lunes, 20 de agosto de 2018

(Diario de viaje) Vuelta al pasado. Diario de viaje por Bretaña y Normandía (2018)



11 de agosto de 2018. Casa, Agen, Burdeos
Bajamos los tres por nuestra calle con maletas de ruedas. Toc-toc, toc-toc, dicen las ruedas. Como que son las siete de la mañana, aún no se ve gente. Mejor. Me daría vergüenza que me vieran (¿quiénes? ¿Desconocidos? ¿Pero qué me importan los desconocidos?) con una maleta, bajando por la calle, haciendo toc-toc, en agosto, como si empezara un viaje con toda la ilusión del mundo. Mostrar ilusión siempre me ha dado vergüenza. Pero, en fin, que bajamos la calle y llegamos hasta la plaza donde nos espera un autobús. Es azul y, desde fuera, se ven las sombras de algunos pasajeros a través del cristal.
Mientras el conductor del autobús mete mi equipaje en el maletero, pienso en este diario: ¿debería escribirlo? Me había prometido que escribiría ficción. ¿Esto es ficción? Bueno, podría serlo. Si ahora dijese que, dentro del autobús, encontré un ejército de gatos humanoides que me secuestraron y me llevaron en un ovni hasta la luna, estaría haciendo ficción. ¿Pero, y si dijese que dentro del autobús encontré al amor de mi vida? No es cierto que fuese así (¡ojalá!), pero perfectamente podría haber ocurrido. ¿En ese caso estaría escribiendo ficción? Los lectores que hubieran decidido darme una credibilidad absoluta no lo considerarían ficción. Un lector que fuese rematadamente escéptico, en cambio, consideraría que casi, casi todo sería ficción. Un lector relativista consideraría que todo lo que escribo es ficción. ¿Qué hay más insoportable que un escéptico? Un relativista. ¿Qué hay más insoportable que un relativista? Un nihilista.
Sí, había prometido que escribiría ficción, pero no sé a quién se lo había prometido, así que quizá esa sea una promesa fácil de romper. A comienzos de este año, recibí una crítica muy dura: su autor afirmaba que era un ejemplar puro de vanidad, falta de elegancia, etcétera, porque escribía sobre mi propia vida. Porque escribía sobre mi vida y por cómo lo hacía. En un primer momento, no di importancia a esa crítica, pero me ha ido persiguiendo a lo largo de más de seis meses e incluso me ha paralizado. Decidí dejar de escribir sobre mí: intenté volver a la ficción, a la literatura de imaginación. Pero rápidamente me di cuenta de que no imaginaba con la misma facilidad con que lo hacía cuando tenía once o doce años. ¿Recuperaría mis dotes imaginativas? Intenté escribir varios relatos. Cada uno me suponía un esfuerzo muy retorcido y el resultado solía estar vacío de valor. ¿Qué hacer, pues?
Sí, comienzo la escritura de este diario hundido en un mar de dudas (mejor digamos en una bañera de dudas, que eso del mar de dudas siempre me ha sonado muy rimbombante). Pero, en un instante de inconsciencia, de estupidez (las decisiones más acertadas, a veces, se toman cuando nos olvidamos de todo), decido emprender este diario, es decir, mandarlo todo a la mierda y escribir sobre mí y mi mundo. Cuando tomo mi propia vida como material creativo, la realidad me atemoriza menos; juego con ella en lugar de resistir a su contra. Sí, quizá sea un egocéntrico. Decidme una cosa: si no lo soy a los veinte años, ¿cuándo voy a serlo? ¿Cuándo nos permitiremos ser unos cretinos? Quiero vivir tanto como pueda y, si me limito a la humildad, mis experiencias van a quedar demasiado reducidas.
Y, así, ya resuelto a escribir sobre mi vida sin que me importe la actitud moralizadora con que algunos lectores van a observar este texto, debería contestar algunas preguntas simples: ¿qué viaje empiezo? ¿Con quién? ¿Por qué? Viajaré durante nueve días por Bretaña y Normandía, regiones francesas. Me acompañarán mis padres —de hecho, sería más lícito decir que yo los acompañaré, puesto que ellos pagan. El agosto del año pasado, ya debería haber hecho este viaje con mis padres, pero, pocos días antes de hacerlo, mi padre sufrió un ictus. A partir de entonces, el hospital se convirtió en el único paisaje de mi verano. Afortunadamente, papá se encuentra mucho mejor; le alegra poder hacer esta vez el viaje. Así, este viaje se nos antoja una suerte de vuelta al pasado, al año pasado, a lo que hubiera pasado si la Fortuna, sonriendo, no hubiese puesto piedras en nuestro camino. El ictus de papá nos cambió un poco a todos. Si muchos lazos con mi infancia ya habían sido rotos durante la adolescencia, aún se rompieron algunos más. Pero, en lo más profundo, no dejo de ser un niño, porque siempre somos niños y viejos al mismo tiempo, aunque nos creamos adultos autónomos, competentes, radiantes. Siempre somos niños y viejos, esencialmente. Siempre comienzo y fin.
Desde mis diez años, todos los agostos (salvo el del año pasado), he salido de viaje con mis padres. En viajes organizados. ¿Qué tipo de viajes organizados? Generalmente, en autobús, con un grupo de personas. Quiero decir: con un grupo de desconocidos. Y un guía. Y un conductor. Francamente, este no es el tipo de viaje de mis sueños, pero, puesto que son mis padres quienes ponen el dinero, no puedo hacer sino asentir con la cabeza, resignarme. La mayoría de gente que suele hacer estos viajes es gente de edad avanzada. Mis padres solo tienen cincuenta y seis y cincuenta y ocho años, pero siempre han tenido un no sé qué muy anciano, como yo.
Entramos en el autobús. Solo hay la mitad de los asientos libres. ¿Cuánta gente debe haber en total? Dejadme contar. Unas quince, dieciocho personas, sin contarme a mí mismo. Espero que no suban más. Con un grupo pequeño, todo es más fácil. Mis padres y yo nos dirigimos a los asientos que tenemos asignados, hacia el final. Espero con ansia cruzar la frontera con Francia. ¡Cuánto he amado ese país! El germen de mi primera novela, Feo y descalzo, nació en un arrebato que tuve en la Costa Azul. Ahora vamos hacia el lado contrario al de la Costa Azul: el norte francés. No estaremos en París: mierda. En fin, París puede visitarse en cualquier momento.
Mientras vamos por la autopista, amanece. Un sol despampanante, amarillento; parece un huevo duro. Pasamos cerca de la Costa Brava, pero vamos por el interior. ¿Qué tiene Francia que me vuelve loco? La cortesía francesa, por ejemplo. A diferencia de la cortesía madrileña, la francesa tiene cierta rigidez, como si no se hubiera asimilado completamente bien. Vamos a hacer una generalización (el siglo XXI se presta poco a generalizaciones, pero es que tengo una tendencia natural a la sentencia): los franceses son gente algo desquiciada, pero nadie lo diría. Los franceses tienen un superego muy curtido; saben qué hacer en todo momento y están seguros de sus opiniones. En España, en cambio, la gente es goyesca y quijotesca; se danza con el inconsciente, se bebe vino en exceso y se hacen siestas. La siesta, invento español muy castizo y muy bien pensado, es un homenaje al inconsciente. Con razón Freud leyó a Cervantes cuando tan solo era un niño. Pero a mí no me gustan las siestas al uso; prefiero las siestas canónigas, o sea, las siestas que se hacen antes de la comida; hacer la siesta después de la comida es peligroso, puesto que se pueden contraer dolores de panza o de cabeza que repercutan en una mala leche sostenida a lo largo de toda la tarde.
Volvamos a los franceses: ¿qué tiene Francia que me apasiona? Sus siglos XIX y XX. Macron, que es un sexy. Alizée. Stromae (bueno, no es francés, pero canta en francés). El queso. El existencialismo. El impresionismo. Catherine Deneuve. El surrealismo. Brigitte Bardot. Jacquemus. Julien Doré. Más queso. El «mais no». Milan Kundera, adoptado. Ese «aaaah» que pronuncian los franceses a mitad de una frase, mientras buscan la siguiente palabra. Etcétera. (Los franceses suelen decir «etsetegá, etsetegá», pero decirlo más de una vez es así como pedante). Oh, se me olvidaba: la pedantería francesa. Y el ego de los franceses. Si hubiese nacido en Francia, quizá no me habría acomplejado tanto escribir sobre mí mismo, porque los franceses, en su día a día, viven encorvados, mirándose el ombligo con una fascinación alucinatoria. Etcétera, ahora sí.
El autobús sigue haciendo paradas. Suben más pasajeros. Cada vez que alguien entra, cruzo los dedos para que sea la última persona. Mientras tanto, toso, no paro de toser. Desde hace unas semanas, cargo con un resfriado bastante complicado. Ahora parece que estoy llegando al final del resfriado, pero, como que toda sinfonía necesita su momento culminante, parece que este resfriado no está dispuesto a irse sin antes ofrecer un largo concierto de percusión. Es una tos mucosa, pesada, oriental.
Después de hacer una parada para desayunar en una estación de servicio, de vuelta al autobús, el guía se presenta. «En estos viajes, suele haber un conductor y una guía. En este caso, seremos una conductora y un guío.» Algunos pasajeros ríen; si hay algo que dé más juego para bromas que el género gramatical, que venga alguien y me lo diga. «Yo, el guía, me llamo Venanci. La conductora se llama Angélica —sigue.— Si alguien tiene diabetes o alguna particularidad a la hora de comer, me tendría que avisar para que informe a los restaurantes. Porque ya sabréis que, en Francia, en los restaurantes y hoteles no se suele servir fruta, porque queda pobre. Allí, los postres tienen que ser imponentes.» Ah, el ser humano, qué racional y estúpido al mismo tiempo. La fruta es la metáfora perfecta de la vida: crece, madura; la abres y absorbes su jugo; intensifica lo que sientes; la fruta lo es todo. Solo el ser humano despreciaría la fruta. Eso sí: allí donde se ponga una buena hamburguesa, que se aparte toda fruta o verdura. Los vegetales tienen un interés teórico, mientras que la carne lo tiene práctico.
A poco de cruzar la frontera, pasamos por debajo de la puerta catalana de Josep Maria Sert. ¿Quién era Sert? Sé poco de él. Por el aspecto de esta puerta, parece que sería alguien que se iría de birreo con Le Corbusier. O no. Las afinidades estéticas no siempre conducen a la amistad. Es famoso el caso de Proust y Joyce, los grandes nombres de la literatura novelesca del siglo pasado: se conocieron y se resultaron indiferentes. Lo raro habría sido que se cayeran bien. Lo raro sería que todos nos llevásemos bien con todos. Una persona a quien todo el mundo le caiga bien es una persona injusta, puesto que, si todo el mundo te cae bien, si incluso la gente que te perjudica te cae bien, ¿cómo privilegias a tus seres queridos? Si todo es amor, entonces no hay amor. Punto.
Puerta de la marca hispánica, de Ricard Bofill. Una pirámide megalómana, arquitectónicamente verborreica. Desde el autobús no puedo ver la parte más alta, tan solo las escaleras. Bueno. No me pierdo nada, quizá. Y, finalmente, cruzamos la frontera con el país que vio nacer a la sensualmente seria Simone de Beauvoir.
En dirección a Carcassone, seguimos el recorrido del Midi. Algunos pasajeros, que están sentados hacia la mitad del autobús, se quejan: «¡Hace frío!», «¡nos congelaremos!», «¡nos conservaremos bien!»... Siempre me ha costado comprender a las personas simpáticas. Como que se trata de señores de sesenta o setenta años, la simpatía de estos que se quejan me hace pensar que, con la edad, más que nunca, o aprendes a tomarte las cosas con humor o la vida se vuelve insoportable. ¿Pero cómo voy a estar simpático yo, que ni siquiera sé hablar correctamente con mis padres? Me imagino convirtiéndome en un anciano hiperbólicamente arrugado y algo cascarrabias. Lo que preferiría, sin embargo, sería ser un viejo niño o, en otras palabras, un anciano que pensase con el cinismo que da la experiencia y hablase con la candidez de la infancia.
Comemos en un restaurante de Agen. Ensalada con queso de cabra y una vinagreta ligera de miel, pato guisado con vino de la Gascuña y un postre con mucho chocolate y nata. Casi a las cinco de la tarde, volvemos a subir al autobús y proseguimos el camino. Intento interactuar lo menos posible con los demás pasajeros; hacerlo no es complicado, puesto que la gente mayor suele hablar con gente mayor y ya. Cuando era un niño y venía a estos viajes, tenía que aguantar al anciano de turno que me hacía preguntas y me saludaba porque le recordaba a su nieto. Ahora, a los veinte años, estoy disfrutando del hecho de que mi trato con los desconocidos se enfríe más y más.
Entramos en Burdeos. Sensación espléndida. Edificios señoriales, altos. Esculturas divinamente proporcionadas. El Garona, imponente, rebelde. La luz de las seis de la tarde reafirma la majestuosidad del lugar. Bajamos del autobús y paseamos. ¿Puedo venirme a vivir aquí, mamá?
Ocho de la tarde. Nos dirigimos al hotel. El centro de Burdeos está lleno de esculturas, de caras. Encima de cada ventana, una cara. Todas inmutables, todas disimulando. Puesto que aquí no hay mar, la gente se refresca como puede; hay dos niños que se han metido dentro de una fuente; sale agua del suelo de una plaza y otros chiquillos se mojan dando saltitos por allí. El agua del río avanza con calma, pero trazando formas de una sinuosidad muy tosca, dura. Parece que el río dijese: «No creáis que me habéis domado. El día que quiera, inundo vuestra ciudad.» Hay familias, juventud y luz; definitivamente, nos encontramos en una tarde de sábado en agosto.
La cena en el hotel me da la vida. Flan de verduras, ossobuco con risotto al pesto. De postre, una especie de hojaldre con mermelada de mango y queso. Me había prometido que no comería más postres durante este viaje. ¿Pero cuántas cosas llego a prometerme? Qué barbaridad. Me comeré este postre en honor a todas las promesas que me hago.
Después de cenar, salgo con mis padres a dar una vuelta, pero a los diez minutos se dan por vencidos. Desde una ventana abierta, nos llegan los ruidos de unos chicos que habrán organizado una fiesta. No concibo que sea sábado y ni esté bebido ni esté bailando. Deseo buenas noches a mis padres y me voy al bar del hotel, a beber una tristísima Heineken. Al menos si los camareros fuesen enrollados, trataría de entablar conversación con ellos, pero se dan prisa en todo lo que hacen y tienen un aire de pocos amigos. Cuando me acabe esta Heineken, me voy a la cama. Qué fracaso. ¿El qué? No lo sé. El bar tiene clase, como el bar de cualquier hotel. Casi cuatro euros que me meten por la cervecita del diablo. Tendría que buscar formas más económicas de deprimirme. Veinte años. Me digo: tengo veinte años. La inmensidad. Lo que está por llegar. Me gusta decir que mantener la esperanza es importante, pero después no predico con el ejemplo. Los camareros ni se fijan en cobrarme la jodida Heineken. ¿Y si retiro el billete de cinco euros y me voy? No, no, no quiero problemas. ¿Y si vuelvo a la calle y busco la casa en la que había una fiesta? Ojalá atreverme a hacer algo por el estilo. Un trago más.
12 de agosto de 2018. Burdeos, La Rochelle, Vannes
El tiempo tiene forma de hombre. No hablo del dios Cronos ni de nada por el estilo. Hablo de todos los hombres sobre la faz de la tierra, que tienen un reloj de pared clavado en la cara. Los hombres constantemente son conscientes de que están vivos. Su cuerpo les recuerda el pasado con que cargan: arrugas, pecas, grasa… La piel es lo más profundo que hay en el hombre, y sobre ella reside de principio a fin.
Los granos de los relojes de arena son como el aliento de los humanos; el reloj se sabe finito, pero desconoce cuándo caerá el último de sus granos; el hombre respira resueltamente, y suele olvidar que cualquier expiración puede ser la última.
La última nota que apunté anoche en este diario se borró. No quiero recordar lo que decía en ella. Hoy, a las seis y media, desayuno en el hotel: muesli, yogur, fruta chunga, etcétera. A las ocho de la mañana, cargamos las maletas en el autobús y abandonamos el hotel Mercure. Adiós, Burdeos. La ciudad amanece serenamente.
Ponemos rumbo a La Rochelle. Intento leer, pero acabo quedándome medio dormido. Esta noche he dormido fatal. Hasta las dos o así, no he pegado ojo. Después, me he ido despertando intermitentemente, asfixiado debajo del edredón, empapado en sudor.
Al llegar a La Rochelle, visitamos la catedral de Saint-Louis. En esta población, también encuentro una cantidad importante de caras en las fachadas de los edificios. Desde el puerto, uno siente la brisa del Atlántico; los vientos siempre son iguales, todos pretenden deshacerme el tupé.
Comemos cerca de La Rochelle, en un restaurante de carretera. Pese a todo, la comida está bien. Unos embutidos, lasaña de salmón y una macedonia de fruta. Seguimos en dirección a Vannes. Horas y más horas de autobús. Me duermo y mamá me tiene que despertar porque me he puesto a roncar; siento una vergüenza infinita. El paisaje que se ve a través de la ventana no es homogéneo, pero guarda una armonía muy especial; con solo ver los extensos prados franceses, uno piensa en la dulzura del silencio; hay campos de girasoles irrepetibles, sorprendentes. Las horas de la tarde se suceden y nosotros seguimos yendo hacia el norte del país, hacia la Bretaña.
A medida que nos adentramos en la Bretaña, la lluvia arrecia. No parece tener ninguna intención de remitir en toda la tarde. Mejor. Adoro la lluvia y estos cielos nublados, grises. Los días soleados están bien, pero acaban llevando al amodorramiento, a cierto efecto opiáceo. Los días lluviosos son los de meditación; uno se recoge sobre sí mismo, bajo el paraguas, en la soledad de las calles cada vez más desiertas.
Una vez en Vannes, nos alojamos. El mal tiempo sigue. Techos oscuros, metálicos, puntiagudos. Parece que Vannes sea una pequeña porción de París. Las casas del centro son como casas de mentira; tienen muchos colores, muchas ventanas y una gran, oronda fealdad. La iglesia con las reliquias de sant Vicent Ferrer.
El poder de la coincidencia. En el puerto de Vannes, reconozco a un chico que me acogió en su casa de Lagny-sur-mer en un intercambio escolar que hicimos muchos años atrás. Le acompaña su hermana. ¿Debería saludarle? Por supuesto que debería. ¿Cómo puede ser que nos estemos cruzando en esta ciudad cuando él vive en un lugar bastante lejano? Al final, no acabo haciendo nada. Simplemente, dejo de mirarlo. Con el tiempo, se me pasa el asombro. Sí, le podría haber saludado. Si no lo hecho, no ha sido por mi aplastante timidez, aunque lo podría haber sido. Tampoco ha sido por pereza. No lo he saludado, en definitiva, por mi pasión por la inacción. Actuar es bueno, es importante, es esencial... ¿pero cuántas veces no acabo prefiriendo permanecer pasivo ante algo que pasa a mi alrededor? En esos casos, me suelo decir para mis adentros que no paga la pena hacer cosas, puesto que todo, cierto día, dará igual. No, no me gusta pensar así.
Cenamos en el hotel. Hojaldre de escalivada, cuscús y otra macedonia. Salimos a dar un paseo entre las nueve y las diez. La iglesia de Vannes, iluminada de noche, tiene un rostro funesto, de una solemnidad romana. Casi no hay gente por las calles. En un momento determinado, me avanzo a mis padres, me desvío por una calle cualquiera y encuentro una placa conmemorativa: aquí nació el poeta Auguste Brizeux. ¿Quién es ese? No tengo ni idea. ¿Será esto una señal? ¿Debería investigarlo? Seguimos caminando.
13 de agosto de 2018. Vannes, Carnac, Concarneau, Quimper
Paseo matutino, solo, por el centro de Vannes. Pienso en anoche: el recepcionista del hotel en el que estoy alojado me envió un mensaje por Grindr y me habría gustado encontrarme con él, pero, estando en la habitación con mis padres, no me atreví. ¿Realmente habría importado algo que hubiese salido de la habitación a las doce de la noche? ¿No me atreví o no quise? Durante el paseo, casi no encuentro a nadie; pese a que ya son las siete, la ciudad sigue sumida en el sueño; solo se oyen los ruidos de alguna panadería o algún bar.
Subimos las maletas al autobús y nos vamos, más tarde. Los alineamientos de Carnac; lugar exquisitamente aburrido. Estos conjuntos de piedras me hacen pensar en la edición de Alianza Editorial de El mundo como voluntad y representación, de Schopenhauer, en cuya portada aparecen unas piedras alargadas: incluso en una piedra hay voluntad, deseo ciego; todo es manifestación material de un único, gran deseo, de una voluntad cósmica. La fuerza de la filosofía de Schopenhauer no es justamente y suficientemente sopesada, aunque sean muchos los literatos que lo han admirado.
Seguimos por Concarneau. Visitamos la Ville Close, una zona de la ciudad amurallada y separa del resto por un foso de agua medianamente vacío; una isla en el puerto, en fin. Las gaviotas. Tiendas de turistas. Nada de mayor interés. Antes de que hayamos acabado la visita, se pone a llover; nos apresuramos.
Comemos cerca de Concarneau. Pastel de verdura y salmón, merluza y un curioso helado con merengue, nata y fresa. Acabo empachado, como los dos días anteriores. El día que tenga que abrocharme un agujero menos del cinturón, no me cabrá alternativa a admitir que estoy engordando.
Nos dirigimos a Quimper, a eso de las tres de la tarde. Llegamos antes de las cuatro. Alojamiento. Salimos a pasear. Saboreo cada paso. La tarde, sin embargo, acaba resultando de lo más aburrida.
Después de cenar, voy una vuelta solo. Vuelvo a la catedral de Quimper, que me recibe con un fondo azul oscuro y todas sus puntas rabiosamente excitadas. Casi no hay nadie en la plaza que tiene delante.
14 de agosto de 2018. Quimper, Guimiliau, Saint-Thégonnec, Costa de Granito Rosa, Rennes
No seré el tipo de hijo que coge de la mano a su padre en su lecho de muerte, ni el que mantiene una estrecha amistad con su madre. Me temo que, entre mi familia y yo, nunca podré ver más que una ruptura, una falta de comprensión. ¿Cuándo dejamos de sernos próximos? Cuando fui consciente de mí mismo.
Desayuno y salida del hotel. Trayecto en autobús; me duermo intermitentemente. Llegada a Guimiliau y visita de su iglesia; quedo prendado de su cementerio, buscando los muertos de las guerras del siglo XX. Saint-Thégonnec: más de lo mismo. Papá se pierde en la Costa de Granito Rosa y tenemos que ir a buscarlo. Llegamos tarde a la comida.
Llegada a Rennes a casi las seis de la tarde. Al entrar, intuyo que esta ciudad va a gustarme. Hay un río plácido; a su riba izquierda, hay un grupo de gente celebrando un casamiento. La riba izquierda es la de la parte histórica de la ciudad. La riba derecha, en la que tenemos el hotel, es la de los suburbios. Pasamos por una «avenida de árboles dominados», dice el guía; son árboles perfectamente cortados; el orgullo francés se nota en cada hoja, en cada rama. En el casco histórico de la ciudad hubo un incendio y, por lo tanto, no se encuentran casas viejas con las características de las de Vannes y Quimper: mejor.
Alojamiento. Paseo por Rennes. El río pasa por debajo de algunas calles, como la vida que late debajo de la piel. Mucha juventud, mucha calle peatonal. Un lugar ideal, al estilo de Burdeos.
Cerca de Las Halles, oigo una canción de rock. La oigo de lejos. Se me acerca. ¿De qué me suena? Me sugiere un tiempo, un espacio, pero no sé cuáles. Sigo caminando. Olvídalo.
La culminación de este viaje, sin duda, será la visita a Ruán. Allí nació mi adorado Flaubert. Cada frase de Flaubert rebosa fuerza. Aún faltan unos días. Quizá no debería estar fijándome en algo que ocurrirá en el futuro, ¿no es así? Debería concentrarme en este paseo. Y, sin embargo, me parece que hay algo de estúpido en aquello de «vive el momento»: si el hombre es el único animal que vive su pasado y su porvenir de una manera vehemente quizá no sea por puro azar.
Tiendas cerradas, risas en las esquinas. Rennes vibra. El atardecer es alegre. Cenamos en el hotel y damos un paseo antes de irnos a la cama; discuto brevemente con papá.
15 de agosto de 2018. Rennes, Dinard, Saint-Malo, Dinan, Rennes
He pasado todos estos días hibernando. No he querido despertar, pero he tenido que hacerlo. Nadie quiere ver lo que le es más propio: la intemperie. Deseo que todo sea de un modo exactamente distinto. No voy a aceptar ninguna de las convenciones en que, hasta ahora, he dormido. Se acabó este largo sueño, esta dicha aparente. Vuelvo a verme rodeado de nada con tal de crear algo. Crear algo de la nada. No. Los hombres nunca somos originales. Estamos condenados a partir de herencias. La voluntad de destrucción no es suficiente. Hace falta locura para huir de estas aguas tranquilas.
Por la mañana, después de desayunar, me acerco al cine Gaumont de Rennes: una entrada imperial, tan alta como el concepto que los franceses tienen del séptimo arte. A las ocho de la mañana, el cielo permanece gris; ausencia de sol; un silencio apesadumbrado lo acompaña.
Dinard. El tiempo ha empeorado; amenaza con llover. Paseamos al lado del mar. El reflujo del agua sobre las piedras. Hay tanto deseo en el agua, en esta materia sin consciencia. Casas lujosas a línea de playa. Una mujer que nada a espalda sin mover los brazos; parece un cofre flotando sobre las olas.
Saint-Malo. Una entrada impresionante, de formas simétricas a rabiar y pocos colores. Los grises de la piedra de Saint-Malo deberían ser famosos; su suavidad me masajea la vista. Islas amuralladas. La marea, subiendo, bajando, danzando. Gaviotas que, acostumbradas al contacto humano, se acercan a los turistas para que les den comida: ¿cariño, no os aburre convertiros en un espectáculo? También oigo un albatros; toda la majestuosidad de esta ave se la dio el poema que Charles Baudelaire le dedicó. Camino por lo más algo de la muralla que circunda Saint-Malo; entre los dientes de la muralla, se ve el puerto; por el otro lado, bajando la vista, se alcanzan las calles abarrotadas, animadas, insertas en el frenesí de las compras de souvenirs, de empedrado antiguo. A la gente que sale por las ventanas le da igual que los turistas la miren; incluso sonríen. Comida al lado del puerto de Saint-Malo: gazpacho con una voluta de mantequilla batida, carne ahumada y patatas con bechamel y un flan con excesivo caramelo.
Dinan. Las cristaleras de su iglesia me dejan flipado. Busco los Cahiers de jeunesse, de Simone de Beauvoir, desesperadamente, por todas las librerías de la ciudad; no hay forma de encontrarlo.
Vuelta al hotel de Rennes. Breve paseo de las siete a las ocho por el centro; unos niños bromean saludándome y yo reacciono con mala leche; la gente viste bien. Tardará en anochecer. Cenamos en el hotel, a las ocho. Mañana será un día largo. No sé qué esperar de mi vida ni qué espera mi vida de mí.
16 de agosto de 2018. Rennes, Mont-Saint-Michel, playas del desembarco, Caen
Me despierto a las cinco y media de la mañana, preparado para un día cargado de visitas. Me visto, me lavo la cara, vuelvo a la cama. Vuelvo a salir de la cama. Hago la maleta, bajo las escaleras de caracol del hotel y la llevo hasta el maletero del autobús. El día no se demora; la noche acaba rápidamente, como si se sintiese fuera de lugar. Voy a por mi último desayuno en el restaurante del hotel: cereales, café y basta, que llevo días comiendo fatal.
Salimos con el autobús y llegamos en poco tiempo al Mont-Saint-Michel. Un desierto blanco, desalmado, enfangado, por el que dentro de ocho horas trepará la marea. Un monte alto y arrogante, pequeño y pretencioso, hecho a medida para los hombres.
En un sitio tan visitado como es el Mont-Saint-Michel, he recordado cuán penoso es el turismo. Los turistas son —somos— pura insensibilidad, pura alienación. Hacer fotos, comer opulentamente, retener dos o tres datos básicos. Los turistas somos como babosas; recubrimos de un brillo repugnante algunos lugares que solían tener encanto. Esta abadía no puede gustarme, puesto que no hay forma de que me acerque a ella; por más que pise sus salas, la veo con la lejanía de las aglomeraciones.
Bajamos de la abadía. Salimos de la isla. Comemos antes de regresar al autobús: un pastel de pescado, carne con patatas y un merengue con flan en la base. Vista la proximidad a España y los días que llevamos de viaje, cada vez me interesa menos la gastronomía de este país.
Playas del desembarco. Tumbas de americanos. La lluvia cayendo sobre un estanco con nenúfares impresionantes. Mal tiempo: un plus de solemnidad. Sin embargo, mi desinterés es mayor que el atractivo de este lugar. Definitivamente, hoy es el día más aburrido del viaje.
La esperanza aún riza las olas de la orilla de Arromanches. Las olas se acercan como dando un inmenso abrazo, con el ruido de la victoria y de un carrousel que suena de fondo.
Caen. Visita rápida. Cena de bufet libre en el hotel. Habitación individual, por fin. No salgo a caminar después de cenar porque llueve. Me tomo una dulce ducha.
17 de agosto de 2018. Caen, Deauville, Trouville, Honfleur, Rouen
Desayuno y vuelta solitaria por Caen. Hay chicos que salen a correr y chicos que salen a pasear su perro. La iglesia de Saint Pierre lo observa todo, desde sus puntas góticas, con sus vestimentas apasionadas. No hay casi ninguna alma por las calles.
Deauville: zona residencial para ricos. Tiendas caras, edificios lujosos. La gente se pone la óptica del turista de mierda y lo ve todo interesante; el interés que no ponen en su propia cotidianidad lo ponen en estos lugares a los que han llegado de forma gratuita —gratuita y, al mismo tiempo, costosa. No hay nada apasionante ni profundo en la vida privada de los famosos, pero, para el siglo XXI, nada que tenga que ver con el dinero puede ser desperdiciado. Bajar del autobús, hacer fotos, volver a subir al autobús. Es inquietante formar parte de este rebaño de ovejas; todos están estupidizados, nadie parece darse cuenta del absurdo de moverse por estos sitios sin concederles ni el más mínimo sentido propio.
Trouville. En las tiendas cercanas a su puerto, pruebo las ostras por primera vez en mi vida. Seis ostras con limón. Nada del otro mundo. De hecho, creo que prefiero los mejillones, más parecidos a la carne. Cuanto más se parece un pescado a la carne, mejor sabe. El aliento me huele a mar durante toda la mañana.
Honfleur. Ningún interés. Su mayor atractivo es una iglesia de madera que encontramos cerrada. Muchos visitantes, gastando las calles.
Llegada a Rouen. Buenas vibraciones. Previsiblemente, junto a Burdeos y Rennes, se convertirá en uno de mis destinos favoritos de este viaje. Comida en Brasserie Paul, restaurante céntrico: ensalada con melón, pollo con salsa de champiñones y patatas con crema de leche, coulant con helado de Calvados.
Por la tarde, voy al Musée Flaubert et d’histoire de la médecine. Soy el único visitante de la tarde. Cierran antes de las seis. Más tarde, paseando, entro en diferentes librerías preguntando por Cahiers de jeunesse, de Beauvoir: no lo encuentro en ningún lado. Me doy por vencido y empiezo a buscar las Œuvres de jeunesse de Flaubert; las acabo comprando en un Fnac. Las ojeo en una terraza de la Place du 19 avril 1944 tomando un vino tinto. Antes de que haya apurado mi copa, veo a un chico que cruza la calle con calcetines negros hasta las rodillas y bermudas de un color claro; la gente de las demás mesas se lo quedan mirando descaradamente; no negaré que yo también me fijo descaradamente en él, fascinado por su atrevimiento, por la cadencia de sus pasos, por ese «que hablen» que derrocha el aire que lo rodea. Acabo mi vuelta casi a las ocho de la tarde, admirando la Catedral de Ruan y las esculturas del Palacio de justicia.
Cena en un restaurante. Vemos la catedral iluminada, muy tarde. A la cama a medianoche.
18 de agosto de 2018. Rouen, Chartres, Clermont-Ferrand
Desayuno en el hotel y doy la última vuelta por el centro de Rouen. Algunos franceses jóvenes vuelven de fiesta, otros desayunan en las pocas terrazas que hay a estas horas. A las ocho, salimos con el autobús hacia Chartres.
La catedral de Rouen, vista desde sus calles colindantes, recordaba a una serpiente acercándose a su presa. Emergía, se escondía. Parecía insignificante en su parcialidad y, sin embargo, en su conjunto no tiene más que magnificencia.
La catedral de Chartres no me dice nada; a lo largo de estos viajes en agosto, he visto tantas que ya soy inmune a su poder estético: es algo triste e incluso lamentable. Doy una vuelta por el mercado de Chartres, en plena ebullición, y tomo un café crème en un lugar llamado Le Café des Arts. Estoy solo en la terraza, que da a la calle. El sol me da en el lado izquierdo de la cara, dorándome, como un lienzo cuyo pintor laca antes de presentar ante el público.
Comemos en Chartres. Un hojaldre de queso con ensalada, carne y un bizcocho con licor y una crema muy fina. Después, iniciamos el largo trayecto hasta Clermont-Ferrand.
Llegamos a Clermont-Ferrand a eso de las siete de la tarde. Descanso en el hotel. Salgo a pasear a las ocho. El atardecer, esa luz naranja, la catedral, mil voces en las terrazas. Me cuelo en un parque ya cerrado en el que hay una estatua de Blaise Pascal. Vuelvo al hotel pacientemente, degustando cada paso. Cenamos una sopa con pimienta, una carne indescifrable —bueno, no sería tan indescifrable si alguien le hubiese preguntado al camarero de qué era— y una macedonia. Llevo ocho días queriendo tirarme a un francés sabiendo que estoy en un viaje familiar; cuando tuve la oportunidad, la desaproveché; el resto del tiempo, lo he pasado queriendo recuperar esa oportunidad sin ningún éxito.
Después de comer, damos una vuelta por las proximidades del hotel. Nada de interés. Prácticamente no hay movimiento por la calle. Me tomo una ducha; me tomaría mil. Me siento sucio. Qué vacío más grande y tonto. Lavarme, lavarme, lavarme. Quitarme las manchas, el sudor, las pecas, el vello, la grasa, los rasgos de la cara. No quiero mirarme en el espejo mientras me seco el cabello. Diez y media. Dormir, dormir, dormir. Pero no puedo.

19 de agosto de 2018. Clermont-Ferrand, Narbona, casa
Desayuno en el hotel. Paseo rápido, con brío, por el parque Lecoq. Salida con el autobús casi a las ocho de la mañana. Ganas decididas de entrar en casa.
Viaducto de Millau: una rotunda genialidad. Hacemos solo dos paradas al largo de toda la mañana. Leo con fruición el prefacio y la introducción del libro de Flaubert que me compré.
Ojalá este día pasase ya de largo. Necesito que lleguemos a mañana. Estar en casa, escribir en el ordenador, sentirme en paz entre cuatro paredes. No hay nada que debamos rehuir con más insistencia que las vacaciones, y aquí estoy. Pero, mañana por la mañana, cuando me ponga a escribir, ¿qué haré? Algunas historias me dan vueltas por la cabeza, pero las podría resumir en una simple frase y están poco maduras. Mi mayor deseo sería escribir dos novelas al año, como los diseñadores de moda presenten dos pares de colecciones anualmente. Pero eso solo es un deseo. La realidad es que llevo meses bloqueado, empezando la misma novela una y otra vez, aburriéndome con cada nuevo comienzo, sintiéndome inseguro y como si toda mi vocación fuera pura falsedad. Solo consigo escribir fragmentos, diarios, cosas que, intentando decir algo sobre mí, solo revelen mi sombra. ¿Volveré a tener la fuerza necesaria para escribir una novela? ¿En el caso de que sea así, haré alguna novela buena? Ahora mismo, solo sé preocuparme.
Almorzamos en Narbonne: pimientos rellenos, un cuarto de entrecot, pastel de manzana. Volvemos a la carretera. Cruzamos la frontera. El autobús va descargando los pasajeros en sus respectivas ciudades. Llegamos a casa; si bien llevo días echando de menos este lugar, ahora solo deseo volver a irme. Deshago la maleta, ordeno mis asuntos. Este diario es pura desproporción; no debería ver la luz. ¿O sí?

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