sábado, 7 de abril de 2018

(Diario) 7 de abril de 2018



G.A. Todo él era una alegría. Lo vi por la facultad a principios del semestre pasado, caminando a paso acelerado. Tuve miedo porque, por un lado, me atrajo y, por otro, reconocí en él cierto aire resolutivo, fuerte, frío. Hoy, he descubierto su nombre a través de las redes sociales. ¿Cómo mandarle señales? No tengo ni idea. Es demasiado guapo para mí. Su clase me abruma. ¿Podría limitarme a mirarle desde lejos? Se puede probar, pero quizá sea demasiado joven como para limitarme a lo que pueden proporcionarme mis propios ojos.
Desde que era pequeño, mi fealdad se me ha presentado como una condena. Con tal de compensarla, he intentado ser ambicioso durante mucho tiempo. Ahora, quizá, me falta fuerza, o quizá me he cansado de chocar contra el mismo muro una y otra vez.
Diez y media de la noche. Estoy tan triste. No entiendo qué me pasa. Lo veo todo vacío. Las lágrimas me suben a los ojos y me arrepiento de cómo he actuado —o, mejor dicho, cómo no he actuado cuando lo podría haber hecho. He ido rechazando la mayoría de oportunidades que me salían al paso porque no las he sabido ver. Además, no amo ni me aman. Soy demasiado feo como para que me amen. Cualquiera de mis amigos preferiría pasar un rato con otra persona antes que conmigo y eso me hace sentir profundamente solo. ¿Qué hubiera ocurrido si no hubiera contado con una familia que me quisiera? Que nadie lo habría hecho. Y mis esfuerzos para remediar esta situación tan falsa y falta de sentido no merecen recompensa alguna. Todas las miradas que hay a mi alrededor se podrían dirigir una última vez hacia mí para criticarme. Los pensamientos de los demás me son demasiado desconocidos. La conversación es una de las maneras que tenemos de llegar a los demás y no la he sabido cultivar. Todo me resulta muy lamentable porque, a mis quince o dieciséis años, estaba casi convencido de que crecería y dejaría de encontrarme conmigo mismo en la soledad de casa, de noche.

No hay comentarios:

Publicar un comentario