viernes, 27 de abril de 2018

(Microcuento) Hogar, fuego, mamá



Llegué de colegio como cada día, a eso de las dos de la tarde, y en casa solo encontré a mi hermano. No le saludé, porque nunca le saludaba; no me salía de dentro hacerlo. El teléfono del comedor empezó a sonar. Corrí a responder, porque mi hermano era demasiado perezoso como para cogerlo aunque lo tenía más cerca. Pregunté: «¿Quién es?» Y al otro lado solo oí una voz que pronunciaba palabras sin orden ni concierto. Parecía que hablase otra lengua, pero en realidad solo lo hacía en español sin que se le entendiera. En un primer momento, creí que la persona que me llamaba tenía poca cobertura y por eso se le escuchaba tan mal. Repetí: «¿Quién es?» Mi hermano me observaba con una amplia sonrisa, como si pensara que me estaban gastando una broma. Yo estaba seguro de que no era una broma. El hogar del comedor se encendió; empezó a arder sin que nadie hubiese puesto leña ni nada con que prender en su interior. Las llamas salían furiosas. Me asusté. Mi hermano palideció. Eran las dos de la tarde y la luz del día no impedía que todo aquello pareciese terriblemente vívido. A continuación, mi madre entró por la puerta, muy agitada; llevaba una bolsa de plástico en cada mano porque había ido a hacer la compra. Andaba por la casa y yo la observaba fijamente, ya que notaba algo distinto en ella. Al pasar por mi lado, no me vio: si nos hubiésemos cruzado una mirada, habría sabido desde el primer instante que esa mujer que estaba en su cuerpo era una desconocida. Mamá se metió en el baño. Papá apareció y, aterrorizado, me confirmó lo que me temía: «Esa mujer no es vuestra madre.» Cogió un cuchillo y se dirigió al baño. Se acercó a mi supuesta mamá mientras ella lo miraba con una risita sardónica, como si no tuviera miedo de que la hubieran descubierto. Tomé una mesita del comedor y me aproximé a esa mujer amenazante, dispuesto a hacerle daño. Y, sin embargo, temblaba como un conejito al que van a degollar. Temblaba porque esa mujer, por más que fuese una intrusa, no dejaba de presentar el aspecto de mamá. ¿Pero qué había hecho con mamá? ¿Y por qué el hogar no dejaba de arder? ¿Y por qué en el teléfono aún sonaba esa voz extraña? Me escondí dentro de un armario sin que nadie se diese cuenta. Desde allí, esperé a que papá, mi hermano y esa mujer abandonasen la casa. Veía a la mujer ir de un lado a otro, tranquilamente, como si estuviese cumpliendo un cometido íntimo. Sus manos, tiempo atrás, me habían arropado.
«RETRATO DE MADRE III» (1985), DE DAVID HOCKNEY

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