jueves, 2 de agosto de 2018

(Diario) 2 de agosto de 2018



Por la mañana no escribo. Casi que ni leo. Después de comer, voy un rato a la playa con Paula. Más tarde, tomo el autobús hacia Barcelona: hoy salgo de fiesta a Apolo con Laura; ella nunca ha estado en esa discoteca, así que se la ve ilusionada. Yo he ido perdiendo las ganas a medida que avanzaba el día y que veía más claramente que beber y bailar puede solucionarme la noche, pero que sigo metido en el mismo mar de confusión de siempre.
En Barcelona, primero, me encuentro con Laia. Vamos a tomar un café a la Plaça Vicenç Martorell. Está tan radiante como siempre. Consigue que sonría con una facilidad inaudita. Me habla de su enamoramiento; la envidio silenciosamente, mansamente.
Después, voy solo al Teatre Poliorama a ver La importància de ser Frank, dirección de David Selvas. Convertir un clásico en un musical siempre va a ser una operación arriesgada; en este caso, el público acaba eufórico, aplaudiendo como nunca antes se ha aplaudido; nada como una comedia musical para conducir al ser humano al frenesí más absurdo.
Cuando salgo, Laura me está esperando en la puerta. Vamos a tomar unos cubos de birras a La Sureña y, más tarde, intentamos pillar el metro, pero ya ha cerrado. Vamos a un pakistaní a por alcohol; no lo puede vender más tarde de las once y ya son las doce pasadas. Vamos a otro pakistaní; este sí que nos lo vende, pero muy caro. Andamos hasta Sala Apolo, por calles de Sant Antoni. Tomamos un cubata en Marcopolos y entramos a la discoteca. En la cola, conozco a un chico monísimo que estudia Magisterio, pero ya no vuelvo a verlo en toda la noche. Laura y yo bailamos, bebemos. No hay más. Bueno, sí: fumamos. Bromeamos. Vamos a la terraza; el mural de Marina Capdevila es imponente. Conocemos a un chaval negro que tiene marihuana; solo algunos calos. Conocemos a dos chicos con el cabello largo y una pin-up. Pasamos gran parte de la noche con ellos.
Nos vamos a eso de las cuatro y media o las cinco. Rehacemos el camino hasta el centro. Compramos helado Häagen-Dazs y una bolsa de patatas. Tomamos el primer tren, a las seis de la mañana. Nos dormimos. Afortunadamente, me despierto en la parada antes de Mataró. Bajamos. Subimos andando a casa. ¡Cuántas calles nos hemos pateado! El sol, amaneciendo, me devuelve las preguntas de cada día: «¿Qué va a ser de ti?»

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