sábado, 28 de abril de 2018

(Microcuento) Las doce y veinte



Estaba bajando por las escaleras de su bloque de pisos, pero tuvo que pararse en el último rellano porque notó como una corriente de aire en la nuca. Miró su reloj de pulsera y, unos segundos después, se dijo que, si alguien le preguntase por qué había ojeado su reloj, no sabría qué decir. Eran las doce y veinte cuando salía por la puerta del edificio, dispuesto a llegar puntual al trabajo.
Las aceras estaban abarrotadas. Tenía que caminar decidido para que la gente que iba en dirección contraria no se lo llevase. Una madre con el cochecito de su bebé se dirigía hacia él; aunque siempre —siempre— andaba por la derecha, quiso hacer una excepción para facilitarle las cosas y se desplazó a la izquierda. La persona que iba detrás de la madre, sin embargo, cargaba una mochila muy voluminosa y le dio un ligero golpe con esta. Se tambaleó y, para no caer, tuvo que bajar de la acera a la calzada; en menos de un abrir y cerrar de ojos, la parte delantera de un autobús le había tumbado. No hubo forma de reanimarlo.
Esa corriente en su nuca. La corriente. Había algo adivinatorio en ella, pero, en nuestro día a día, no interpretamos con acierto la mayoría de signos que aparecen delante de nuestros ojos. Si se hubiese dado un poco de prisa al bajar por las escaleras y hubiera salido de su casa a las doce y diecinueve, otro gallo cantaría. En la primera esquina por la que hubiera girado, se habría topado con el director de una editorial conocida, que se habría disculpado por no haberlo visto y, seguidamente, le habría preguntado: «Creo que su cara me suena. ¿No es usted escritor? Me parece haber leído algún artículo suyo. Me gustó mucho. Si tiene algún manuscrito nuevo, podría pasarse por mi despacho.» Habría podido dejar el trabajo de traductor y el de profesor de secundaria; se habría podido dedicar enteramente a escribir hasta que, a sus ochenta años, llegasen los reconocimientos internacionales y las calles con su nombre.
Si hubiera salido de casa a las doce y veintiuno, en cambio, ni habría tenido que descender a la calzada ni se habría topado con el jefe de ninguna editorial. Habría hecho el trayecto hasta su trabajo como inmerso en cierta inercia y habría llegado con una puntualidad ejemplar. Se habría puesto a corregir los exámenes de sus alumnos y, en algún momento, cuando ya llevase mucho rato haciéndolo, habría pensado que, al salir del colegio, tendría que pasar por el supermercado y, más tarde, continuar trabajando en una traducción que le habían pedido. Habría fantaseado con sus próximas vacaciones en Marsella.
EL BULEVAR VISTO DESDE ARRIBA (1880), DE GUSTAVE CAILLEBOTTE

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