miércoles, 4 de abril de 2018

(Microcuento) Un jersey azul y tejanos gastados



Hacía mucho tiempo que Anna no salía de fiesta. Si había hecho una excepción esa noche era porque sus amigos se lo habían pedido insistentemente: «¡Es tu cumpleaños! No tiene sentido que sea tu cumpleaños y todos salgamos de fiesta menos tú.» La lógica aplastante de ese argumento le había hecho aceptar.
Sala Apolo había abierto media hora antes, más o menos. Aún no había mucha gente en la pista. Entraron en la discoteca con paso seguro, como si fueran a comerse el mundo. Habían bebido unos cuantos chupitos en un bar pakistaní que había a tiro de piedra. El sitio hacía un olor indescriptiblemente característico: por buscarle un parecido con algo que nos sea conocido, podríamos decir que era olor a perfume antiguo. Casi todo estaba a oscuras y solo había algunas lámparas de luz roja que hacían que la discoteca pareciese un peli de terror.
Anna era quien más había bebido antes de entrar. Las rodillas le flaqueaban como si hubiera estado andando durante horas por el desierto. En sus labios había una sonrisa como de satisfacción, ciertamente estúpida. Extendía los brazos en el aire; el alcohol en sangre le hacía imaginar que levitaba. Se echaba a reír frenéticamente por cualquier tontería. Uno de sus amigos pidió disculpas por ella cuando pisó el pie de un desconocido.
Una hora más tarde, la sala estaba llena. Era jueves, así que ponían desde música de los setenta hasta música de los dos mil; de vez en cuando, se les colaba algún hit actual con el que reanimaban al público. Como que la zona de fumadores estaba cerrada, un par de individuos habían encendido sus pitillos en medio de la platea y nadie les decía nada. Una chica se subió a una mesa e hizo como si estuviera encima de una tarima, pero Sala Apolo no era una discoteca con tarimas y aquello simplemente resultaba ridículo.
Anna se separó de su grupo de amigos para ir a pedir un nuevo cubata. Apoyando los codos en la barra, gritó: «¡Vodka lima!», y esperó. Giró la cabeza hacia la izquierda y descubrió, muy cerca, justo a su lado, una melena castaña que caía por los hombros de una chica. La miró a los ojos, buscando algo todavía más perfecto que ese cabello: en efecto, se topó con una mirada verde. Llevaba un jersey azul que no era de su talla. Sus tejanos gastados sugerían cierto descuido, cierto descuido muy logrado. La muchacha se quedó mirando a Anna, sorprendida porque esta no le sacase los ojos de encima; luego, desapareció.
Nuestra protagonista, después de beberse el vodka en un solo minuto, la buscó. Dio un pequeño rodeo por la sala, pero había muchas chicas y ninguna era la que la había dejado asombrada. Acabó rindiéndose y volvió con sus colegas. No es extraño que, cuando dejas de buscar una cosa, la encuentres. La desconocida chocó con Anna sin querer y le pidió perdón: «Me han empujado, lo siento», y sonrió. «No te preocupes, ¿cómo te llamas?», preguntó Anna. Algunos focos amarillos y azules habían venido a añadirse a las luces rojas del principio y caían sobre la multitud. Su misión era colorear todo ese mar de gente hundida en la penumbra.
Estuvieron hablando durante un rato. Anna se acercó al oído de la desconocida y le susurró algo. «No, no puedo», contestó esta. Anna le puso las muñecas sobre los hombros y volvió a susurrarle algo, próxima a su mejilla. «Lo siento», dijo riendo. «No me va ese rollo.» Anna no encontró otra cosa que responder: «¡A mí tampoco!», pero no solucionó nada, puesto que la desconocida se fue y no la vio de nuevo.
Anna regresó con sus amigos. Habían conocido a un tipo muy simpático que se llamaba David. Se lo presentaron. Anna le dijo que encantada, que esperaba que se lo estuviera pasando bien. No tenía ganas de hablar con nadie, pero ese chico la observaba por el rabillo del ojo y, de vez en cuando, le soltaba algún comentario como para invitarla a iniciar una conversación. Anna no le prestó atención hasta que David comentó que estudiaba una ingeniería.
Anna y David se fueron a vivir juntos al cabo de unos tres años. Tuvieron una hija a la que Anna hacía trenzas cada día y que decía que quería ser como papá. Se hacían muchas fotos y las colgaban en las redes sociales. Cuando la niña cumplió seis años, Anna se arrepintió de haber subido tantas fotos suyas a las redes y las eliminó. Tenía mucho tiempo libre porque no trabajaba. Solía pasar las tardes yendo de compras por el centro: lo que más le gustaba era encontrar prendas para su hijita. Tenía una obsesión con comprarle jerséis azules y tejanos gastados. Su obsesión llegó tan lejos que, un día, la niña, con ocho años, llegó del colegio llorando y gritó a su madre: «Los nenes de clase dicen que no tengo más ropa que la que llevo puesta porque siempre visto igual.» Anna le acarició una mejilla y le dijo que ella era mucho mejor que todos esos nenes.

Antes de que la niña llegase a la pubertad, David se mudó: dijo que ya no aguantaba toda esa farsa. De lunes a viernes, Anna solía tener a su hija en casa. Cuando creció, sin embargo, empezó a preferir la casa de su padre a la de su madre, puesto que estaba más cerca del colegio y en ella tenía su colección de discos. Anna se conformaba con las decisiones de su hija: no tenía alternativa.
OBRA DE EDWARD HOPPER (1957).

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