sábado, 4 de agosto de 2018

(Diario) 4 de agosto de 2018



Por la mañana, salgo a correr y leo frenéticamente. Después de comer, tomo el autobús a Barcelona, decidido a visitar la exposición que han dedicado a Gala y Dalí en el MNAC. Nadie me acompaña; no he conseguido a nadie que lo hiciera; de hecho, no sé si prefiero esta soledad quebradiza que se experimenta en las ciudades o la compañía de alguien.
Una niña, en la parada de autobuses, se revuelca por el suelo como si fuese un animal. Sus padres le advierten que se va a ensuciar. ¡Qué dulce es la poca consciencia con que viven los niños! En la playa, les da igual que el bañador se les baje demasiado y se les vea el comienzo del culo; para ellos, no existe la vergüenza. Y hay una gran relación entre la vergüenza y el saberse vivo, la consciencia, la autoconsciencia.
La exposición Gala Dalí quizá dedica mucho espacio a un contenido que merecería menos. La cantidad de visitantes me impide acercarme a las obras. Luego paseo por las salas de la colección permanente: por las de Arte Moderno, Renacimiento y Barroco. En menos de hora y media, siento que he terminado la visita. Del mismo modo que he llegado al MNAC caminando desde Ronda Universitat hasta Avinguda Maria Cristina, repito el trayecto de vuelta. Me detengo unos minutos en un banco de Gran Via; hoy tenía una cita con un chico y, sin embargo, no se debe haber acordado de ello, puesto que no me ha dicho nada. ¿Qué caracteriza los tiempos de Tinder y Grindr? Que la gente empieza a hablar contigo sin tener una verdadera intención de conocerte, solo para pasar el rato. Así, me veo abocado a decenas de conversaciones que no me llevan a ningún lado.
No estoy en mi mejor momento. Debería cambiarlo. ¿Y si estoy pasando por una transformación? Una transformación llena de hastío, en que el sinsentido de la vida se hace evidente. La filosofía ya no me sirve —no tanto como antes, quiero decir. «Filosofar no es sino otra forma de tener miedo y no conduce sino a simulacros cobardes», escribe Céline. Había olvidado que mi voluntad no es la de dar respuestas, sino la de imaginar. Se me impone un regreso a la ficción y, sin embargo, ¿cómo funcionaban los mundos que quedan fuera de la realidad, que solo existen en la mente del escritor? El amor, la muerte... Sigo queriendo hablar de los mismos temas, pero recordar eso no sirve de nada, puesto que la literatura se hace desde la concreción. ¿Dónde encontrar la vida? ¿Y la belleza? Me noto al inicio de un camino de bosque que tanto podría conducirme a una magnífica cascada como a una serie de senderos laberínticos, de la que finalmente saldría sin ningún provecho.

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