viernes, 27 de abril de 2018

(Microcuento) Miércoles



Me levanto a las seis porque los niños entran a la escuela a las ocho y, antes de que salgan de casa, les tengo que haber preparado ya los cereales que se toman en el minuto antes de irse y el bocadillo del recreo. Entre las seis y media y las siete, vuelvo a la cama con mi marido. Hoy me pregunta: «¿Estás segura de que quieres hacerlo?» Y respondo: «Sí, como cada día.» Y finjo algún orgasmo, me tomo una ducha rápida y me visto —blusa blanca, falda negra y, por supuesto, bambas Nike, porque la comodidad es lo primero— para ir a trabajar. Salgo de casa a las siete y tomo el autobús en hora punta: como que va lleno, tengo que sentarme en un peldaño de la escalera. El trayecto dura treinta y cinco minutos y trece segundos; cada vez que el autobús se detiene en un semáforo en rojo el corazón empieza a latirme rápido porque ya temo que llegaré tarde. A las siete y tres cuartos, me pongo a correr en medio de la calle para llegar a la oficina cuanto antes y, cuando cruzo las puertas automáticas y pico con mi tarjeta de empleada, expiro tanto aire como tengo en los pulmones. Con más calma, en mi despacho, me pongo a ordenar carpetas y fichas hasta que llega uno de mis superiores y me dice qué tengo que hacer. Tecleo en el ordenador, voy de acá para allá, bebo un sorbo de agua, respondo llamadas. Desde las once hasta las once y diez, puedo tomarme un café y fumarme un pitillo en la entrada del edificio; me gustaría, algún día, ir a fumar a la azotea de la oficina, pero tardaría cinco minutos en subir hasta esta y ya no me quedaría tiempo para nada más. A las once y cuarto, me escondo en el baño sin que nadie me vea y suelto cuatro lágrimas y un gritito. Vuelvo a mi despacho y sigo tecleando. Me acerco a la mesa de un compañero y le echo en cara que el último informe que me ha pasado tiene muchas faltas de ortografía y que así no hay manera, que así no vamos a ningún sitio. Me mira con desprecio y me alejo. Sigo tecleando y respondiendo llamadas: ahora hago las dos cosas al mismo tiempo. Sigo haciendo estos malabarismos hasta que, a las tres, pido a mi jefe que me deje salir de la oficina por un pequeño compromiso familiar. Voy al funeral de mamá. Regreso a la oficina apresuradamente y mi jefe me mira con recelo. Tecleo de nuevo. Atiendo a un par de clientes que nadie más quiere atender: son unos pesados y tengo que cargar con sus preguntas de respuesta evidente. Consigo echarlos contándoles que tengo que hablar con otros clientes seguidamente. Respondo los mensajes que recibo en el correo electrónico: quince. Tardo una hora en hacerlo. Aún me queda mucho trabajo y sé que a mis superiores no les gusta que deje cosas pendientes para el día siguiente, pero es que rápidamente anochece y, a las once, hace demasiado frío como para seguir allí dentro.
LA MUERTE DE ARLEQUÍN, DE PABLO PICASSO

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