martes, 10 de julio de 2018

(Diario) 10 de julio de 2018



Por la mañana, leo. Por la tarde, veo a Laura, que llega tarde. Tomamos dos cervezas en El Pati. Me cuenta que, el otro día, por la madrugada, oyó unos golpes que venían de casa de su vecino de puerta; minutos más tardes, apareció la policía; su vecino se había tirado por el balcón; vio cómo lo cubrían con una especie de lona plateada y esa imagen le horrorizó. Se ve que vivía solo, que bebía, que llevaba muchas putas a su casa. ¿Todos esos datos revelan algo? Sí, pero, si no hubiera ocurrido nada, no revelarían tanto.
Me cuesta distinguir a la gente que se está hundiendo, ¿será porque yo mismo lo hago? Si yo mismo lo hago, nunca he dejado de hundirme. Vivo constantemente preocupado por la cuestión de cómo vivir. Seguramente viviría con algo más de comodidad y en las mismas condiciones si no me lo preguntase, pero es que miro hacia mi alrededor y, algunos días, solo veo decadencia. De hecho, si me pongo a recordar y hago una reflexión panorámica sobre mi vida, todo me parece un declive. Si me limito a observar lo que tengo a mi alrededor en este preciso instante, nada parece tan terrible y la vida es más llevadera.
«Piensas demasiado», esa jodida observación. Durante un tiempo, creí que era imposible pensar demasiado. Quería pensar más. Quería controlarlo todo. En un documental sobre Sartre, un amigo suyo decía: «Sartre nunca paraba de pensar.» Quería ser así. ¿Y de qué me sirvió quererlo? De nada.
Para mi edad, he escrito bastante. Nadie me lee. Muchos considerarían que todo lo que he escrito es banal. Puesto que he escrito mucho sobre el mismo hecho de escribir, es como si la mayoría de mis textos fuesen una gran paja. ¿Cómo salir de este círculo vicioso? ¿Es posible salir? ¿Cómo romper las costuras de lo que he vivido y estoy viviendo y pasar a algo completamente distinto? No me ahogo en el día a día, pero si pienso en mi vida en general me entra vértigo y quiero cambiarlo todo o morir.

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