí las mismas preguntas: ¿de dónde había salido ese feto? ¿Debía estar relacionado con algún problema perverso? ¿Y con personas perversas?
Días después, aún perturbado por lo sucedido, me vino a la cabeza lo que un vecino me había contado cuando me había mudado al barrio: «Los anteriores propietarios de la casa donde vives eran una pareja joven. Se dice que ella sufrió varios abortos. Al poco tiempo, se debieron separar, puesto que solo él seguía viviendo en la casa. Acabó largándose, porque la memoria le dolía demasiado.»
La idea de que ese ser tan frágil, tan diminuto y tan raro con que me había topado estuviese anclado en el recuerdo del edificio me reconfortó. Si él se me había aparecido en casa, ¿qué no podría hacerlo? Me nació cierta esperanza dentro del pecho: cualquier noche sería mi mujer quien me hiciera una visita. Desde entonces, duermo menos y sueño más.
Foto del 26 de agosto de 2018

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