viernes, 1 de junio de 2018

(Carta) Carta a un lector sagaz



(¿Me permites que te llame amigo?)
Querido amigo:
Puede que nunca leas esta carta porque no te la enviaré directamente ni te llamaré por tu nombre en ella, pero necesito escribirla para ordenar pensamientos y disponer el futuro, como quien prepara el terreno antes de empezar a sembrar. En primer lugar, contaré qué pasó entre nosotros dos. Seguidamente, hablaré de la razón —o las razones, aún no lo tengo claro— por las que no puedo seguir lo que me aconsejaste.
El pasado catorce de febrero, publicaste un tuit en el que te referías a mí. Desde entonces, no he podido vivir del mismo modo. En el tuit, me describías así: «Un ejemplar puro de vanidad, narcisismo, suficiencia y absoluta falta de elegancia.» Hasta aquí, nada nuevo: ya en dos mil once, cuando colgué un relato titulado Ella, 1942 en Internet, recibí un tuit en el que una veinteañera me decía que nunca antes había leído algo tan espantoso y pedante. Desde ese día, las críticas me han acompañado; ante algunas, he reaccionado como quien oye llover. (También tengo que admitir que, en los últimos tiempos, más que críticas, he recibido silencio. No estoy seguro de que sea algo mejor.) Sin embargo, al leer tu tuit, noté algo que lo distinguía de los demás: en él, latía una fuerza que no era la del odio, sino la de la pasión. Al día siguiente, lleno de curiosidad, empecé a seguirte y, a las pocas horas, recibí un mensaje tuyo: «Espero que te hayas tomado mi severidad como gesto de interés. El día que dejes de mirarte al espejo y mires las cosas como si tú te hubieras muerto quizás podrías hacer algo parecido a lo bueno.» Ante unas palabras semejantes, no me indigné, sino que quise saber más.
Te respondí intentando ser razonable, diciendo que aspiraba a la excelencia, que solo el tiempo me mostraría si podía hacer algo bueno, etcétera. Lo único que me dolía era que mi intención de ser humilde, que mantenía como una prioridad, no había impedido que la imagen que tuvieses de mí fuese la de alguien que solo sabe mirarse el ombligo. Entonces, me diste un consejo, y seguirías desarrollándolo durante las siguientes semanas: «Un gran escritor es, ante todo, alguien que se equivoca poco, no quien acierta un buen día. Olvídate de ti mismo, de los espejos, de lo que piensen los demás. Lo exterior a ti es demasiado importante para que estés pensando en ti todo el rato. No vales nada, como yo, como todos. Deja de intentar amarte a través de los espejos.» «Narciso muere ahogado en su propio reflejo. Está loco de amor por su imagen. La imagen es tu talón de Aquiles, tu maldición. No cuestiono tus buenas intenciones sino tus pésimos resultados. A Proust le daba igual lo que pudiéramos pensar tú o yo de él o de su obra.»
Si he pensado en tu consejo continuamente hasta hoy mismo, primero de junio, es porque se dirigía a la esencia de la cuestión. Le veía incluso un lado contradictorio que lo enriquecía: me recomendabas que escribiese como si estuviese muerto y, al mismo tiempo, me decías que a Proust le daría igual lo que pensáramos de él. ¿Así pues, tengo que hacer como Proust y olvidarme de la opinión de los demás o bien seguir tu consejo? Te dije que me veía incapaz de cambiar y afirmaste: «Todo se cura. Lo importante es las ganas que tengas de estar por encima de tus miserias.» ¡Ojalá fuese así, amigo! Pero, por más que he intentado llevar mi escritura en distintas direcciones, en las posibles direcciones de la calidad, siempre me he dado de bruces contra el suelo. Muchas veces he intentado limitarme a hacer algo que estuviera mínimamente bien. Siempre fracasaba. Acababa haciendo textos sin vida y, de paso, me frustraba. No quisiera sonar derrotista, pero estoy muy cansado para tener veinte años. No hay motivos materiales para que lo esté. Veo chicos a mi alrededor que tienen aspiraciones y las cumplen, pero, mientras tanto, lo único que yo sé hacer es golpearme contra la pared. Sé que los demás lo advierten: no dicen nada, pero ese silencio —que precisamente es el silencio del que te hablaba antes— les delata. Sí, quizá no esté haciendo nada bueno, quizá sea un vanidoso y no haya más, quizá tenga demasiada tontería, quizá demasiadas cosas. Nos quieren convencer de lo contrario, pero no estoy seguro de que todo el que quiera pueda. De verdad que me avergüenza hablar como si todos los males del mundo se concentrasen en mí, porque no es así y debería dar gracias por la suerte que siempre he tenido, pero no veo que mis ganas de salir de la miseria me hagan salir de ella. Quizá llegue a maquillar esa miseria, pero no alcanzo nada que esté más allá. Me han educado para pensar que puedo hacerlo todo, pero, francamente, lo que veo es que solo un Dios me podría salvar, solo un cambio de las circunstancias podría favorecer que todo fuese de otro modo. (Lo que estoy escribiendo está completamente alejado del sentido común y a mí me gusta aferrarme a este, pero insisto: creo que tengo que expresarlo, por más que me equivoque.)
Tuvimos largas conversaciones. Mil gracias por haberte fijado en este diminuto universitario con veleidades literarias y por haberle dedicado un poco de tiempo. Te hablé de mis escritores favoritos: Beauvoir, Sartre, Gide, Pla, Knausgård, Proust… Y tú puliste tu consejo: «Una mesa. Eres un carpintero, haces un oficio. No arte. Oficio, para empezar. Has de hacer una mesa. Nada de Narciso ni biografías: una puta y simple mesa. Olvídate de ti mismo. Sométete al tema. Una simple mesa, ¿me entiendes? Primero, una tortilla. La tortilla es un ejercicio de modestia y de minimalismo.»
La fuerza que había notado en tu primer tuit, aunque no supiese nada de ti, ya tenía que ver con lo que tus consejos me demostraban: que no me encontraba ante uno de tantos haters que abundan en Internet, sino ante un lector sagaz. Veía, observando mi propio recorrido en la literatura y gracias a tus comentarios, que, si bien en un principio había recibido muchas críticas por usar un lenguaje demasiado pomposo, ahora el problema no se hallaba en la forma de mis escritos, sino en el contenido mismo. Escribiendo mi Diario de adolescencia, había pasado grandes ratos, pero escribir un diario es una actividad circular: cada día recomienzas. Y cada día vuelves a hablar de ti mismo. De acuerdo: en un primer momento, había renunciado a un lenguaje pomposo porque sentía la necesidad de hacerlo. Ahora, me tocaría dejar de hablar de mí mismo con tal de empezar a mejorar, ¿pero cómo? ¿Sobre qué escribir? ¿Cuando escribimos o, sencillamente, cuando miramos el mundo, hacemos algo más que vernos a nosotros mismos? Quería entenderte, amigo, pero me costaba hacerlo.
«Necesitas olvidarte de ti. Ir al tema que te has marcado», me decías. ¿Pero, ahora mismo, puedo marcarme un tema? ¿Cuál? ¡Si no tengo ningún tema en mente! ¿Sabes qué pasa? Que, cuando empecé a escribir, lo hacía conducido por los argumentos: se me ocurría una idea para un argumento y corría a escribir un relato a partir de esa idea. Últimamente, creo haber perdido esa facultad de creación. No se me ocurren argumentos. Quizá sin esa faculta esté muriendo el literato que llevo dentro, pero no me cabe duda de que mi escritor sigue vivo. Puede haber vida más allá del argumento. Quizá me esté alejando de la literatura, pero estoy más cerca que nunca de la escritura. Dejar de considerarme un literato me dolería porque la literatura es un diálogo inacabable, hermoso, con autores que siempre he amado. Ahora bien: si debo hacerlo para poder volver a escribir, para volver a apasionarme con las palabras, no dudaré de la bondad de esa decisión.
Digo «para volver a escribir» porque, desde que tuvimos esas conversaciones, no he sido capaz de escribir más que fragmentos, frases sueltas. Nada extenso, nada. Los proyectos extensos exigen confianza en ellos, y yo, intentando seguir tu consejo de escribir como si estuviera muerto, de someterme al tema, he acabado aborreciendo la escritura. Algunos autores dicen que, cuando se sientan a escribir, sufren, pero eso está a años luz de la relación íntima que siempre he tenido con la escritura.
Me recomendaste Música para camaleones, de Truman Capote. Relatos. Relatos magníficos. El libro me encantó, aunque no me sirvió para ponerme a escribir. Es obvio que no puedo medirme con Capote. Más allá de eso, tengo una concepción de la literatura —¿o, visto lo visto, debería empezar a hablar solo de escritura?— que no se corresponde con la de muchos grandes literatos. «Primero, la artesanía. Después, el arte», me proponías; comprendía lo que querías decir, pero, cuando me plantaba ante la hoja en blanco, no podía hacer un texto de las características de uno de Capote, Hemingway o algún clásico por el estilo. Son muy buenos, son genios, hacen cosas asombrosas, pero, aunque disfruto leyéndolos, no hacen lo que he pretendido hacer. Lo que he pretendido hacer: no hablo solo de lo que racionalmente ha sido mi deseo hacer, sino también de lo que me he visto capaz de hacer, de lo que he sentido como mío, propio.
Algunos grandes escritores, como Edgar Allan Poe o Quim Monzó, han construido, a través de sus narraciones y novelas, auténticos edificios. Su esfuerzo es muy plausible. Sin embargo, siento que mi obra debe o —aún mejor— solo puede ir en otra dirección. No quiero hacer un edificio altísimo, una arquitectura admirable, sino una montaña. Y no hablo de una montaña con solemnidad, sino que hablo de una montaña crudamente: una montaña, es decir, tierra. Una montaña, sedimento. El sedimento es lo que sustenta lo mayor, es la base. Me interesa ir a la base de las cosas, tener un pensamiento original —no original como innovador, sino original como cercano al origen. Un único pensamiento, un pensamiento sobre lo que está en la base. Si pensar y sentir es lo que nos configura más fuertemente como personas, quiero escribir desde esos verbos, y no desde la agitación de las tramas más ingeniosas y entretenidas. No me interesan las tramas, ni los argumentos. Hace tiempo que se me dejaron de ocurrir argumentos, aunque sigo apegado a la escritura como lo más hondo de todo lo que da sentido a mi vida.
Quizá lo que pretenda hacer no se puede considerar literatura. Quizá, en efecto, sea solo un gesto de vanidad —aunque me deprima confesarlo, puesto que, francamente, solo he deseado ser humilde. Pero el tiempo apremia y no me puedo permitir algo así como vivir lo que no deseo vivir, escribir lo que no querría escribir. Si estoy yendo en una mala dirección, necesito llegar hasta lo peor. Intuyo que solo en lo peor habrá la esperanza del reflote. Ojalá algún día me comprendas, aunque no leas esta carta. Y ojalá algún día corresponda a tus consejos, aunque ahora solo me dirija hacia el fondo.
Xavier.
OBRA DE MARC CHAGALL (1959).

2 comentarios:

  1. Me ha inspirado mucho este texto... Gracias por traer de nuevo a este espacio pequeños regalos como este.

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