sábado, 28 de abril de 2018

(Microcuento) Torre de Babel



Hoy nos hemos desplazado hasta el centro de Girona para entrevistar al escultor P en su taller. Lo hemos encontrado, literalmente, con las manos en la masa, cosa que no le ha impedido que nos hiciera una breve visita por el edificio medieval en el que se encuentra su lugar de trabajo y que nos mostrara sus obras más recientes.
P ha expuesto en galerías internacionales desde su juventud, aunque aquí, en el país en que nació y reside, apenas hemos podido ver sus esculturas en un par de exposiciones en que ha aparecido con otros artistas plásticos. No habla con resentimiento de esta situación y asegura que prefiere pasar desapercibido, puesto que eso le permite seguir creando sin los obstáculos que supone ser una figura mediática.
Quizá una de las características más sorprendentes de este creador sea la lentitud con que trabaja. Habiéndose dedicado durante más de cinco décadas al mundo de la escultura, la cantidad de sus obras que han sido reveladas es limitada y de excelente calidad. «¿El motivo por el que muestra tan pocas esculturas es porque no quiere obras menores? ¿Quiere que todo lo que haga sean obras maestras?», le hemos preguntado. Llevándose una mano a la barbilla, ha reflexionado durante unos segundos y ha afirmado que no sabría cómo contestarnos: nunca se ha parado a pensar en la diferencia entre unas obras y las otras.
Haber entrado en el taller del escultor nos permite descubrir su proceso. P empezó haciendo esculturas pequeñas, del tamaño de una mano; hacía figuras de mujeres, hombres y, en alguna ocasión, gatos arrodillados. Poco a poco, fue aumentando el tamaño de sus esculturas y, con este, sus temáticas. Pasó de esculpir humanos a esculpir ángeles y algún que otro demonio; finalmente, cuando sus esculturas ya habían alcanzado el tamaño de una habitación, se dedicó a reproducir grandes escenas, como las de la Comedia de Dante. Define ese momento como el más delirante de su carrera.
Absorto en este proyecto, haciendo conjuntos de esculturas, dejó de pensar en el peso que unas figuras ejercían sobre las otras y le ocurrió lo inimaginable: una figura cayó y todas, como piezas de dominó, se rompieron. P recogió los restos; no tiró ni uno a la basura. Ahora, en su taller, encontramos estos restos dispersos, limados. P tiene la intención de exponerlos próximamente. «Se han acabado las visiones de conjunto», dice. «Trabajaré en cosas pequeñas hasta que toque un nuevo extremo.» Al decírnoslo, se encoge de hombros.
PAISAJE DE MALLORCA (1980), DE XAVIER VALLS.

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