jueves, 5 de abril de 2018

(Diario) 5 de abril de 2018



C., nuestra señora de la limpieza, perdió a su nieta el lunes de la semana pasada. Solo tenía cuatro días de vida: la madre de la criatura ya la había podido amamantar y, en un primer momento, nadie había pensado que pudiese ocurrir algo así. Hoy, Carmina ya se ha reincorporado al trabajo. La oigo ir de acá para allá, ordenando la casa. Cuando termina, a las doce del mediodía, abre sigilosamente la puerta y se va. Es muy callada. Nunca hemos tenido ninguna queja de ella. Trabaja con diligencia y seriedad. Su nieta fue incinerada y, ahora, debe ser un puñado de polvo dentro de un jarroncito.
He ido a Correos. De vuelta a casa, caminando bajo los plátanos del Parc Central, me siento profundamente observado. Las hojas, ordenadas en las ramas, estallan de amarillo y alegría. A veces, cuando oigo el viento en los árboles, pienso que el mundo se mueve conmigo.
Nos creemos que lo sabemos todo de nosotros mismos. Luego, sin darnos cuenta, empezamos a jadear; no es algo que pueda evitarse.
¿La relación entre mamá y papá cambiará cuando me vaya de esta casa? Lo primero que se me ocurre es que no. Nunca he sido la alegría de la huerta; a diferencia de otras personas, no hago que mis allegados modifiquen el rumbo de sus vidas —al menos, no lo hago conscientemente. La cuestión de fondo es un poco más dolorosa: ¿dentro de cincuenta años, cuando recuerde mi juventud, me reprocharé no haber sabido influir sobre los demás? Todos somos tan débiles como hojas, pero a veces noto que mi desarraigo es tan grande que, si hoy mismo muriera, la gente reaccionaría a la noticia con la misma cara de indiferencia que hace cuando me ve.
Siempre desconecto en el último minuto de película. Veo Her, de Spike Jonze. Es una obra bonita y siniestra. Es bonita porque contiene una historia de amor. Es siniestra porque nos familiariza con un tipo de inteligencia artificial que todavía no existe: si el arte puede ser político, la visión que vehicula Her es de apoyo a una extrema tecnociencia.

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