martes, 29 de mayo de 2018

(Diario) 29 de mayo de 2018



Me levanto. Apago el despertador. Oigo un ruido lejano, como si estuvieran arrastrando un timbal por la calle. Levanto la persiana. Oh, lo que pasa es que está lloviendo: el agua cae con furia, diligentemente, en línea recta. Su fuerza va en aumento. A los lados de la calzada, se forman unos maléficos ríos. Todos quedamos subordinados al agua: ¿cuándo podremos salir de casa?
El sábado pasado por la noche, celebré el cumpleaños de Maria cenando en su casa; también vinieron su prima Claudia y Paula. Luego salimos de fiesta por Clap: a eso de las cuatro o cinco de la noche, estaba demasiado bebido y había perdido el control de mis movimientos; sin decírselo a nadie, salí de la discoteca y volví a casa solo. Me pasé el domingo durmiendo; cada vez que intentaba levantarme de la cama, me mareaba. Ayer, lunes, tuve un examen que me temo que habré suspendido. No estoy dentro de ningún agujero: sigo caminando sobre la faz de la tierra.
Hoy, a las ocho y media, voy a recoger los resultados del análisis de sangre y la radiografía que me hicieron al médico. Llevo semanas sin correr; me siento fatigado. No me gusta ir a la piscina, me cuesta respirar cuando estoy dentro del agua y el lugar huele a gente mayor y a sudor infantil.
Última clase de mi asignatura favorita. Cuando salgo (¿cómo no?) empieza a lloviznar. De camino a la cola del autobús, me cruzo con N, un chico de Erasmus que también ha asistido a esta asignatura y con el que tomé unas bebidas hace semanas. Dijo que quería que volviésemos a quedar, ¿pero de qué habría servido? Pese a su simpatía, pese a su naturalidad, no me despertaba el más mínimo interés. Nos saludamos. «Algún día nos tenemos que ver, ¿eh?», le dijo. Supongo que esas palabras salen de mi boca por cortesía, porque no sabría despedirme de otra forma, porque soy un pusilánime que no sabe expresarse con decisión y crudeza. «Si tú quieres, sí», me responde. No cabe duda: notó que no me causó una gran impresión.

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