jueves, 7 de junio de 2018

(Microcuento) Tres edades



El estudio del pintor era espacioso. Por las mañanas, los lienzos quedaban cubiertos por una dulcísima luz. No solía ponerse a trabajar hasta las once. Ese día tuvo que presentarse en el estudio antes de lo normal porque una clienta, Isabel, lo había citado a las diez.
La joven llevaba una cinta celeste en el cabello que le hacía parecer menor. La invitó a tomar asiento. Después de echar una ojeada al desorden de la sala, la chica le hizo una propuesta: «Querría pedirle un retrato de mi abuela.» Sacó una foto de esta. «Está gravemente enferma, pero quisiera guardar algo de ese rostro tan lindo para cuando ya no esté, ¿sabe?» El pintor asintió con la cabeza.
El día siguiente, se plantó delante de una tela blanca. Pegó la imagen que Isabel le había dado en uno de los márgenes. Las últimas palabras de la chica resonaban en su cabeza: «Sobre todo quisiera que fuera fiel a la foto. Sé que en ella mi abuela se ve desfavorecida, pero busco un recuerdo suyo directo, sin cosméticos.» El pintor tenía miedo: ¿si pintaba a la mujer con verosimilitud, el resultado parecería real o demasiado dramático?
Cuando hacía unas horas que había empezado la pintura, alguien llamó al timbre. Era una mujer de cincuenta años. Se presentó como la madre de Isabel. El pintor estaba deslumbrado por la sofisticación de aquella mujer, el azul de su vestido. Al enterarse de que su hija había sugerido al pintor que fuese fiel a la foto de la anciana, chistó: «Creo que ha habido una terrible confusión. No queremos nada que sea demasiado crudo. La vida ya es de por sí suficientemente triste, ¿no? Disimule el estado lamentable de mamá, por favor.» Aunque esa rectificación del encargo le dejó algo confuso, se encogió de hombros y dijo que haría lo que le mandasen hacer.
La mujer se fue y el artista regresó al lienzo. Lo sacó del caballete y lo dejó arrinconado. Cogió una nueva tela y volvió a empezar la pintura. Esta vez usó muchos colores e hizo que los rasgos de la anciana fuesen más joviales. Al cabo de una semana, Isabel acudió a recoger el resultado. Le dijo: «Mi madre me contó que vino a modificar el encargo. Siento haberle confundido en un primer momento.» El pintor le dijo que, antes de que la señora llegase, había empezado una versión «un pelín truculenta» de la obra y que la había dejado a medias. La joven le pidió que guardase esa versión, puesto que algún día, cuando ganase dinero, la compraría.
Con el paso del tiempo, el estudio del pintor se convirtió en un lugar ordenado: la vejez ya no le permitía ser caótico. Isabel apareció por allí una tarde de primavera: «¡Han pasado veinte años y aún la reconozco!», exclamó el artista. «He venido a saldar la deuda que teníamos pendiente: le compro el retrato que hizo de mi abuela.» El artista no cabía en sí de alegría. «También quisiera hacerle un nuevo encargo», continuó ella. «Querría un retrato de mi madre. Sin embargo, esta vez, ¿podría pasar por alto las arrugas de su cara? ¿Y la rigidez de sus hombros?»
OBRA DE PIERRE-AUGUSTE RENOIR.

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